La carrera de obstáculos del cangrejo negro de Providencia para desovar y no morir en el intento
El crustáceo emblemático del archipiélago colombiano libra cada año una travesía mortal entre la montaña y el mar para reproducirse. Un grupo de biólogos se organiza cada noche para cerrar la carretera y escoltarlos hasta la playa


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Con las primeras gotas del año, cambia todo en las islas. Los habitantes del Archipiélago de San Andrés y Providencia saben que en la época de lluvias, la migración de un crustáceo de nueve centímetros altera la rutina de todos. Así lleva siendo desde que los isleños recuerdan. Cuando era pequeña, Asilvina dormía con tapones en los oídos, Darson colocaba toallas bajo sus puertas y el chofer del bus escolar de Nicolás bajaba con una rama de palma para barrer un grupo de cangrejos que se tomaban la carretera en su travesía de la montaña al mar. Cientos de miles de Gecarcinus ruricola tapizaban de negro y púrpura un kilómetro de la vía principal y hacían imposible el paso de cualquier vehículo en las noches. Hoy, los mismos niños que descansaban con miedo de que las pinzas atraparan sus orejas son los biólogos que, de abril a julio, cierran las carreteras para que los pocos ejemplares que trepan ahora el monte lleguen a las costas a desovar sin morir aplastados por un coche.
El Gecarcinus ruricola —que en Colombia sólo habita en este archipiélago ubicado a 1.300 kilómetros de Bogotá y apenas a 200 kilómetros de Nicaragua— es una especie en peligro de extinción. Se calcula que en estas islas llegó a tener una población de unos 20 millones hace más de medio siglo y que hoy apenas roza el millón. Los pocos que quedan se esconden en las madrigueras de los montes de Providencia; en San Andrés la población quedó reducida ya a mínimos históricos. A los mayores de esta isla paradisíaca de apenas 5.000 habitantes aún les cuesta entender qué pasó para que un animal tan presente en su infancia esté siendo ahora custodiado por conservacionistas. Las razones principales son tres: el cambio climático, la sobrecaptura y el atropello. “O sea, uno sólo: los seres humanos”, matiza Asilvina Pomare, coordinadora de la oficina de Coralina en Providencia, desde su oficina, a algunos pasos del mar.

Estos meses de veda son vitales para la supervivencia del cangrejo. Es ahora cuando las hembras —que ya fueron fecundadas y activaron sus huevos con un primer chapuzón en el mar— se dirigen hacia la orilla para desovar en el último baño del año. En su pleópodo o vientre llevan alrededor de 20.000 huevos diminutos que sólo eclosionarán tras un par de días alimentándose de los microorganismos del agua marina. 20 días después, las larvas habrán mutado en megalomas (cangrejitos con cola) y posteriormente en juveniles, ya con pinzas. Estos pequeños crustáceos rojos desandarán entonces el camino de sus madres para iniciar su vida adulta en la montaña.
Asilvina llega a las 10 de la noche a la zona vallada en una moto que aparca a varios metros. Se baja con los ojos clavados en el suelo y sonríe al escuchar la hojarasca crujir. Están ahí, escondidos. Esperando el mejor momento para atravesar la calle. La mujer espera al otro lado de la acera a que se animen a cruzar. Las mira con la misma ternura con la que una madre ve a sus bebés dando los primeros pasos. Un par de cangrejos saltan de la montaña y escalan sin esfuerzo al asfalto. “Vamos, ya casi están aquí”, anima la bióloga.
Una moto a toda velocidad pasa a escasos centímetros de los crustáceos, al que encandila con el foco. Los cangrejos que estaban a punto de culminar la hazaña levantan amenazantes sus pinzas y vuelven al monte en segundos. Asilvina entra en cólera y grita en creole al conductor: “¡Lento, hombre! ¡Te dijimos que fueras lento!“. ”¡Qué intensa! Si no maté ninguno!“, responde él desde la moto ya alejada.
En una isla con un crecimiento exponencial y miles de vehículos y motocicletas, la tarea de desovar es un verdadero vía crucis. De hecho, cuando las hembras se sienten profundamente atacadas, raspan a toda velocidad su panza y matan ellas mismas sus larvas antes de una amenaza mayor. Por eso, en las mañanas, es común ver en la isla hembras aplastadas por las motos y ríos de huevos negros burbujeando. Las calles se vuelven cementerios de uno de los pocos animales terrestres de Providencia.
El cambio climático sólo lo pone más difícil. Desde hace algo más que una década, la comunidad científica empezó a notar cómo la corriente devolvía apenas el 1 % de los megalomas a las costas, como consecuencia de los cambios de temperatura del mar y las variaciones en las corrientes. De este ínfimo porcentaje, cientos son aplastados de camino a la montaña. La supervivencia del cangrejo es una carrera de obstáculos tras otra.





