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Elecciones en Colombia
Tribuna

El voto en un país de invisibles

En Colombia, donde el 10% más rico concentra cerca del 60% de los ingresos, aquellos que vienen de clases bajas no solo tienen menos sino que se sienten menos vistos. Y eso define su voto

Centro de votación de Corferias, en Bogotá, el 8 de marzo.Santiago Mesa

En Colombia tenemos el fenómeno de la desigualdad bien cuantificado. Sabemos, por ejemplo, que nuestro coeficiente Gini está entre los más altos del mundo y que, según la Base de Datos sobre la Desigualdad Mundial, el 10% más rico del país concentra cerca del 60% de los ingresos. Poco sabemos, sin embargo, sobre lo que se siente vivir en la desigualdad. Es como si ignoramos que este triste fenómeno no es solo una diferencia en distribución de ingresos y riqueza, sino también una experiencia cotidiana, una forma de habitar el mundo que condiciona nuestra manera de sentir y de interpretar la realidad.

Entender ese plano emocional es supremamente importante, sobre todo en medio de esta contienda electoral. Porque vivir en la desigualdad está produciendo potentes emociones. Y esas emociones están definiendo el voto.

Tuve la oportunidad de entender mejor esa dimensión emocional a partir de un estudio que realizamos desde Empírico, una consultora que busca capturar lo que las cifras no alcanzan a ver. Decidimos hacer este estudio, titulado Las fuerzas invisibles detrás del voto en Colombia, porque creemos que el voto no se decide desde la razón, sino desde la emoción. Mientras el país se ha enfocado en descifrar los contradictorios resultados de las encuestas, nosotros salimos a las calles. A través de etnografía y entrevistas en profundidad en tres ciudades, hablamos con la gente para entender cómo están viviendo y sintiendo la política.

Al analizar estos relatos desde distintas disciplinas —entre ellas la psicología analítica, que estudia las historias profundas con las que una sociedad se explica a sí misma— encontramos un patrón claro. La desigualdad, más que una distancia en ingresos, es una distancia entre quien es visto y quien no. En una sociedad tan desigual, las personas de clase alta tienen legitimidad, distinción y autoridad. Su acento, su ropa, su escuela, su barrio y su seguridad corporal son leídos como señales de valor. Aquellos que vienen de clases bajas, por el contrario, no solo tienen menos. También se sienten menos saludados, menos creídos, menos esperados, menos atendidos, menos representados y menos defendidos. Es como si vivir con menos equivaliera a ocupar menos espacio en el campo de visión de la sociedad.

Esa invisibilidad no es neutra. Tiene consecuencias psicológicas profundas porque los seres humanos definimos nuestra identidad en relación con los demás. Al no ser vistos, sentimos vergüenza, una emoción particularmente devastadora porque está dirigida hacia el ser mismo. Nos preguntamos si hay algo malo en nosotros, y si quizás esa es la razón por la cual no nos ven.

Lo primero que hacemos cuando sentimos vergüenza, es tratar de esconder lo que nos lleva a sentirla. El problema es que la pobreza económica es muy difícil de esconder, y por eso las sensaciones de estar expuestos y de ser juzgados como inferiores. Es ahí donde la vergüenza se convierte en humillación. Y la humillación tiene una característica clave: se percibe como impuesta, como una injusticia. De ahí emerge la rabia. Y con la rabia, la necesidad de encontrar responsables.

En el estudio, esa búsqueda de responsables se condensaba en una frase recurrente: “Colombia es un país rico”. Lejos de ser una celebración, aparecía acompañada de sospechas amargas que servían para explicar condiciones de escasez económica. Uno de los entrevistados lo dijo tajantemente “Como será de rica Colombia, que hay plata hasta para robar.” Cuando una idea se repite con esa fuerza, la psicología analítica la interpreta como una narrativa existencial, que es, en resumidas cuentas, una historia que una sociedad utiliza para darle sentido a la realidad. En este caso, la narrativa de “Colombia es un país rico” cumple una función psicológica importante: protege la dignidad. Porque no es lo mismo decir “somos pobres”, que reitera una identidad asociada con la limitación, a decir “somos ricos, pero no lo estoy recibiendo por una injusticia”, que viene más desde una identidad de legitimidad desposeída.

Cuando alguien se siente desposeído, excluido, humillado e invisible, gravita hacia un tipo de líder muy específico: aquel que encarna un espíritu de salvador, de vengador en la misión de resarcir la injusticia. Hoy, quien mejor encarna ese papel es Gustavo Petro. Su discurso, marcado por palabras como “dignidad” o frases como “el pueblo es el comandante”, transmite un estilo de liderazgo que no solo ve al invisible, sino que lucha para que sea visto y por devolverle lo que le fue quitado.

Por eso, conviene reconocer que Gustavo Petro cambió este país para siempre. El invisible, una vez visto, no puede volver al dolor de la invisibilidad. Por eso reacciona con rabia cuando su reconocimiento se ve amenazado. Ahí radica, en buena medida, la lealtad que despierta el proyecto político del presidente.

Esto tiene implicaciones directas para el antipetrismo. La crítica técnica, por sólida que sea, rara vez logra romper el vínculo que el petrismo ha creado con los muchos millones de personas que se han sentido humilladas en la invisibilidad. Señalar errores de gestión, inconsistencias o riesgos institucionales nunca será suficiente para cambiar esos votos en las urnas, porque el presidente y su movimiento político operan en un plano distinto, el del reconocimiento. Y el reconocimiento, cuando ha estado ausente durante tanto tiempo, pesa más.

Si la desigualdad está produciendo sentimientos de invisibilidad, vergüenza y humillación, enfrentarse políticamente al petrismo exige algo más que mejores cifras o mejores propuestas. Exige entender y responder a esas emociones. En otras palabras, exige aprender a ver. Salir de las burbujas, cuestionar las jerarquías implícitas, reconocer que la desigualdad no es solo un problema económico, sino también simbólico y emocional. Solo así será posible conectar con votantes que, más que soluciones y programas de gobierno, buscan reconocimiento. De lo contrario, las críticas, por mucha veracidad técnica que tengan, caerán en los oídos sordos de personas que prefieren ser vistas.

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