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La batalla de Indra

La historia de la empresa, con interferencias políticas, financieras, mediáticas e incluso regias, es una de las más fascinantes del capitalismo de nuestra democracia

Sede de Indra, en Madrid. Susana Vera (REUTERS)

La isla de Yeonpyeong pertenece a Corea del Sur, pero está a muy pocos kilómetros de la costa de Corea del Norte. El 23 de noviembre de 2010, fuerzas del Sur realizaron entrenamientos militares en las tensas aguas cercanas a la isla que fueron interpretados por el eterno enemigo como una amenaza bélica real. A las 14.34, hora local, empezó el ataque como respuesta. Aunque algunos de los primeros obuses ca...

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La isla de Yeonpyeong pertenece a Corea del Sur, pero está a muy pocos kilómetros de la costa de Corea del Norte. El 23 de noviembre de 2010, fuerzas del Sur realizaron entrenamientos militares en las tensas aguas cercanas a la isla que fueron interpretados por el eterno enemigo como una amenaza bélica real. A las 14.34, hora local, empezó el ataque como respuesta. Aunque algunos de los primeros obuses cayeron en el mar, porque en una batalla nunca se es tan preciso como se desearía, la mayoría sí alcanzaron la isla. Y al cabo de 13 minutos se produjo el contrataque. Fueron 50 proyectiles lanzados por el ejército surcoreano con un K9: un obús autopropulsado con un cañón capaz de disparar diversos proyectiles por minuto, preparado para cruzar ríos si era necesario, con la capacidad de resistir fuertes impactos. En ese episodio murieron cuatro personas y hubo 22 heridos. Después de años de diseño y de construcción del modelo, después de buscar espacios donde probar su efectividad desde 1999, aquel día de pánico y tensión el K9 había entrado en acción. La empresa Hanwha los vende a diversos países; llegaron a un acuerdo para fabricarlo también en Rumania.

“Construyendo sobre la plataforma más fiable del mundo, la K9, esta colaboración combina nuestra experiencia avanzada en artillería con la fortaleza industrial de Indra para entregar una solución fiable, orientada hacia el futuro, para las Fuerzas Armadas españolas”. Son palabras del presidente y director general de Hanwha tras suscribir un acuerdo vinculante con Indra para desarrollar aquí sistemas innovadores de artillería autopropulsada. La estructura de nuestro K9 se construirá en El Tallerón de Gijón, una planta industrial con salida al mar Cantábrico y que empezó a funcionar a finales de los sesenta del siglo pasado. Dicha planta, que ha vivido episodios de dura combatividad obrera, fue adquirida por Indra el verano pasado. La empresa, que cuenta con un 28% de participación pública a través de la SEPI, la compró a la endeudada Duro Felguera. Pagó tres millones y medio de euros y prevé una fuerte inversión para adaptarla a su nuevo propósito: reconvertirla, manteniendo la plantilla, en uno de los ejes de la nueva industria de la defensa. El acuerdo con el monstruo coreano lo firmó Ángel Escribano, cuando faltaba apenas una semana para que dimitiese como presidente de Indra tras meses de tensiones en los círculos del poder económico y político español.

A las 3.30 de la madrugada del Jueves Santo, acabó otra batalla por el control de Indra —uno de los principales núcleos del capitalismo patrio, con vasos comunicantes con otras empresas estratégicas—. Ángel Simón, que en su día pareció que heredaría el mando de la todopoderosa Fundació La Caixa —el primer holding industrial español—, es el nuevo presidente. “Modestamente, creo que para nuestro país es una operación importante, pues permite confirmar un grupo de cierta significación en el sector de las tecnologías de la información, tan decisiva y determinante para el futuro desarrollo de cualquier economía y sociedad”. Aunque son sobre Indra, no son palabras de Simón ni tampoco de Escribano. Las pronunció el directivo Javier Monzón a principios de la década de los noventa, cuando pilotó la fusión entre las dos empresas —la empresa pública de tecnologías de la información Inisel y la electrónica Ceselsa, dedicada a simulación y radares— que dieron lugar a Indra. Esta historia de poder español de los últimos 30 años, con entradas y salidas de la presidencia y el consejo de administración, con interferencias políticas, financieras, mediáticas e incluso regias, es una de las más fascinantes de nuestra democracia. Con guerras de intereses. Con obuses incluidos.

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