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Claudia Sheinbaum
Columna

La presidencia chata

Creer que defender a toda costa a Rocha es hacer patria, o cuidar al Gobierno, es un error. Rocha es uno de los mandatarios estatales de credibilidad comprometida previo a que Sheinbaum asumiera el poder en octubre de 2024

Claudia Sheinbaum en Ciudad de México, el 20 de abril.Mario Guzmán (EFE)

México ha aguardado más de año y medio por el gran salto de Claudia Sheinbaum como presidenta de la República. Coyunturas han sobrado en las que su elección ha sido el aguantar. Prudencia que puede ser tomada no solo como renuncia a explorar escenarios, sino a sus obligaciones. Y en medio de la crisis más grave de cuantas ha enfrentado, la mandataria exhibe falta de arrojo y de creatividad.

Estados Unidos lanzó esta semana dardos envenenados. Donald Trump solicitó la detención con fines de extradición de diez figuras del aparato gubernamental de Sinaloa, entidad que padece una guerra entre bandas delincuenciales que ha paralizado la economía y tomado como rehén a la población, un conflicto que ni la presidenta que presume baja de los homicidios en más de 40% ha podido apaciguar.

La solicitud estadounidense no tiene parangón. Encabeza la lista el gobernador Rubén Rocha, sumido en el descrédito desde la elección misma en 2021. Oportunamente, esos comicios fueron denunciados por la oposición y por la prensa como un proceso donde el crimen organizado operó sin rubor para aupar al morenista, que fue candidato, según lo ha contado él mismo, por obra y gracia de López Obrador.

Si tan grave pecado original no bastara, Rocha vive bajo la sospecha desde julio de 2024, cuando hijos del narcotraficante preso en Estados Unidos Joaquín El Chapo Guzmán raptaron en una operación de película al capo Ismael El Mayo Zambada, a la postre entregado a agentes de Washington. En la operación falleció un exaliado de Rocha, y éste, según dijo luego El Mayo, fue un señuelo para su caída.

El rapto provocó la más larga y sangrienta crisis de seguridad de la que tenga memoria Sinaloa en el medio siglo en que un reducido grupo de apellidos ha dominado el narco en esa entidad y buena parte de México. Si fuera evaluado solo por su evidente incapacidad para regresarle la paz a su Estado, Rocha estaría fuera del gobierno hace muchos meses. Manchado y disfuncional, un lastre político absoluto.

Lo único que sostenía a Rocha hasta abril era Claudia Sheinbaum. Era mantenido a salvo de la rendición de cuentas, y lejos del alcance de un fiscal, por una mandataria que prefirió salvar a un militante de Morena a costa de la tranquilidad de las y los sinaloenses. Palacio Nacional privilegia la unidad morenista por sobre la población, que pone muertos, nervios y costos económicos.

Ahora y sin novedad, tras la acusación de EE UU en contra de Rocha y otros nueve personajes ligados a él —entre ellos el alcalde de la capital y un senador que es visto como su delfín, además de mandos policiacos actuales y del pasado reciente—, la presidenta opta por doblar la apuesta: apelando al nacionalismo de manual, los primeros pasos de Sheinbaum son rochistas sin fisura y sin sofisticación.

En las setenta y dos horas transcurridas desde que se hiciera pública la solicitud del vecino del norte para detener y extraditar a Rocha y sus amigos, Sheinbaum no ha intentado en público nada que no sea maximizar su rol como primera y última defensora del credo morenista que no soporta la idea de que alguno de sus miembros, por más escandalosas que sean sus fallas, enfrente a fiscal o juez alguno.

Lo más notable de este momento marcado por una crispación tan grande que periódicos que no se destacan por su posición crítica al Gobierno titulan a ocho columnas “narcogobierno” (con fotografía de Rocha y Andrés Manuel, para mayor claridad), la presidenta se cobije por entero en una retórica de solo dos caras: demanda pruebas como si ella fuera la juez, y rechaza todo al grito de “no al injerencismo”.

Entregar a Rocha sin más habría sido muestra de falta de sofisticación política. Estados Unidos tiene una agenda propia, unilateral, interesada, no amistosa y sin lugar a dudas ventajosa. Su sistema de justicia no es perfecto y sus policías tienen su propia agenda contra México. Ese contexto histórico pesa. Mas creer que defender a toda costa a Rocha es hacer patria, o cuidar al gobierno, es un error.

