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Los zapatos de Angela Merkel

Cuando se debate la capitulación de Ucrania, merece la pena leer la autobiografía de la excanciller para comprender lo que anticipó como nadie

1. Solo estuve una vez cerca de la antigua canciller alemana. No puedo precisar el año, pero calculo que sería a mediados de su segundo mandato, y de lo que me acuerdo es de que era un 8 de marzo. Tampoco puedo explicar cómo, en cierto momento de ese día, me encontré en medio de la comitiva que seguía a Angela Merkel; solo recuerdo que formaba parte de un grupo de mujeres invitadas por el Instituto Goethe de Berlín a un debate sobre el poder emancipador del arte. Debió de ser pura casualidad el que nos uniéramos al grupo que la acompañaba. La señora, con su uniforme de chaqueta llamativ...

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1. Solo estuve una vez cerca de la antigua canciller alemana. No puedo precisar el año, pero calculo que sería a mediados de su segundo mandato, y de lo que me acuerdo es de que era un 8 de marzo. Tampoco puedo explicar cómo, en cierto momento de ese día, me encontré en medio de la comitiva que seguía a Angela Merkel; solo recuerdo que formaba parte de un grupo de mujeres invitadas por el Instituto Goethe de Berlín a un debate sobre el poder emancipador del arte. Debió de ser pura casualidad el que nos uniéramos al grupo que la acompañaba. La señora, con su uniforme de chaqueta llamativa y pantalón negro, iba rodeada por un grupo de hombres fornidos que formaban un semicírculo detrás de ella, y por una maraña de cámaras que se desplazaba hacia atrás precediéndola. Sin embargo, desde donde me habían colocado, noté que el zapato derecho le quedaba suelto.

Angela avanzaba como una estatua, riendo poco, contestando con parsimonia a uno y a otro, erguida y majestuosa sin resultar ofensiva, perfecta en el poder que irradiaba, pero junto al suelo del palacio donde caminaba, el zapato negro la obligaba a arrastrar el pie. Es casi seguro que ella misma, entregada al papel que representaba, no sentiría siquiera la incomodidad, pero yo no dejaba de seguir sus pasos sin poder apartar la mirada. Una estúpida atención a un detalle que me acercó, de repente, a alguien con quien jamás intercambiaría una palabra. Una preocupación insensata por alguien que no la necesitaba, y de necesitarla, no recurriría a mí, más lejos de ella que la estrella de la última galaxia.

2. He de aclarar que, por aquel entonces, en mi país, Portugal, Angela Merkel no gozaba de grandes simpatías. Se sospechaba que la arquitectura del euro había sido diseñada para favorecer a Alemania a costa de los países económicamente más débiles, y que el Gobierno de la canciller sabía aprovechar a la perfección tal asimetría. Lo que ocurría a nivel macroeconómico se sentía en los bolsillos de la gente común. Recuerdo la desorientación de las cuentas públicas y privadas. De repente, le dabas una propina a un taxista y te percatabas de que equivalía a lo que antes habría bastado para comprar una chaqueta. Muchos decían que la Unión ocultaba una diversidad incontrolable en el ámbito cultural y que este legado sería insuperable. La idea de que Europa no existía, y no pasaba de ser un amasijo de naciones unidas por la moneda y desunidas por todo lo demás, era un lugar común. La noción de Europa como una realidad sin definición propia mantenía vivo el debate. En aquel momento, la publicación en Francia de un fragmento de un libro de Eduardo Lourenço, titulado L’Europe introuvable, encontró un eco extraordinario entre los europeos escépticos respecto a la Unión. El esfuerzo real y concreto que Alemania hacía entonces por ser el motor de una Europa que acercara culturas y las uniera en la diversidad no parecía ser comprendido. Se escribían artículos contra Merkel, considerándola la madre de ese desencuentro.

No sé si se ha hecho un inventario de cuántas obras de ficción reflejan este sentimiento, pero me parece curioso que Herscht 07769, el libro de László Krasznahorkai, autor descubierto ahora por el premio Nobel, sea una larga carta dirigida por el protagonista a la canciller alemana, como si representara el poder simbólico capaz de frenar los males del mundo y, al mismo tiempo, los cifrara. En cierta manera, yo fui partícipe de esa mirada de soslayo hacia Angela Merkel cuando recorrí unos metros detrás de ella y noté que arrastraba un pie, que sujetaba a duras penas su zapato. Somos frágiles y, a veces, tan irracionales como un mapache. Lo sabía, pero una especie de inexplicable compasión por un detalle excesivamente humano me hizo bajar las defensas.

