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El equívoco recurso a la extrema derecha

La abusiva identificación entre ser conservador y el franquismo ha llevado a situar erróneamente al independentismo en el hemisferio progresista

Si alguien que se tiene a sí mismo como de izquierdas no siente auténtico y genuino pavor ante la, según parece, inminente llegada al poder de la extrema derecha, lo suyo es que experimente una profunda preocupación interior y que se haga algunas preguntas de calado como las sigu...

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Si alguien que se tiene a sí mismo como de izquierdas no siente auténtico y genuino pavor ante la, según parece, inminente llegada al poder de la extrema derecha, lo suyo es que experimente una profunda preocupación interior y que se haga algunas preguntas de calado como las siguientes: ¿estaré contribuyendo con mi escepticismo a blanquear el fascismo? ¿Me habré constituido, sin pretenderlo en absoluto, en cómplice de una de las más siniestras corrientes políticas del siglo XX? ¿Me serán de aplicación en el futuro las conocidas palabras de Martin Niemöller (ya saben: “Primero vinieron por los socialistas, y no dije nada, porque yo no era socialista / Luego vinieron por los sindicalistas…“, etcétera), de los que se hacen acreedores los tibios de todas las épocas? O, más grave aún: ¿mereceré de pleno derecho ser incurso en ese universo que algunos han dado en denominar la fachosfera?

Son preguntas ciertamente preocupantes y de no fácil respuesta, sobre todo habida cuenta de que los contornos de dicho universo, lejos de ser mínimamente estables, van variando de manera constante a medida que varían los intereses de quienes se han arrogado el monopolio de la defensa ante su amenaza. Hasta el punto de que entienden que cualquier cosa que no sea alinearse con las posiciones que ellos sostienen equivale a hacerle el juego al enemigo. Así, no es raro que aquel que en un determinado momento se ajustó fielmente a lo sostenido por los que tenía por los suyos, se vea expulsado a las tinieblas exteriores y señalado como sospechoso de criptofascismo o cosa parecida si continúa sosteniendo lo mismo después de que esos presuntos suyos hayan decidido abandonar su punto de vista inicial y asumir exactamente el contrario.

Los últimos años han proporcionado abundantes ejemplos que servirían para ilustrar la deriva que ha seguido el debate público a este respecto. Probablemente, los relacionados con la inmigración —uno de los temas favoritos, como es bien sabido, de la extrema derecha— sean los que muestren con mayor claridad lo errático, cuando no contradictorio, de la mencionada deriva. Pensemos, por poner un caso solo en apariencia menor ocurrido en nuestro país, en el cambio radical en lo relativo a la información que ha de proporcionar la policía acerca de la nacionalidad de los presuntos delincuentes. Hasta ayer mismo, como aquel que dice, la tesis oficial en Cataluña era idéntica a la sostenida por el Ministerio del Interior español, a saber, que hacer público en los medios de comunicación dicha información solo servía para estigmatizar a todo un colectivo, sin aportar ninguna información efectivamente relevante. Se trata de un argumento atendible, desde luego, pero que ha sido abandonado por la policía catalana en beneficio del contrario, esto es, el de que la mejor manera de combatir los bulos es precisamente difundir esa información. Tan espectacular viraje resulta llamativo, si tenemos en cuenta que tanto el Gobierno de la Generalitat como el central son en este momento del mismo signo ideológico-político.

