Que el patriotismo cambie de bando
Esgrimir la verdad supone un ejercicio de amor al país de primer nivel, mucho más que izar una bandera
Aquella década larga que pasé viviendo en el extranjero echaba de menos España. El sol, la seguridad en las calles, las risas atravesadas por un lenguaje común o la sanidad pública se convirtieron en objeto de una nostalgia que, progresivamente, fue horadándome las entrañas hasta que, exhausta del síndrome de Ulises, ...
Aquella década larga que pasé viviendo en el extranjero echaba de menos España. El sol, la seguridad en las calles, las risas atravesadas por un lenguaje común o la sanidad pública se convirtieron en objeto de una nostalgia que, progresivamente, fue horadándome las entrañas hasta que, exhausta del síndrome de Ulises, decidí retornar con un cariño renovado a las raíces. Este fenómeno, que el filósofo Edward Said ya describió, ha perseguido siempre a emigrantes y exiliados, más propensos a desarrollar un profundo patriotismo ya que les falta el suelo que querrían pisar. Poco a poco, fui despojándome de unos complejos asociados a las connotaciones negativas que el nacionalismo español acarrea desde que el franquismo se lo apropiara, y abracé un sentimiento de pertenencia a mi tierra que no es excluyente ni discriminatorio, pensando que, si la nación es una comunidad imaginada —como decía Benedict Anderson— no podemos sino imaginar sobre las coordenadas de la memoria, unas costumbres y vínculos afectivos anclados en un lugar específico. Así que me volví patriota, de las que reconocen la carga emotiva de los espacios que moldean subjetividades, pero también las garantías legales asociadas a los territorios, como el principio de soberanía o el derecho a existir en un mundo en paz.
Lamentablemente, esta aspiración tan sencilla, que es fuente de identidad y abre la puerta a una estabilidad deseable, parece haberse fragmentado en añicos como un plato de duralex conforme las aberraciones bélicas prosiguen su curso en Oriente Próximo, tras la estancada guerra en Ucrania, la intervención militar en Venezuela o la amenaza flotante en torno a Groenlandia. No hay nada a salvo más que lo que podamos construir juntos, amarrados a un orden global basado en reglas que deben ser defendidas, por mucho que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo haya dado por perdido, sin especificar cuál es la alternativa.
El sistema de contrapesos jurídicos diseñado sobre los cadáveres de millones de personas y amparado por la ONU ha permitido un periodo largo de relativa mansedumbre geopolítica, que es donde a menudo florece lo más querido. A la luz de la actualidad, repudiarlo supone no sólo un acto de vasallaje ante las potencias hegemónicas y una legitimación de la violencia como instrumento de control de los pueblos, sino también una afrenta a los antepasados que pelearon por un futuro apacible y a las generaciones más jóvenes, privadas de toda esperanza si el contexto vital que se les lega consiste en una lluvia de drones.
En este sentido, la consigna “no a la guerra” se vuelve un búnker donde guarecernos, una suerte de banco de semillas que pugna por cobijar las posibilidades de la vida frente a quienes ensalzan abiertamente el sufrimiento impulsado por la sinrazón. Por una parte, el eslogan actúa de contrapeso a la destrucción y fábrica de memoria productiva: recuerda nociones de la condición humana que poco tienen que ver con la falacia hobbesiana, así como los valores con que una gran mayoría de dirigentes crecieron y que, hasta hace poco, empuñaban ferozmente contra la agresión de Putin: democracia, civismo, respeto a las fronteras. Por otra parte, evoca la fuerza de una colectividad que disiente de los dislates institucionales, tal como la que, en nuestro país, salió a la calle para rechazar la guerra de Irak o sacar el dedo acusador ante los responsables del atentado de Atocha en 2004. ¡Qué bello resultó aquel acto de patriotismo! Porque esgrimir la verdad, oponerse a conflagraciones ilegales y violaciones de los derechos humanos que, además, sientan un precedente para un potencial daño a lo propio, conforma un ejercicio de amor al país de primer nivel, mucho más que izar una bandera o ser connivente con la ley del más fuerte.
Decía la filósofa Simone Weil que “echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”. Ese suelo simbólico bajo nuestros pies implica una espiritualidad y una cultura compartidas, junto a la mirada bifronte hacia el pretérito y hacia el porvenir que dibuja el significado de las biografías formando una continuidad amable. La raigambre contiene, asimismo, un componente literal: allá donde explotan misiles no crece la hierba ni prosperan las cosechas. La ecología, esa gran olvidada en mitad de la barbarie, nos informa de un apego consustancial a nuestra plenitud y alimenta concepciones de paz y equilibrio mundial apremiantes hoy. Parece mentira que, sumidos en la emergencia climática, haya que reiterar aún una sensatez que se valió de mecanismos diplomáticos para articularse tras la Segunda Guerra Mundial, y contradecir a quien la anula. Así que, pidiendo permiso a la valiente Gisèle Pelicot, creo que el patriotismo, al igual que la vergüenza, debe cambiar de bando, posicionarse contra los agresores, a favor de la dignidad y la justicia, antes de que se desmiembre completamente el mapa global que nos sostiene. De lo contrario, nuestro sol, nuestra sanidad pública, unos lazos sociales sólidos… todo lo que una vez extrañé con la fuerza de la pérdida, podría desvanecerse bajo el cetro más despiadado.