3. Mientras tanto, pasaron los años, la señora dejó de ser canciller y su vida adquirió una dimensión semipública. A la velocidad con la que discurre la vida, ahora sería el momento de plasmar su imagen en bronce o mármol ante el cual arrodillarse, o incluso escribir un grafiti de protesta. Pero la dura realidad por la que atraviesa Europa en este momento de su historia no permite por ahora encerrar su imagen en el cuarto de atrás. En el ardor del debate que suscita la guerra en Ucrania, su figura emerge cada día que pasa como un personaje indispensable para comprender la tragedia que se ha desatado en el Este y que, por contagio, nos afecta a todos los europeos.

Se la acusa de ser una líder que arrastró a los países de la Unión a una política de triple dependencia: de los Estados Unidos en la cuestión de la seguridad, de China en la cuestión del comercio y de la Federación Rusa en la cuestión del combustible. Y de esa manera, sus líderes pueden humillarnos, ignorarnos e insultarnos tranquilamente, pues esta triple dependencia nos deja paralizados. En este momento, ha quedado claro que nos encontramos ante una horca de tres brazos donde los tres emperadores autocráticos, cada uno a su manera, lanzan cuerdas y ahorcan a los europeos. Poco a poco, desde el 24 de febrero de 2022, nos hemos sumergido en el agua lustral de esta dura realidad. Pero ¿hasta qué punto fue Merkel, representante del motor de la Unión Europea, responsable de la omisión de la que la acusan los analistas?

4. Día tras día, se muestran imágenes que evocan la complacencia de Merkel hacia Putin en los años posteriores a la toma de Crimea en 2014. Y cuando se proyectan las trágicas imágenes de Bucha como símbolo de una agresión sin límites de crueldad, y los trávelin sobre ciudades ucranias tan devastadas como las de Gaza, no es raro recordar la cumbre de Bucarest de 2008, cuando la canciller alemana maniobró para posponer la integración de Ucrania como futuro socio de la OTAN. Se pretende sugerir así que la canciller alemana y Sarkozy, en aquellos días, aflojaron las riendas de Putin por pura simpatía hacia el dictador y gratitud por el gas utilizado para cocinar en los hogares europeos. La realidad, en cambio, parece haber sido algo diferente.

Angela, que tenía un agudo sentido del peligro y podía olerlo desde lejos, aunque siempre prefiriera actuar a corto plazo, percibió el potencial de violencia y el intento de dominación que se escondía bajo la piel del antiguo espía ruso. Navegando a tientas, parece haber querido no solo evitar un trágico conflicto con Ucrania, sino, sobre todo, descartar la posibilidad de una brutal confrontación con la OTAN. Además, Angela sabía muy bien, por otro lado, que los estadounidenses avanzaban por el este de Europa priorizando la democracia y la libertad, sí, pero el tercer pilar del trípode se basaba en el lucro. En estos días crueles, cuando se debate la capitulación de Ucrania, sería aconsejable leer Libertad, la autobiografía de Angela Merkel, para comprender lo que está descaradamente en juego ahora mismo y que ella anticipó como nadie.

5. Es cierto que es un libro de más de 700 páginas y no desde luego un ejemplo de escritura creativa, pero vale la pena que los jóvenes lo lean, especialmente aquellos que hasta hace poco desconocían lo que significaba ser europeo. Angela Merkel lo supo muy pronto y nos dejó su testamento ontológico como un valioso legado. Recomiendo empezar la lectura en el capítulo “Un mundo conectado: los nudos que nos sustentan”, por el pasaje donde analiza la diferencia entre globo terráqueo y planisferio, para comprender la geografía de los pueblos. Luego, si nos queda tiempo, podemos volver al principio para entender por qué un libro sobre la vida de una europea demócrata se asienta en la noción inviolable de la palabra libertad. Ojalá nunca más tengamos que experimentar la prueba de lo contrario.

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