El rol de Asilvina es clave en la conservación del crustáceo más emblemático del Caribe colombiano. Hace 20 años logró que se aprobara una resolución que da autoridad a Coralina a cerrar las carreteras en la época de veda, que va del 1 de abril al 31 de julio. Durante estas fechas, las luces de las farolas son más tenues (para que no se confundan con la luna, con la que se guían) y los 12 biólogos de la autoridad ambiental se turnan desde las 9 de la noche hasta las 2 de la mañana para asegurarse de que ningún vehículo de cuatro ruedas pase por el área de mayor afluencia del cangrejo y que las motocicletas vayan despacio.
Nadie del equipo cobra por horas extra por la labor a la que se dedican durante un tercio del año. Y Asilvina se lleva la peor parte. “A mí me da igual que me odie toda la isla. Si así salvo uno sólo, le estamos dando la oportunidad de que nazcan miles de cangrejitos”. Los vecinos con carro que no se acordaron de la normativa dan media vuelta y recorren hacia la otra dirección la vía circular que bordea los 17,5 kilómetros.
“Los jóvenes no están vinculados a la naturaleza”
Aunque meses antes empiezan las labores de concienciación, la bióloga sanandresana reconoce que la tarea es cada vez más difícil. “Cuando empezamos a hacerlo, los mayores lo entendían y lo respetaban, pero los jóvenes de hoy en día no están nada vinculados con la naturaleza, con lo que representa para nosotros. Se ríen de uno por hacer todo esto por unos animalitos”, cuenta indignada.
Pero salvar a estos animalitos no es ningún capricho. Tienen una función clave en el ecosistema insular, ya que al excavar madrigueras mejoran la calidad del suelo al facilitar la filtración de agua. El gesto habitual de cavar contribuye también al reciclaje de nutrientes en el bosque seco y sirven de alimento para diversas especies terrestres y marinas.
La posibilidad de la extinción del cangrejo negro es un duelo que va mucho más allá de lo medioambiental. Este es el emblema de Providencia y una de las raíces culturales del pueblo raizal y su gastronomía. Su imagen está en cada rincón de la isla: en figuras que avisan de la entrada a la playa, en bancos a la sombra del algodón nativo, en los azulejos de los hoteles y en el logo de muchas empresas. Es parte de la identidad de esta comunidad costera que lo honra en canciones y cuentos y que lo cocina en una veintena de recetas ancestrales. Los biólogos calculan que un centenar de familias viven de este recurso, como la de Imarsita Livingstone, que lleva despulpando cangrejo desde que tiene memoria. La época de veda es sagrada para ella. “No podemos permitirnos quedarnos sin él”.
“El cangrejo negro es el bioindicador de las islas”
Es tal la relevancia del crustáceo que la estrategia para salvaguardarlo es multidimensional y abarca desde la concienciación de los más pequeños hasta el cierre de las carreteras, incentivar su captura fuera de la época de veda o la reproducción del cangrejo en cautiverio. Faber Andrés González, biólogo oriundo de San Andrés, fue el responsable de un proyecto piloto de esto último.

En 2019, empezó a darse cuenta de que muchos isleños se saltaban la época de veda para cazar cangrejos y venderlos (a 50.000 pesos la libra, unos 10 euros, un precio superior al de muchos pescados). La sobrecaptura, el cambio de dirección de las corrientes y las largas sequías han ido achicando cada vez más la población de manera muy similar a lo que sucedió con la jaiba en Asia. Así que decidió llevar al laboratorio el proceso de eclosión de los huevos, hasta obtener megalopas. En un proyecto autofinanciado, fue a Providencia a raspar suavemente con un pincel el pleópodo de las hembras —principalmente, de las que habían sido aplastadas— y esos huevos fueron depositados en un entorno hidropónico con condiciones similares a las del medio natural. Días después, sobrevivía una población cinco veces mayor a los juveniles que resisten en medios naturales.
“Mi intención era que la gente consumiera la carne de los cangrejos criados en laboratorio y deje quieta a la población que vive en la isla”, explica. Sin embargo, el proyecto dejó de ser sostenible económicamente y ya hoy no hay nadie que se encargue de ello. “El cangrejo negro es el bioindicador de esta reserva natural. Cuando se extinga, será inviable la vida”, lamenta.
Son las 11 de la noche en la casa de Alberto Curramba Mercado, pescador barranquillero, y Claudia Feix, geógrafa alemana. Su hogar está en el punto favorito de los cangrejos. Hace 20 años, cuenta el colombiano, en la época de lluvias se la pasaba sacando con mimo decenas de Gecarcinus ruricola que acababan por equivocación en el baño, entre las vigas del salón o en su cama. Feix muestra emocionada imágenes que tomó hace décadas cuando el asfalto era prácticamente imperceptible durante los días de migración. “Eran oleadas y oleadas. Hoy no vemos nada en comparación a lo que era antes”, recuerda al lado de la escoba. Esta noche, Curramba sacará de la casa apenas tres.
El último que encuentra está enganchado detrás de la nevera. Parece aterrorizada. El pescador sube descalzo a la encimera con la escoba y la pala y la busca con sumo cuidado para no rasparle ninguna larva. “No te voy a hacer nada, tranquila”, le dice. Segundos después, la atrapa por detrás en un ágil movimiento y la deja en el jardín. Esta sale despavorida a esconderse. “Así nos entretenemos estos días”, narra divertido. A ninguno parece incomodarle esta rutina. “Es lo mínimo que podemos hacer. Somos nosotros los que estamos en su casa”, reconocen.







































