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¡Cuídate, España, de tu propia España!

Nos hemos feudalizado bajo una democracia de taifas partidistas que guerrean entre sí sin concederse la menor tregua

eva vázquez

Ojalá me equivoque, pero creo que nos asomamos a un abismo de decepción colectiva que va camino de traducirse en un estallido electoral o, incluso, en un estallido social. La causa está en la indignación que mucha gente siente hacia una política que está en sus cosas y no en la de todos. Eso hace que España vaya justa en todo lo que tiene que ver con el desarrollo de la vida material de sus ci...

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Ojalá me equivoque, pero creo que nos asomamos a un abismo de decepción colectiva que va camino de traducirse en un estallido electoral o, incluso, en un estallido social. La causa está en la indignación que mucha gente siente hacia una política que está en sus cosas y no en la de todos. Eso hace que España vaya justa en todo lo que tiene que ver con el desarrollo de la vida material de sus ciudadanos; un dato que va de la mano del creciente malestar que sienten los españoles hacia los políticos en general y hacia los compatriotas en particular que no piensan como ellos.

La responsabilidad de ello descansa en los dos grandes partidos nacionales: el Partido Popular y el Partido Socialista. Ambos han desatendido una exigencia de responsabilidad sistémica hacia la democracia y, sobre todo, han olvidado que la prioridad de la política está en la gestión ordinaria de las cosas, en sentido orteguiano. Un fenómeno que ha coincidido con una normalización de la mala educación y de la intolerancia hacia el adversario, que ha quebrantado la idea del bien común. Así, con el tiempo, las cosas descuidadas han acabado pesando sobre las espaldas de una sociedad que pierde bienestar a borbotones. Y la mala educación y la intolerancia han calado entre la gente y han intoxicado la convivencia de forma generalizada.

La suma de estos factores propicia una fatiga de materiales cívicos preocupante. No solo porque compromete una paz social que se mantiene cogida con alfileres, sino porque daña la arquitectura institucional y el conjunto de las infraestructuras y políticas públicas. De ahí que avancen peligrosamente la desigualdad y la injusticia, algo que se relaciona íntimamente con el colapso silencioso de las clases medias y que produce una pérdida acelerada de la cohesión básica que proporcionaba el empuje expansivo que tuvieron aquellas en el pasado.

Estas circunstancias hacen que la corriente de malestares colectivos escale sin remedio, hasta el punto de ser tan irreversible que amenace con rebosar los cauces institucionales. Nos ahogamos como país bajo una polarización tan extrema que desquicia la sensatez bajo el empuje de “los hunos y los hotros” de los que hablaba Unamuno. El galope furioso de ambos es tan intenso que impide que los españoles seamos incapaces de cerrar filas y abrazar juntos la causa de una Europa amenazada por Donald Trump y Vladímir Putin.

Vivir expuestos a la dinámica de una sobrerrepresentación social del extremismo acaba enturbiando y traicionando la convivencia. La hace inviable porque dinamita los cauces de comunicación entre los contrarios que se basaban en el respeto mutuo. Nos hemos feudalizado bajo una democracia de taifas partidistas que guerrean entre sí sin darse la más mínima tregua. No importa el motivo, pero todas las excusas son buenas para batallar todos contra todos. Nadie se salva de culpas, y todos aportan toneladas de granitos de arena a un conflicto caracterizado por la degradación de las formas y la inmoralidad de las acciones. De ahí que la política sea un problema social, porque la hacen los peores sin apenas excepciones.

El siglo XXI nos ha devuelto a una Edad Media de mentalidades políticas, que nunca suma y siempre resta. El objetivo no es construir juntos, sino levantar muros más altos, cavar trincheras más profundas y dar por bueno todo aquello que permita la completa aniquilación del adversario. Algo que es, sin duda, la peor estrategia de país en un mundo donde China y Estados Unidos se disputan quién ejercerá la hegemonía dentro de dos décadas.

