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El río del olvido está en X

Si la economía de la atención sentó las bases sobre las que se ha edificado un patrón de consumo en internet, la economía de la distracción es la premisa del éxito del ‘scroll’ infinito

Tres adolescentes hacen scroll en sus móviles. Raúl Mellado (Getty Images)

Una búsqueda de las palabras “Lete” o “Leteo” en X, todavía hoy la red social con más peso para el poder político global, arroja resultados insignificantes a pesar de su conexión con la naturaleza profunda de esta plataforma. Así se llama uno de los cinco ríos que recorre el Hades, el inframundo de la mitología griega. Beber de sus aguas suponía el olvido instantáneo, una necesidad en el tránsito hacia el más allá y tal vez un paso previo a la reencarnación. Las sociedades occidentales se han agrupado en torno a la noción de memoria y continuidad, pero, como ha señalado el lingüista alemán Harald Weinrich, el “arte del olvido” también ha determinado nuestra cultura.

Las redes sociales son un espejo de esta dicotomía. En la amnesia hay un mecanismo que favorece la convivencia; al mismo tiempo, obviar el recuerdo es un engranaje peligroso e intrínsecamente injusto. Sin embargo, al margen del veneno esparcido por los bulos y las narrativas falsas, una de las mayores amenazas para la sostenibilidad de la conversación pública es el equilibrio entre pasar página y no hacerlo. El lema “ni olvido ni perdón”, cuyo origen es incierto, aunque en español se popularizó a partir de los años sesenta después de la matanza estudiantil de Tlatelolco en México, es una de las fórmulas más utilizadas en las plataformas para expresar indignación. Los usuarios recurren a ella para denunciar hechos terribles, pero también para dar alas a obsesiones particulares y justificar comportamientos revanchistas.

“MAGA, nunca lo olvides, o sucederá de nuevo”, instó Donald Trump recientemente a sus seguidores del movimiento Make America Great Again para defender sus medidas y conjurar una futura victoria de los demócratas. Esta banalización de una frase empleada para recordar a las víctimas del Holocausto da una medida de la manipulación cotidiana a la que está sometida la idea de memoria histórica en las plataformas virtuales. En paralelo, las principales compañías tecnológicas han hecho de la peor acepción del olvido su objeto central.

“Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo”, señala el narrador de Funes el memorioso. El cuento de Jorge Luis Borges aborda la necesidad de la desmemoria que tiene su protagonista, Ireneo. Sin embargo, esa distracción del mundo es la paradoja que marca la naturaleza del scroll infinito. Si la economía de la atención sentó las bases sobre las que se ha edificado un patrón de consumo en internet, una suerte de economía de la distracción es la premisa del éxito de los shorts, reels o vídeos cortos, normalmente de entre 15 segundos y un minuto de duración, que nos tienen enganchados a X, Instagram, TikTok o YouTube. Un flujo sin interrupciones en el que todo va rápido y tiene el mismo valor. Y si Funes no podía dormir, los efectos de esta tendencia son procrastinar el sueño.

El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco ya observaba hace décadas que cuando se masificó la televisión muchas familias se relacionaban de una forma parecida con la parrilla. “Muchísimas personas veían los programas vespertinos como un continuum”, escribió. Es decir, sin discriminar de ninguna manera entre espectáculo de variedades, telediario, publicidad o ficción. “Todo se tomaba con el mismo grado de credibilidad, un absoluto batiburrillo de competencias de géneros”. La solución que proponía ante la preocupación que le generaba la exposición a la televisión de su hija no pasaba tanto por la regulación sino por cambios en el modelo educativo.

Las artes visuales, la semiótica y una introducción a la filosofía del lenguaje son un gran escudo crítico para leer cualquier fenómeno, también para afrontar la producción cultural televisiva. A pesar de ello, probablemente no sean suficientes para cruzar el Hades de las redes sociales, donde fluyen también las aguas de la Estigia, la ciénaga del odio, el terrible hogar de los iracundos en el infierno de Dante.

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