Historia de una escalera (y un ascensor roto)

Garantizar el acceso igualitario a una educación de calidad y que las aspiraciones no dependan de dónde se nace es la única forma de acabar con el mito de la meritocracia

Escaleras mecánicas en una estación del Metro de Madrid.VÍCTOR SAINZ

Lo reflejó Buero Vallejo en Historia de una escalera, una obra que estos días vuelve al Teatro Español, donde se representó por primera vez en 1949: el ascensor social no funciona, y nacer en una u otra región, incluso en distintos barrios de la misma ciudad o familias diferentes de un mismo edificio, puede determinar las oportunidades que va a tener una persona a lo largo de su vida. Se debe a la riqueza —no solo económica, también cultural— de la que partimos.

Un niño cuyos padres sean universitarios va a tener una base diferente a la de quien nazca en una familia donde nadie haya superado la secundaria: los hábitos de lectura de este menor, por ejemplo, serán casi con toda seguridad diferentes y, conforme avance en la enseñanza, es probable que vea que sus compañeros tienen una formación superior a la suya, aunque hayan estado juntos en clase. Tampoco serán iguales sus aspiraciones: quien ha nacido en una familia rica, cultural o económicamente hablando, querrá y podrá llegar más alto que quien viene de un hogar humilde, que tendrá limitaciones mayores.

Aunque la educación sirve, idealmente, para romper esas barreras de desigualdad, hay otros factores que marcan las posibilidades de ascender de clase social, pues la meritocracia y el trabajo no lo es todo. En los últimos días, se ha compartido en mi círculo de Instagram una publicación que refleja este hecho. Se trata de una captura de Google Maps con el tiempo que se tarda en hacer un desplazamiento: 50 minutos en coche frente a más de dos horas en transporte público. La imagen llevaba unas irónicas comillas: “Todos tenemos las mismas 24 horas”.

La publicación tiene cerca de 22.000 me gustas y pretende reflejar las diferencias de unos y otros para movernos. Físicamente, pero no solo, pues está acompañada de un mensaje que va más allá: “El punto de partida no es el mismo cuando hay diferencias en el acceso a educación, al transporte, a salud y a otros derechos básicos”. Y añade: “El tiempo escasea para quien enfrenta barreras económicas, sociales o estructurales”. Son estas barreras las que fijan el tipo de vida que tenemos hoy. No todos pueden vivir en las grandes ciudades y cerca de sus lugares de trabajo y, por tanto, no todos tienen las mismas oportunidades.

Si hay algo que agrava esta situación es el contexto actual de las grandes urbes: en los últimos años han crecido tanto que se está expulsando a sus vecinos. El aumento del turismo de masas y la proliferación de las viviendas de alquiler turístico —las legales, pero sobre todo las que no lo son— dificultan que quien trabaja en el centro de una ciudad pueda vivir en ella. Esto, sumado a la escalada de precios de venta y alquiler, a la escasez del mercado y a la falta de nuevas construcciones, hace que el número de inmuebles a los que puede acceder una persona con un sueldo medio sea casi inexistente o que prácticamente sea una infravivienda, como comentaba Daniel Fez en una publicación en TikTok, que ironizaba sobre un piso de 25 metros por 58.000 euros: “Un castillo con nevera”, decía.

Estas personas, por tanto, solo pueden permitirse vivir en las afueras de la ciudad, lo que supone que ocupen varias horas al día en sus desplazamientos, que serán mayores si se mueven en transporte público, ya que las ciudades no lo han mejorado a la par que iban creciendo.

Queremos una sociedad en la que el éxito dependa del talento de uno y de su esfuerzo y no de la familia en la que haya nacido, pero para eso hay que reconocer antes que el ascensor social está roto y que no hay visos de que se arregle, salvo que se garantice que el acceso a una educación de calidad y que las opciones de aspirar en una carrera profesional no dependan de dónde se nace. Hasta entonces, las 24 horas del día serán diferentes para unos y otros, pues solo podrán gestionarlas a su gusto quienes vivan y hayan nacido en el código postal correcto.

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