Con todo, lo dicho hasta aquí no es nuevo. La Guerra Civil, como hemos visto hace unas semanas, sigue percutiendo sobre nuestro imaginario colectivo, que, lejos de prevenirnos, nos azuza a mantener supurando una herida divisiva que nunca queremos cerrar del todo. La democracia restaurada ha servido de poco. El tiempo transcurrido desde la Transición no solo no ha sanado las culpas, sino que las ha macerado en resentimiento. De este modo, la polarización nos ha devuelto a los sentimientos de odio de los años treinta. Quizá porque hemos cometido el error, como advertía Todorov, de anteponer el cuidado de la historia al cultivo de la memoria, un fenómeno que mantiene latente una beligerancia entre contrarios que la política no quiere desactivar, porque sabe lo importante que es movilizar electoralmente el inconsciente. Esto hace que todos seamos víctimas de una guerra civil que se ha transformado en una guerra cultural incruenta. En fin, un suma y sigue de reproches subidos de tono que maneja estrategias de polarización que rompen nuestra unidad y nos dejan a los pies de malestares y tensiones colectivas que afrontamos sin solidaridad ni cooperación para resolverlas.

Otras veces hemos vivido en democracia situaciones parecidas. Pero ahora lo hacemos sin el colchón de bienestar ni la confianza de país que garantiza la existencia de un reaseguro de centralidad que moderaba a los contendientes, aunque no quisieran. Sin este, los consensos se hacen imposibles. Entre otras cosas, porque la política ha perdido el respeto a sí misma y practica un maltrato recíproco que padecemos todos, algo que inflama los malestares sociales y económicos porque no piensa cómo resolverlos, sino cómo agitarlos para lanzárselos a la cara del oponente.

Se vio en octubre de 2024 durante las desgraciadas inundaciones de Valencia y hemos estado cerca de volver a las andadas con las tragedias ferroviarias de Adamuz y Gelida, así como la paralización de los cercanías en Barcelona. Es un fino tabique de sensatez el que nos separa de que se produzca un estallido social. El hartazgo de la gente aumenta hacia una política insensata e insensible que no está en la gestión eficiente de las cosas. Es un fenómeno de decepción colectiva que ya se está convirtiendo en un estallido electoral y que puede hacer mayoritaria, por el cainismo de los grandes partidos nacionales, la opción de quienes quieren resetear la democracia liberal y conducirla como Trump de forma autoritaria.

En el poemario España, aparta de mí ese cáliz, alguien que nos conocía bien y quería desgarradoramente, el poeta peruano César Vallejo, nos previno de nosotros mismos. Lo hizo, además, en plena Guerra Civil. Deberíamos releer sus versos en voz alta cuando nos levantamos cada día antes de escuchar las noticias y las tertulias, y recalcar las exclamaciones que dejó grabadas en el papel mientras miramos el panorama que ofrece actualmente nuestro país y las frustraciones colectivas que acompañan los malestares desatendidos por “hunos y hotros”.

Tengamos a flor de piel este recordatorio poético de Vallejo y digámonos: “¡Cuídate, España, de tu propia España! / ¡Cuídate de la hoz sin el martillo, / cuídate del martillo sin la hoz! / ¡Cuídate de la víctima apesar suyo, / del verdugo apesar suyo/ y del indiferente apesar suyo! / ¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo, / negárate tres veces, / y del que te negó, después, tres veces! / ¡Cuídate de las calaveras sin las tibias, / y de las tibias sin las calaveras! / ¡Cuídate de los nuevos poderosos! / ¡Cuídate del que come tus cadáveres,/ del que devora muertos a tus vivos! / ¡Cuídate del leal ciento por ciento! / ¡Cuídate del cielo más acá del aire / y cuídate del aire más allá del cielo! / ¡Cuídate de los que te aman! / ¡Cuídate de tus héroes! / ¡Cuídate de tus muertos! / ¡Cuídate de la República! / ¡Cuídate del futuro!...”.

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