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La Europa inane y pusilánime

Ante la deriva brutal del mundo, “a Europa le corresponde saber decir que no”, como bien dice Sergio Mattarella. Desgraciadamente, no lo ha conseguido aún

Sesión del Consejo Europeo en Bruselas, este jueves.GEERT VANDEN WIJNGAE / POOL (EFE)

La lectura de las conclusiones de la cumbre europea celebrada este jueves es un ejercicio deprimente. Aun teniendo en cuenta las consabidas dificultades de una entidad plural como lo es la UE, el abismo entre lo que ...

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La lectura de las conclusiones de la cumbre europea celebrada este jueves es un ejercicio deprimente. Aun teniendo en cuenta las consabidas dificultades de una entidad plural como lo es la UE, el abismo entre lo que las dramáticas circunstancias actuales del mundo requieren y el contenido de la respuesta es algo que genera un desaliento profundo. El abismo se abre tanto en el plano moral como en el práctico. La constatación moral es cristalina: como en el caso de Gaza, los Veintisiete no están en condiciones de decir lo obvio e imprescindible en la guerra de Irán: que es una acción ilegal y que no es compatible con nuestros valores. La constatación práctica también lo es: las medidas para paliar los efectos de la crisis energética serán lentas, y el imprescindible apoyo a Ucrania sigue bloqueado por el veto de Orbán. No todo son nubes en el cielo europeo, y no hay que olvidarse de los claros —como que muchos aspiran a entrar en nuestro club—. Pero las que lo pueblan son gordas y oscuras, conviene no ocultarlo.

En el mismo día, el jueves, se conoció otro texto que, en cambio, da ánimo. Es el discurso pronunciado por el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, con ocasión de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, otro italiano al que conviene prestar atención, como a Draghi y Letta. El mandatario denuncia “el incumplimiento sistemático” y la “violación de la Carta de la ONU”, “la deslegitimación de los tribunales internacionales”, la creación de “un vacío, una tierra de nadie arbitraria, objeto de incursiones injustificadas (…) en un proceso que recae con todo su peso sobre los países y los pueblos más pobres y menos afortunados”. Denuncia también una “vis destruens que no surge de la necesidad de allanar el terreno para una construcción mejor, sino —al parecer— de la voluntad de eliminar aquellos límites al ejercicio de la supuesta soberanía estatal que se habían establecido para impedir el predominio de las aspiraciones hegemónicas de los grupos dirigentes al mando de los países más fuertes”.

“¿Qué puede hacer Europa ante el declive del modelo cooperativo multilateral en la gestión de las relaciones entre Estados? ¿Aceptar que sea sustituida por una visión contractualista basada en la competición?”, preguntó el presidente. “A Europa le corresponde saber decir que no”, respondió.

Desgraciadamente, no sabe todavía decirlo en coro como sería necesario. Lo pronuncia Sánchez, lo pronuncia Mattarella —sin citar a nadie por su nombre, pero dejando todo claro—, y otros también, pero no todos juntos, que es la manera de hacerlo realmente audible y eficaz en el mundo, que es lo que hace falta.

Claro está que distintas circunstancias y distintas percepciones de riesgo cambian las cosas. Es mucho más fácil asumir el riesgo de cabrear a Washington estando en Madrid, a miles de kilómetros de Rusia, que en Helsinki, Varsovia o Berlín. Claro que si muchos aliados hubiesen, como España, rechazado el pacto de gasto en la OTAN, tal vez Trump la habría roto, asunto con graves consecuencias para todos, y terribles para algunos. Se puede entender la lógica abstracta, arraigada en Alemania y en otros sitios, de avanzar cuanto más rápido sea posible en la integración europea y mantener de pie de alguna manera cuanto más tiempo sea posible la relación transatlántica. Pero, en concreto, hay cosas y maneras que no son tragables. Sobre muchos asuntos se puede y se debe hablar y llegar a compromisos, pero con los principios fundamentales no se negocia, no se titubea, no se mira para otro lado y no se agacha la cabeza. Trump ayer dijo que los aliados de EE UU son “cobardes” por no querer acompañarle en Ormuz. Es absurdo. Si hay pusilanimidad, reside en no reprocharle de forma más contundente y clara sus abusos.

En el plano práctico, la frustración no puede ser menor. Que la UE no pueda conceder a Ucrania un préstamo de importancia existencial porque lo veta Orban, que ni siquiera participa en él, resulta algo nauseabundo. Ojalá su bochornosa trayectoria quede sepultada bajo una avalancha de papeletas contrarias en las próximas elecciones. Su veto a Kiev es insoportable, máxime cuando Putin se beneficia de la guerra de Irán, que aumenta sus ingresos y reduce las armas estadounidenses susceptibles de ser compradas por los europeos para Ucrania. Más aun lo es si se considera, cosa poco subrayada, que Ucrania está ganando terreno. Según su presidente, ha reconquistado unos 460 kilómetros cuadrados. Si Orban sigue en el poder y continúa con su actitud, la UE tendrá que perfilar medidas mucho más contundentes de lo hecho hasta ahora. La retirada del derecho de voto es complicada por el mecanismo requerido, pero se pueden estudiar otras en materia de recortes de fondos.

Es hora de pronunciar grandes noes.

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