Nuestras jóvenes Lisístratas
La renuncia de las mujeres heterosexuales a tener pareja es una consecuencia más del fracaso de las políticas de la educación en igualdad
Afirman muchas jóvenes que prefieren no tener relaciones afectivo sexuales con hombres porque lejos de mejorar su vida la empobrecen y trastornan. Dicen que en las relaciones heterosexuales las agitan tensiones angustiosas e irresueltas entre traspasar las banderas rojas que les alertan de la educación patriarcal de su pareja, o intentar reeducarla. De decidir esto último e...
Afirman muchas jóvenes que prefieren no tener relaciones afectivo sexuales con hombres porque lejos de mejorar su vida la empobrecen y trastornan. Dicen que en las relaciones heterosexuales las agitan tensiones angustiosas e irresueltas entre traspasar las banderas rojas que les alertan de la educación patriarcal de su pareja, o intentar reeducarla. De decidir esto último el conflicto externo con el hombre se multiplica y se desplaza al interior de la joven, que se pregunta: ¿No estaré actuando como las mujeres tradicionales?, ¿no estaré perdonando sus intemperancias como mi madre hacía con mi padre? Una duda que las atormenta. Y no pueden permitírselo, no quieren permitírselo. “Los quiero ya educados”, afirman, reafirmándose. Pero se enamoran, desean, se vinculan, levantan banderas rojas, las cambian por la blanca de la paz, retornan al conflicto; muchas desisten. Interpretarlo solo como un triunfo más del individualismo, o como la retirada hacia un narcisismo que huye del conflicto, efecto del anhelo de no fricción que promueven las redes, apostando por relaciones funcionales de usar y tirar si el otro no se acomoda a nuestras expectativas, supondría no tomar en cuenta otros aspectos determinantes.
La brecha entre hombres y mujeres se agranda. En cuanto a nivel de instrucción, las mujeres que se gradúan se colocan casi 10 puntos por encima de los hombres. Y a esta distancia se une la grave brecha ideológica: ellos votan a partidos de ultraderecha, ellas se inclinan más a la izquierda, si bien esta diferencia se acorta poco a poco. Formación y posición ideológica los aleja, pues, y esta separación alimenta en los hombres el resentimiento. Cuando la zorra de la fábula no puede alcanzar las uvas, las desprecia murmurando “están verdes”; el resentimiento es una forma de no preguntarnos por nuestra incapacidad para alcanzar el objeto deseado, degradando su valor. De tal modo que, de no alcanzarlo, no se incrementa el esfuerzo para conseguirlo, no se buscan las causas estructurales de nuestro fracaso, sino que se devalúa lo que antes deseábamos. Es así que, para los resentidos, la culpa de su precariedad emocional y material la tienen las mujeres, más aún, las mujeres feministas, que se han subido a la parra —donde también estaban las uvas—, se han empoderado y buscan compañeros más competentes con los que compartir la vida en igualdad. La machosfera simplifica y amplifica este discurso exculpatorio tan caro a la educación masculina hegemónica: la culpa de la inseguridad laboral, de la incertidumbre identitaria, de los déficit emocionales de los hombres, la tienen ellas, las ingratas. El insulto, la agresión y el asesinato satisfacen las ansias nunca del todo satisfechas de venganza, pues el odio proporciona agencia, y la agresividad devuelve la potencia antes perdida en el duelo por los beneficios disfrutados. El odio es un potente antídoto frente a los sentimientos depresivos que no se quieren percibir.
Mientras tanto, ellas, liberadas de la dependencia económica, pueden elegir y, en un régimen afectivo sexual cada vez más racionalizado, eligen; pero no a ellos, a menudo a su pesar, pues el deseo de contacto, de intimidad y de compañía no desaparece sino que se somete a una razón pragmática que anticipa los males que les acarrearían compartir la vida con un hombre que no esté educado en el respeto y la igualdad. Deciden que no les merece la pena e intentan apañárselas solas.
Entre 2016 y 2020, la reproducción asistida en mujeres sin pareja se ha duplicado en España; el 50% de quienes recurren a los bancos de esperma para la inseminación son mujeres que enfrentan la maternidad en solitario. Crece también el porcentaje de quienes deciden voluntariamente no tener hijos, tendencia que aumenta a nivel mundial y, por último, aumenta el número de las mujeres heterosexuales que no quieren o han desistido de formar pareja. Son nuestras jóvenes Lisístratas, que abandonan el campo de batalla de una guerra cuya victoria no depende en absoluto de ellas solas.
El célebre celibato declarado por Rosalía, quien afirmó ser volcel, célibe voluntaria, solo es la punta del iceberg de la situación que describo: las mujeres jóvenes se alejan de los hombres porque estos han perdido el ritmo, se retrasan. En su afán por sostener una masculinidad que sufre la pérdida de las prerrogativas patriarcales, prefieren asumir los valores retrógrados de la ultraderecha que los idiotizan antes que crear un modo nuevo de estar en el mundo. Optan por regresar a la supuesta seguridad del dominio y la tradición más casposa antes que explorar colectiva e individualmente subjetividades creativas y flexibles, dialogantes y no beligerantes. En el último Barómetro juventud y género 2025, el 61,4% de las chicas identifica desigualdades de género elevadas frente al 36,7% de los chicos, otra distancia que los separa. Trasladado a la vida doméstica, esta diferencia de percepción está en el origen de muchas separaciones.
Celebrar estas brechas de género como un efecto del empoderamiento de las mujeres no es, a mi juicio, la solución, ya que la renuncia de las mujeres a tener pareja no es siempre voluntaria sino una consecuencia más del fracaso de las políticas de la educación en igualdad. Políticas que han contribuido a la independencia y autonomía de las mujeres, que se benefician de ellas y del nuevo estatuto que les proporcionan, mientras que a ellos no los ha transformado suficientemente, prefiriendo retroceder hacia las rígidas posiciones de una masculinidad hegemónica que les incapacita para el diálogo. Perder las prerrogativas adquiridas durante siglos de dominación masculina no es fácil de aceptar, y solo un ejercicio de capacitación que muestre los indudables beneficios de las relaciones basadas en la reciprocidad y el diálogo, en las responsabilidades compartidas, en la independencia, podría favorecer que los hombres adquiriesen valores nuevos.
Convertida en un símbolo difícilmente superable de la dominación masculina, de la desconsideración y la cosificación de la mujer, la famosa frase defendida por Giséle Pelicot “que la vergüenza cambie de bando” habría de aplicarse a todos los ámbitos de las relaciones entre los sexos. Son los hombres quienes han de hacer ahora el camino que les toca. Ellos son quienes han de interrogarse, unirse, reconstruirse. Las tentativas de los grupos de hombres por la igualdad que nos llenaron de esperanza hace unos años han perdido terreno y, en su lugar, el discurso de la ultraderecha se impone. “El desprecio al feminismo se dispara entre los más jóvenes”, reza un titular en este mismo diario de una noticia que reproducía datos del barómetro de Fad Juventud: el 51,5% de los varones españoles de 15 a 29 años consideran el feminismo una herramienta de manipulación política y de adoctrinamiento. Educarlos no puede ser un esfuerzo exclusivo de las mujeres sino de todas las instituciones de una sociedad que sufre en su conjunto el deterioro de la comunicación y del diálogo que estas brechas han abierto.