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Marcella Ciacci: “No es que el arte contemporáneo sea elitista, es que hay tanto que puede intimidar. Yo quiero democratizar esa información”

Con sus viviendas de Madrid y Menorca como base, Ciacci recorre el mundo en busca de arte. Quiere compartir esa pasión y de ahí surge ‘The 99’, un libro y un movimiento que invitan a descubrir espacios inesperados

Marcella Ciacci, en el patio interior de su apartamento del centro de Madrid. La arquitectura, de aires industriales, fue uno de los elementos que la atrajeron.INMA FLORES

“El arte no es un lujo, sino una necesidad”, afirma Sumayya Vally. La arquitecta sudafricana, fundadora del estudio Counterspace y responsable en 2021 del Serpentine Pavilion de Londres, es una de las figuras entrevistadas por Brad Pine en The 99 (La Fábrica), un libro impulsado por Marcella Ciacci (Panamá, 58 años) para mostrar al mundo su gran pasión: el arte moderno y contemporáneo. Ante un capuccino con leche de avena en el edificio Nouvel del Reina Sofía, Ciacci gesticula, pasa páginas, señala una imagen y recuerda lo que sintió al ver por primera vez algunos de los espacios que ha reunido. “En febrero de 2024 visité Inhotim, en Brasil. Le pregunté a Emiliano Valdés, que es uno de los curadores más influyentes de Latinoamérica, me dijo tienes que ir, y fue tan alucinante que al salir pensé por qué a mí nadie me había dicho antes que fuera. Quería compartirlo”, enfatiza mientras muestra ese gran museo al aire libre perdido en el estado de Minas Gerais.

Eso la llevó a reflexionar. Había espacios increíbles dedicados al arte contemporáneo por todo el mundo; muchos ya los había visitado, otros quedaban por descubrir. “Llevo toda la vida comprando arte, me gusta convivir con él, viajar por el arte, ir a ferias, ver estudios de artistas... Pensé que tenía que hacer algo para compartir esta información que siempre está en nuestro medio y nuestro círculo”, relata. Por eso puso en marcha una web en la que 155 expertos internacionales votaban sus espacios preferidos dedicados al arte contemporáneo. En la selección final, de 99 lugares, hay referencias conocidas, pero priman los rincones especiales en los que el denominador común es la sorpresa.

Esa emoción es precisamente la que ha movido a Ciacci desde que entró en contacto de forma consciente con el mundo del arte. “Con 10 años, mi abuela Nonna me llevó al Met y me cambió la vida. Desde ahí he estado toda la vida recorriendo el mundo para ver arte”, sostiene. Nonna, madre de su madre, era china-panameña de tercera generación. “Ahora veo que ella influyó mucho en mi vida. Fue un ejemplo de tesón. Era farmacéutica, pintora, concertista de piano, tenía una tienda de enmarcar cuadros y un catering de eventos, yo crecí ahí, haciendo bolitas de carne”, recuerda, “pero hicieras lo que hicieras, ella creía que tenías que tener un diploma, y eso me llevó a estudiar en Georgetown”.

En esa universidad estadounidense Ciacci cursó Historia y Estudios Italianos. “Tenía el pasaporte italiano por mi padre, que murió cuando yo tenía 13 años, y gracias a eso acabé trabajando en la Embajada de Italia en Madrid”, explica. Llegó a la ciudad en 1991 y desde entonces ha sido su base, desde donde se ha movido por el globo y también donde ha iniciado aventuras empresariales como el restaurante japolatino Minabo, que abrió en Chamberí en el año 2000 junto a Santiago Segura y regentó hasta 2007. Su casa madrileña ahora es un loft muy cerca del Reina Sofía y de la estación de Atocha. No pasa mucho tiempo allí, reconoce: “Mientras preparaba el libro he estado dos meses sin moverme de la ciudad, excepto una semana que fui a París... Viajo siempre con equipaje de mano, puedo dar lecciones de cómo hacer maletas: la regla número uno es que no puedes ser presumido. Eso significa que repites y mezclas”. Días después de la entrevista partirá a Milán para ver una exposición de la fotógrafa Nan Goldin en el Pirelli HangarBicocca, después a Nueva York y de allí a su casa de Panamá. Regresará a Madrid en vísperas de Arco, una cita que no se pierde y que aprovechará para presentar su libro en el stand de La Fábrica, y en mayo llevará su proyecto “a la pre-Biennale de Venecia, que es muy interesante porque hay curadores, coleccionistas...”.

