Recuperar el campo
La pregunta es dónde quieren estar las izquierdas, si se van a centrar solo en las vulnerabilidades urbanas o van a ser capaces de ofrecer salvaguardas al mundo rural
La brecha entre la ciudad y el campo es hoy tan evidente que puede expresarse en mundos y contarse en décadas. A nuestros efectos, existe desde siempre, pero en estos años ha alcanzado unas dimensiones ontológicas.
Miles de ...
La brecha entre la ciudad y el campo es hoy tan evidente que puede expresarse en mundos y contarse en décadas. A nuestros efectos, existe desde siempre, pero en estos años ha alcanzado unas dimensiones ontológicas.
Miles de agricultores y ganaderos tomaron hace unos días el centro de Madrid en la primera gran tractorada de 2026. La protesta no fue convocada ni apoyada por las organizaciones mayoritarias del sector (ASAJA, UPA y COAG) aunque el rechazo al acuerdo UE-Mercosur es absolutamente unánime.
En un contexto geopolítico como el que tenemos, a Europa no le queda otra que apostar por el comercio y la desescalada arancelaria, pero la sensación es que el precio recae, sistemática y mayoritariamente, sobre el sector agrario. Recortes en la PAC, menos ayudas, encarecimiento de costes, cargas burocráticas, más exigencias ambientales y competencia desleal. A muchos les resulta paradójico que se pretenda consumir alimentos en abundancia, baratos, sostenibles y trazables, obstaculizando su producción interna. O que se apueste por la transición ecológica y la energía renovable destinando a la megaminería y las fotovoltaicas el mismo terreno fértil que se destina ahora a la producción agro-ganadera. Que se den pasos adelante de espaldas al territorio, a base de decisiones verticales adoptadas con voracidad implacable y a velocidad imposible. Y que lo pequeño haya dejado ya de ser hermoso porque hablamos de proyectos cuyas dimensiones son sobrehumanas.
Esencialmente, puede decirse que en el campo mucha gente no entiende nada. Los pequeños productores, las mayorías que no pueden vivir de las importaciones y las exportaciones, no ven dónde están las ventajas de los tratados de libre comercio ni del globalismo a gran escala. Cuando se habla de la necesaria transformación de las explotaciones no se explican porqué no hay escucha, no se informa, se asesora y se acompaña a quienes tienen que liderarlas. Las organizaciones agrarias ganan cada vez más espacio gracias a la incomparecencia y la pasividad de la Administración cuando llega el momento de hacer papeles.
En fin, Mercosur lleva negociándose 26 años y tras su firma en Paraguay, el Parlamento Europeo ha decidido alargar la agonía. Francia, con un movimiento agrario combativo, ha sido su opositor más pertinaz. La frustrada apuesta europea ha sonado, otra vez, a un cambio de cromos pretendidamente comprensible por la urgencia y la extrema necesidad en una situación crítica. El progreso exige aplastar flores inocentes en el camino, pero, si formas parte de la huella, eso no lo hace más llevadero.
En Europa, han sido los ultras quienes más han fomentado ese sentimiento de humillación y agravio para explotarlo electoralmente. Han alterado a conveniencia causas y consecuencias, han manipulado el relato y han contribuido a agravar el problema en su origen, pero, con tal prestidigitación, han logrado canalizar la soledad y la desorientación del sector agrario. Ahora son ellos los que controlan ese botín de hechuras planetarias que puede poner y quitar gobiernos.
La brecha entre el campo y la ciudad es histórica, generacional, sexual, social, económica y digital, pero se ha venido engordando con binarismos imperfectos o abiertamente falsos, de enorme eficacia comunicativa y política: lleno-vacío, abundante-escaso, rápido-lento, industria-sector primario, avance-retroceso, centro-periferia o cultura-naturaleza. Algunos presentaban estas dicotomías como un diagnóstico pretendidamente aséptico y cientificista, pero los hechos aislados no existen, así que fue fácil esencializarlos, rigidificarlos y ponerles etiquetas: los de arriba-los de abajo, ricos-pobres, amos-esclavos, mejor-peor. Era de esperar que ese discurso acabara colonizado por la división entre progresistas y conservadores y que, finalmente, los ultras lo utilizaran para confrontar a la izquierda pija-woke de las ciudades con la derecha antisistema del campo. Poco importa ya qué se quiera decir con eso y si hay algo atendible o no. Lo importante es que con esa magistral simplificación en tres actos han logrado remarcar las fronteras interiores con un trazo indeleble; han redefinido y jerarquizado mapas y territorios; y han ofrecido unas certezas identitarias que rentabilizan como nadie. Han rescatado para la política un elemento emocional negativo que permite reforzar la espiral de inclusión-exclusión y han dejado que la retórica victimista hiciera el resto.
La pregunta es dónde están y, sobre todo, dónde quieren estar las izquierdas en un debate que se les escapa y que resulta cada vez más determinante. Si se van a centrar solo en las vulnerabilidades urbanas o van a fomentar la solidaridad entre todas las personas vulnerables. Si van a ser capaces de ofrecer salvaguardas que se acomoden a las exigencias y las expectativas del campo. Acompasar la transición energética y la soberanía alimentaria evitando las coacciones y las prisas que rompen sus costuras. Repartir las cargas y las responsabilidades renunciando a las zonas de sacrificio y a la política colonial que destina unos territorios a la producción y otros al consumo. Asumir que la autonomía estratégica exige más contención productiva y más productos propios porque eso es lo más barato y sostenible.
La extrema derecha cabalga hoy a los hombros de un gigante para restaurar desde ahí el liberalismo económico, el conservadurismo moral y el autoritarismo político, pero la gente del campo ni es atrasista, ni es, por definición, de derechas. Bastaría con escucharla para recuperar lo perdido.