Por paradójico que a primera vista pueda parecer, es precisamente la complejidad de la situación catalana la que mejor permite mostrar hasta qué punto no terminan de ser coherentes buena parte de los argumentos más utilizados en el debate público acerca de la extrema derecha. Ello se hace patente cuando comprobamos la muy diferente actitud que un sector no despreciable de ciudadanos catalanes mantiene con dicha extrema derecha, según se trate de la autóctona o de la foránea. Porque está de sobras acreditado que muchos de los que se declaran horrorizados por completo ante el auge de Vox, no mantienen idéntica actitud cuando del partido de Sílvia Orriols se trata, hasta el punto de que abundan los alcaldes de Junts que no le harían ascos a incorporarse a las listas de Aliança Catalana, así como votantes nacionalistas que estarían dispuestos a respaldar en unas próximas elecciones a esta última formación. Su espectacular auge, del que dan cuenta todos los sondeos sin excepción, y el hecho de que sin duda la principal damnificada por dicho crecimiento sea precisamente Junts, certifica que la relación entre ambas fuerzas políticas es, a grandes rasgos, simétrica a la que mantienen en España el PP y Vox.

Pero no es ni mucho menos una cuestión sin importancia el que en modo alguno el votante actual de Junts (o antaño el de Convergència) aceptaría ser homologado con el PP o, en general, con un partido de derechas. Es sabido que un sector relevante de sus militantes no solo no se consideran conservadores, sino que incluso pueden llegar a declararse progresistas. El hecho de que entre ellos los pueda haber que, considerándose así, no tendrían, llegado el caso, graves inconvenientes en votar a la extrema derecha catalana prueba que su relación con esta es más compleja y matizada de lo que se suele pensar, lejos de las groseras simplificaciones al uso.

Por lo pronto, no cabe soslayar que ha sido la izquierda la que, ya desde la época de Zapatero, ha manifestado gran interés en potenciar la identificación entre el PP y el franquismo, como si la sustancia de ser conservador pasara en exclusiva por la identificación con aquel régimen autoritario. Uno de los efectos de tan abusiva identificación era que, por defecto, el nacionalismo y el independentismo quedaban ubicados en el hemisferio progresista, como en tantas ocasiones hemos tenido la oportunidad de escuchar en los últimos años, especialmente cuando se festejaban como propios sus buenos resultados con la consigna “¡somos más!”, tan celebrada por algunos.

A pesar de lo políticamente ruinosa que le está resultando a la izquierda la identificación entre derecha y franquismo, a la vista está que ha decidido perseverar en ella, introduciendo así en el debate político notables dosis de confusión. Porque incluso en el supuesto de que aceptáramos que la querencia autoritaria de Vox constituye una genuina amenaza para el sistema democrático, no parece que quienes mejor nos pueden ayudar a defenderlo vayan a ser los que perpetraron un (tan fugaz como ridículo) golpe de Estado en 2017, violentando por completo la legalidad vigente. Al igual que no termina de verse que se pueda considerar que forman parte de un mismo bloque progresista fuerzas políticas como las nacionalistas y algunas independentistas que, en el mejor de los casos, consideran y tratan como ciudadanos de segunda a quienes no participan de su modelo de país y, en el peor, en clara sintonía con Orriols, los expulsarían directamente del territorio en el supuesto de que pudieran (en más de una ocasión altos dirigentes de Junts han invitado a “volverse a su tierra” a políticos o figuras públicas nacidos fuera de Cataluña que discrepaban del discurso soberanista oficial).

Sin dificultad se comprenderá, volviendo al arranque del presente texto, la perplejidad de todos aquellos que, precisamente por no experimentar el pavor que parece prescrito en determinados ambientes ante el auge de la extrema derecha, se ven señalados como sospechosos de coquetear con la misma. Cuando son ellos los que sospechan de unos anuncios catastrofistas que, esgrimidos por según quién, solo cabe considerar, siendo muy benévolos, como engañosos por interesados. Resumamos la cosa con una cierta rotundidad para evitar innecesarios malentendidos: no cuestiono en absoluto, quede claro, que el auge de la extrema derecha deba preocuparnos; solo digo que los ciudadanos constitucionalistas de izquierdas que viven en territorios hegemonizados por el discurso nacionalista no temen mucho más a ese futuro que se les dibuja con tintes tenebrosos que a lo que ya conocen desde hace demasiado. Y a lo máximo a lo que parecen aspirar a estas alturas es a que lo peor no se repita. Por eso callan, pero no apoyan.

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