Rocha es uno de los mandatarios estatales de credibilidad comprometida previo a que Sheinbaum asumiera el poder en octubre de 2024. Ella tuvo tiempo de sobra para maniobrar de forma que la mala fama y los pésimos resultados de ese gobernador no lastraran la nueva presidencia. Desde el sexenio de Carlos Salinas, para no ir más lejos, los presidentes entrantes hacen limpia de gobernadores.

Si fue porque no quiso o si fue porque no pudo —se asegura que hace meses le pidió irse— es ya una discusión ociosa. Lo relevante es que la burda tarascada que ahora lanza la Casa Blanca contra Sheinbaum demanda de ella una salida donde no se someta, en efecto, sin más a un designio de Washington, al tiempo de que en casa demuestra que puede maniobrar para no perder lo más por lo menos.

El diálogo bilateral es una correa de múltiples agendas entrelazadas. Si antes se logró que la Casa Blanca no bajara totalmente la cortina a México por un asunto de seguridad, ese modelo compartimentalizado es historia desde enero de 2025, cuando tras asumir Trump la presidencia impuso aranceles también a México y dejó claro que pondría todos los huevos de la relación en una sola canasta.

El embajador Ronald Johnson y la prensa de Estados Unidos dieron una demostración de lo anterior cuando, como si fuera box, ejecutaron un uno-dos directo a la quijada de México. El diplomático advirtió el jueves 23 de abril en Sinaloa, al bendecir una inversión en Los Mochis de una empresa estadounidense, que perseguirían la corrupción; y luego, Los Angeles Times informó que a Rocha le cancelaron su visa.

Una semana después se publicó la acusación contra Rocha, que incluye cargos por la operación de narcotraficantes en su elección. El pasado alcanzó a quien, confiando demasiado en su suerte a pesar de que El Mayo denunció en agosto de 2025 que el cónclave en que fue emboscado incluía al mandatario estatal, presumió que López Obrador lo hizo candidato incluso por encima de otros con más méritos.

Esa evocación de su protector, realizada en público en noviembre de 2025, es decir, cuando la presidenta llevaba ya más de un año en el poder, adquiere aún más importancia hoy. Porque desde que explotó la revelación de lo que pretende Estados Unidos, Rocha ha pretendido, con éxito hasta ahora, robarle la narrativa a Sheinbaum al declarar que estaba tranquilo porque ya había hablado con Claudia.

“El poder está hecho de minucias. Nada se escapa al interés obsesivo del cortesano porque sabe que la esencia de la jerarquía reside en el detalle”, dice Giuliano da Empoli en “El Mago del Kremlin”*. Lo que la nación ve desde el miércoles es a una presidenta de reflejos mecánicos y previsible retórica sobre una soberanía que nunca se defiende cuando EE UU procesa a no morenistas.

La movida de Estados Unidos contra Rocha tiene como antecedente el ilegal secuestro de Nicolás Maduro, el presidente espurio (¿tanto o más que Rocha?) de Venezuela. No se puede subestimar, por tanto, lo que pretenda hacer la Casa Blanca a fin de llevar ante una corte en Nueva York al mandatario obradorista. Porque eso es lo que está en juego, la República espera de Sheinbaum una estrategia sofisticada.

Apelar solo al nacionalismo y a la soberanía, sin hacerse cargo de que toca a Rocha responder por acusaciones de hechos que son parte de una denuncia ante la OEA desde hace casi cinco años, es perder de vista al bosque a fin de salvar a un árbol que no pocos consideraban torcido sin remedio de tiempo atrás.

El dilema no es entregar o no a Rocha, sino defender a los defendibles, e investigar a los que tengan pendientes cuentas con la justicia para demostrar, dentro y fuera, que obradorismo no es sinónimo de impunidad, menos si se trata de gente que se haya vinculado con narcotraficantes. Si la mejor política exterior era la interior (AMLO dixit), enjuiciar a Rocha es defender a México.

Envolverse en la bandera de la agresión externa cerrando los ojos (una vez más) a agravios cometidos por gente como Rocha, pone a México en riesgo de ser ultrajado y de perder su calidad como un negociador soberano que no se deja someter a chantajes solo por no desprenderse de impresentables.

El momento demanda una presidencia con mucho más que un chato discurso soberanista, una que comprenda que no hay unidad nacional posible en defensa de Rubén Rocha y de demasiados como él.

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