No ha visitado todos los centros que aparecen en él —“Entre Ianko López, que ha escrito las reseñas, y yo hemos estado en 75”, señala— pero recalca que no quiere que se vea como “una check list”. Todo lo contrario. “Es una emoción que quiero transmitir. Los centros de arte son importantes, yo aún recuerdo la curaduría de esa exposición en el Met con los tesoros de Tutankamón que vi de niña o lo que sentí cuando llevé a mis hijos de adolescentes [tiene dos, Luka y Alejandra] a la isla de Naoshima, en Japón, y dormimos en el hotel que hay dentro del museo”, recalca, “la idea es invitarte a descubrir esos sitios, aunque no tengas conocimientos ni seas un experto, solamente para emocionarte. No es que el arte contemporáneo sea elitista, es que hay tanto que puede intimidar. Yo quiero democratizar esa información”. Estos centros, repite, “te educan además de emocionarte”, por eso junto al libro ha preparado la web del movimiento The99.art, para descubrir centros, exposiciones, artistas y eventos de arte: “Mi fin es que a los que le interese, se inscriban en la newsletter y poder comunicar lo que está ocurriendo, lo que se está abriendo más allá de las grandes exposiciones, como el centro de Calder que abrió hace unos meses en Filadelfia”.

Frida Escobedo, arquitecta mexicana responsable de la nueva ampliación del Met, explica en el libro que su proyecto para el museo neoyorquino partió de una pregunta: ¿Cómo podemos dejar claro que la cultura humana puede verse de muchas maneras? “Es que todos los centros cuentan historias propias”, asegura Ciacci, “pueden hablar de momentos de la historia como Fragmentos, en Bogotá, donde Doris Salcedo hizo una obra con armas entregadas por las FARC; o de coleccionistas como los tycoons, los magnates que a principios del 1900 crearon centros en Estados Unidos gracias a que hubo un marchante, Joseph Duveen, que ayudó a los Frick, los Mellon o los Huntington a hacer sus colecciones”.

Varios de los espacios que aparecen en el libro son fruto del empeño de coleccionistas, como el MONA de Tasmania, creado en 2011 por el jugador profesional David Walsh, o la Barnes Foundation, impulsada en 1922 por un químico que hizo fortuna con una patente. “Se podían gastar el dinero en otras cosas, o tener las obras en su casa para verlas por las mañanas, pero muchos deciden hacer una fundación para compartir ese legado”, destaca Ciacci. Ella se plantea establecer una residencia artística en Menorca, donde atesora las piezas que ha ido adquiriendo a lo largo de los años, con obras de Tomás Saraceno a Jeff Koons: “Me gusta que la gente entre a casa y me pregunte, y me gustaría crear un espacio para artistas en algún lugar de Menorca, a pequeña escala”. Tiene una casa en la isla balear desde hace cuatro años, descubrió allí un aura artística especial: “Había ido hace 25 años y pensé que no volvería nunca, pero fui tras la pandemia, estaba todo cerrado, y me enamoré. Convive lo local con una comunidad internacional interesante, es relajadísimo. La isla y su vida cultural me atraparon”.

Un peregrinaje creativo

En el libro The 99 los centros están agrupados geográficamente, de África (Zeitz MOCAA, Fondation Zinsou) a Asia (Odawara Art Foundation, Khao Yai Art) y el comisario español Vicente Todolí escribe un texto sobre arte y arquitectura. En la siguiente galería se pueden ver algunos de esos espacios: Jardín escultórico Edward James, en Las Pozas, México, donde conviven esculturas y naturaleza; Kröller-Müller Museum, en los Países Bajos, impulsado por la coleccionista Helene Kröller-Müller; Seven Magic Mountains, un conjunto escultórico de Ugo Rondinone en el desierto de Mojave (Nevada); Planta, en Balaguer, Lleida, de la empresa de materiales de construcción Sorigué, y MARe, en un antiguo edificio comunista de Bucarest, Rumanía.

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