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Inteligencia artificial ¿para qué?

La IA debe someterse a los principios de la ética elemental: beneficiar, no dañar

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El rótulo “inteligencia artificial” (IA), creado por John McCarthy al hilo de la célebre conferencia de Darmouth sobre máquinas pensantes, cumple 70 años en 2026. Ya es septuagenario. En este tiempo ha atraído la atención de la opinión pública diariamente a través de congresos, publicaciones, encuentros y noticias impactantes. Entre otras cosas, porque ya ponen buen cuidado las grandes empresas tecnológicas...

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El rótulo “inteligencia artificial” (IA), creado por John McCarthy al hilo de la célebre conferencia de Darmouth sobre máquinas pensantes, cumple 70 años en 2026. Ya es septuagenario. En este tiempo ha atraído la atención de la opinión pública diariamente a través de congresos, publicaciones, encuentros y noticias impactantes. Entre otras cosas, porque ya ponen buen cuidado las grandes empresas tecnológicas en mantener el fuego sagrado del interés por la IA anunciando innovaciones asombrosas para atraer al público en este tiempo nuestro de economía de la atención.

Ya desde el nacimiento de la IA se perfilaron al menos tres actitudes frente a ella: según los catastrofistas, la invención de la IA es lo peor que le ha pasado a la humanidad; los entusiastas llegaron a prometer para pasado mañana un paraíso sin muerte, enfermedad ni siquiera envejecimiento; el sueño de la inmortalidad y la eterna juventud; los prudentes, por su parte, reclamaron el marco de una ética local y global capaz de maximizar las ventajas de la IA para todos los seres humanos y para la naturaleza. ¿Cómo situarse ante estas alternativas?

Decía Aristóteles con buen acuerdo que para explicar el cambio es preciso recurrir a cuatro causas, y que de ellas la primera en el orden de la intención es la causa final. La pregunta básica sería entonces: inteligencia artificial ¿para qué?

Por mucho que se empecinen los propagandistas de la IA, la respuesta no puede darla ella misma, porque carece de intención. Es un conjunto de instrumentos muy útiles en manos de la inteligencia humana, pero incapaz por sí misma de comprender, decidir y elegir. Es la inteligencia general la que puede hacerlo, la que señala de qué problemas merece la pena ocuparse, y hoy por hoy no hay más inteligencia general que la humana. Como se ha dicho, la inteligencia no consiste tanto en resolver problemas, como en decidir qué problemas merece la pena resolver.

Sin embargo, continúan apareciendo noticias alarmantes, como la que mencionó este mismo diario el día 14 del mes pasado, en la que aseguran que la IA es ya un sustituto del trabajo cognitivo, con lo cual los empleos de cuello blanco desaparecerían entre uno y cinco años. La disrupción laboral sería inevitable. Pero a la vez se anuncia la otra cara de la moneda, la próxima llegada a la tierra prometida de la IA: crear una IA general como la humana. Siempre —eso sí— con la coletilla “todavía no, pero casi”. Estupenda forma de animar a los inversores multimillonarios a incrementar las aportaciones con cifras astronómicas, en una carrera en que compiten entre sí las tecnoempresas y los países por los recursos y por el poder mundial. ¿No es esa coletilla eterna “casi” una forma ideológica de proceder, porque parece basarse en comprobaciones científicas, pero en realidad las rebasa y desplaza las pruebas ad calendas graecas, teniendo en cuenta que los griegos no tenían calendas, como bien advertía ya Ortega y Gasset?

La veracidad sigue siendo una de las condiciones de validez de la comunicación, y en el caso de la IA esa condición se cumplirá informando sobre los beneficios que está proporcionando ya, que son muchos, y los que cabe esperar que procure en el futuro hasta donde se pueda prever con base científica. Pero también respondiendo a una segunda pregunta tan importante como la primera: ¿beneficios para quién? ¿Para los ya poderosos de modo que se amplíen las desigualdades? ¿Para los menos favorecidos por la fortuna y por la sociedad?

Recurrir a la ética para eludir las ideologías es de primera necesidad. Cualquier ética aplicada, también la de la IA, enmarca su reflexión en unos principios que ordenan beneficiar, no dañar, empoderar la autonomía de los seres humanos, distribuir los beneficios con justicia, en este caso entre todos los seres humanos, que son los afectados por la IA, y potenciar la sostenibilidad de la naturaleza. Claro que el mundo de intereses políticos y económicos, individuales y grupales, que pone en marcha una actividad tan lucrativa es inmenso. Pero en pleno siglo XXI estos principios éticos son ya los trazos irrenunciables de una ética global.

Sin embargo, durante los 70 años de la IA, y muy especialmente en los últimos tiempos, junto a las alabanzas, se han venido multiplicando las críticas de un creciente número de expertos sobre la forma de producirla, como es el caso, entre otros muchos, del trabajo ya clásico de Zuboff El capitalismo de la vigilancia o, entre nosotros, el reciente libro de Ramón López de Mántaras, 100 cosas que hay que saber sobre inteligencia artificial. Consideran con buen acuerdo que, junto a los innegables beneficios de la IA, que forma ya parte de nuestro modo de vida, es preciso sacar a la luz y acabar con realidades intolerables, de las que podríamos espigar las siguientes.

La IA se produce recurriendo a la explotación del trabajo de los supervisores con sueldos de miseria, a la colonización una vez más de los países menos desarrollados y al expolio del planeta. Pero también conlleva consecuencias indeseables. Se amplía la brecha digital entre las personas y entre los países, la posible disrupción del modelo laboral, que anuncia una nueva época, dificulta satisfacer las aspiraciones de la socialdemocracia, y es una verdadera tentación dejar en manos de los algoritmos las decisiones en asuntos que afectan a los seres humanos, eludiendo responsabilidades, cuando lo cierto es que los algoritmos no toman decisiones, porque carecen de conciencia y voluntad. Ofrecen soluciones y somos los seres humanos quienes tenemos que decidir y asumir responsabilidades. El libro de Cathy O’Neil Armas de destrucción matemática sigue siendo dolorosamente instructivo.

Ante un panorama tan sombrío es preciso regresar a la pregunta: IA ¿para qué y para quiénes? Y, afortunadamente, cada vez se elevan más voces exigiendo que la IA sirva al bien común, que en este caso es ya local y global. A defender los derechos humanos y alcanzar los Objetivos del Desarrollo Sostenible, el primero de los cuales es acabar con el hambre y la pobreza extrema, dos realidades verdaderamente obscenas en un tiempo en que hay medios más que suficientes para que ningún ser humano sea pobre, mucho menos que muera de hambre.

El extraordinario aumento de las conexiones y las plataformas propiciado por la revolución 4.0 debería servir para lograr una comunicación auténtica que haga posible el entendimiento y la cooperación en el camino de una paz justa, más allá de las polarizaciones, los conflictos, los chantajes y las humillaciones a los que se ven sometidos los más débiles si quieren sobrevivir. Aunque sólo sea —por decirlo con Kant— porque hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, preferiría la paz a la guerra, el Estado de Derecho al estado de naturaleza, con tal de que tengan inteligencia. No digamos ya un pueblo de personas humanas con inteligencia general, emociones y sentido moral.

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