Su mensaje al futuro no ha sido entregado
Pensar que los sistemas electrónicos actuales son más estables que los viejos papiros es un error
Si los bisontes de Altamira o los ciervos de Lascaux fueran mensajes para el futuro, es decir, para nosotros, ¿cómo lo sabríamos? ¿Y qué demonios quer...
Si los bisontes de Altamira o los ciervos de Lascaux fueran mensajes para el futuro, es decir, para nosotros, ¿cómo lo sabríamos? ¿Y qué demonios querrían decir? ¿Que en Cantabria hay bisontes? Pues muy mal, porque ya no hay ni uno. Estos paleolíticos pintaban muy bien, pero no tenían ni idea del futuro. Tomemos un ejemplo más abstracto, como esos estarcidos que se hacían plantando una mano en la pared de la cueva y soplando un pigmento sobre ella. Se pueden ver en la cueva del Castillo, no muy lejos de los bisontes, o en la de Leang Timpuseng, en Indonesia. ¿Querían decirnos algo? Esperemos que no fuera algo muy importante, porque allí no se entiende nada.
Tampoco se entiende el dibujo simbólico más antiguo del que tenemos noticia, las nueve líneas cruzadas formando triángulos que aparecieron grabadas en una piedra de la cueva Blombos, en Sudáfrica. ¿Qué era eso, el skyline de las montañas de la época? ¿Una lección de geometría? ¿Un regalo para el Black Friday cavernícola? Quizá solo fuera un tipo probando el lápiz de ocre, pero el dibujo tiene nada menos que 73.000 años, y ya nos gustaría a nosotros hacer algo tan perdurable. Si eso era un mensaje, en cualquier caso, la clase de receptor a la que iba dirigido ya no existe, y, por tanto, no tenemos forma humana de descifrarlo. Lo mismo pasará con los mensajes que nosotros pretendamos ahora enviar al futuro, ¿no? ¿O no?
Los mensajes al futuro se han puesto de moda por alguna razón. Tiene que ver en parte con la dificultad de preservar los contenidos de internet, incluidas las publicaciones académicas, que son el registro del conocimiento actual. Ya hay millones de papers, o artículos científicos revisados por pares, que no están compilados en ninguna de las bases de datos que utilizan los científicos y los profesores. En los últimos 25 años, han desaparecido 174 revistas profesionales de acceso libre. Las revistas Forbes y Scientific American están lo bastante preocupadas por el asunto como para publicar un especial sobre las cápsulas del tiempo y demás formas de comunicarse con el futuro. La cosa es mucho más difícil de lo que parece a simple vista.
Un clásico del género son las “piedras tsunami” que abundan por la costa nororiental de Japón, donde los maremotos son más frecuentes de lo deseable. Al menos desde hace 600 años, los habitantes de la zona ponen unas piedras a la altura de donde ha llegado la inundación de un tsunami, con unos mensajes grabados que advierten de que no se construyan casas por debajo de ese nivel. Nadie hace ni caso. Por ejemplo, el tsunami de 2011 se llevó por delante todas las piedras que marcaban la inundación de 1611 y se cargó a 18.000 personas que vivían por debajo de esa cota. Las piedras tsunami son muy bonitas, y es fácil verlas como objetos decorativos, sobre todo si uno no tiene otro sitio donde vivir.
Pensar que los sistemas electrónicos actuales son más estables que los viejos papiros es un error. La información guardada en un disco duro no solo se puede alterar por medios informáticos, virus y gusanos incluidos, sino que está alojada en unos soportes ópticos o magnéticos mucho más frágiles que el papel o la película, no hablemos ya de la piedra. Un tercio de las páginas web de hace 10 años ya no existen, y un cuarto de los links de la versión digital de The New York Times ya estaban rotos en 2021.
Si quieres enviar un mensaje al futuro, lo mejor es que lo mandes en un cohete a las proximidades de un agujero negro antes de devolverlo a la Tierra. Quizá quede aquí algún robot capaz de entenderlo.