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Claudia Sheinbaum
Tribuna
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Mi apoyo a Claudia Sheinbaum

En esta decisión tan importante para mí tiene un gran peso el conocimiento que ambos tenemos de nuestras trayectorias personales y los valores que nos comprometen en una relación solidaria y amistosa

Claudia Sheinbaum, el 7 de septiembre en Ciudad de México.
Claudia Sheinbaum, el 7 de septiembre en Ciudad de México.Marco Ugarte (AP)

Luego de mi integración al equipo plural que elaborará el plan de gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum, se produjeron distintas reacciones que, casi en su totalidad, había previsto. En un ambiente dominado por la polarización política, en el que incluso el odio y el encono se han sobrepuesto a la crítica y a la reflexión, era predecible que algunos actores y “analistas” que están claramente enlistados en el antilopezobradorismo descalificaran no solo mi decisión, sino mi persona y mi trayectoria.

Hay un nuevo Santo Oficio entre la élite intelectual y la élite mediática opositoras que ahora define quién es demócrata y quién no lo es; quién es congruente con sus principios y quién los traiciona. Es otra de las consecuencias de la estrategia de polarización del presidente de la República: no solo evidenciar lo peor del clasismo, el elitismo y la xenofobia que habita en un amplio sector de la sociedad mexicana, sino también consiguió que algunos de los medios y comunicadores, de los pocos realmente excepcionales en su compromiso ético, perdieran el equilibrio y los mínimos estándares del contrapunto, la réplica; logró que sus críticos se volvieran rabiosos, virulentos. Ahí hay poco que hacer, solo el día de la elección demostrará cuan alejados están de la realidad política y social que vive México.

Las reacciones del PRIAN y particularmente del maruduartismo en Chihuahua ―transversal a partidos―, solo ratificaron mi convicción del paso dado. Sin embargo, ha habido expresiones genuinas de incomprensión y sorpresa que me han pedido compartir mis razones, y cuándo se incubó la idea de sumarme al proyecto de la precandidata única de Morena a la Presidencia de la República.

De mi separación formal de Acción Nacional están los motivos explícitos en mi carta de renuncia del 8 de noviembre de este año, pero de ella extraigo una idea medular: ha sido un largo proceso de valoración y maduración, en el que no solo tiene que ver mi profunda decepción por la escalada hacia la peor época del partido, lo cual se confirma en la alianza con el PRI más corrupto de la historia; sino también porque mi pensamiento ha tenido una evolución hacia la integralidad de los derechos humanos, las causas sociales, y hacia la búsqueda de un sistema económico que favorezca a los que menos tienen y más han esperado. Tengo la convicción de que el gran reto a superar son las desigualdades, porque en ellas se germina el clasismo, la inseguridad, la corrupción, el desdén al prójimo, ese individualismo enajanante e insaciable que ha subordinado y pervertido a los poderes del Estado frente al poder económico.

He servido a mi país desde diferentes espacios para aportar y construir un Estado más fuerte, una nación más justa, y aunque lo más cómodo y sencillo hubiera sido permanecer al margen ―como varios me lo sugirieron―, y mantenerme solo en el emprendimiento que tanto me entusiasma, la Librería Sándor Márai y el potente centro cultural en el que se ha constituido, no estaba en mí jugar a la indiferencia o indefinición frente a lo que realmente está en juego en nuestro país: avanzar hacia el futuro con una apuesta para consolidar la transformación social y económica en marcha, fortalecer la democracia, las libertades, tratar de contribuir a reconciliar a la nación. La otra opción sería simplemente regresarnos al pasado para que los negociantes de la política que secuestraron a los partidos para su sobrevivencia recuperen privilegios, canonjías e impunidad, y sigan haciendo de las suyas. Esa regresión ha acontecido en mi tierra, Chihuahua, donde el PRIAN da más que una probada de su verdadera mezcla de intereses: la corrupción.

Por evitarme enemigos o temor a la inquina del linchamiento mediático, no iba a dejar de decir y hacer lo que pienso. A mí jamás se me ha dado la falsa cortesía, ni tampoco la incondicionalidad. A veces me producen vergüenza ajena las magnificaciones y las mentiras que cuentan amigos y conocidos en torno de López Obrador; la certeza con la que aseguran el absurdo de que regresará al poder, “a la mitad del Gobierno de Sheinbaum”, mediante la revocación del mandato. Antes aseguraban que se reelegiría; y mucho antes pronosticaban que destrozaría la economía. Dejé también de consentir el odio enfermizo hacia el presidente con el que resuelven no solo preferencias políticas, sino amistades y lealtades. Es que lo piensan en el día y lo sueñan por la noche.

En mi caso nunca he estado envenenando en contra de López Obrador. Sí hemos tenido diferencias, y en algún momento álgidas como con el tema del agua, pero también coincidencias, ambas están acreditadas. El método polarizador quizá ha sido mi gran desacuerdo, y algunas generalizaciones indebidas. Pero creo entender la etapa y el papel trascendental que le ha tocado jugar. Conocedor de la historia, del sistema político y de los enormes intereses económicos que siempre han conspirado contra él, no les dio la más mínima oportunidad de provocarle un descarrilamiento. Los mantuvo a raya.

Es innegable que logró derruir las estructuras que mantuvieron al viejo régimen y que le generaron a una élite económica y política ventajas indebidas y prebendas inadmisibles; la suya ha sido una etapa en la que se han hecho esfuerzos para revertir las medidas neoliberales de concentración de la riqueza y gobernar poniendo en primer lugar a las personas más excluidas del poder, del saber y del tener.

Solo en la mezquindad se puede dejar de reconocer los indiscutibles logros sociales y económicos del Gobierno del presidente López Obrador. La reforma laboral y la reivindicación de la clase trabajadora. Como en ninguna otra época de México se ha recuperado el poder adquisitivo del salario mínimo llevándolo en 5 años al doble en términos reales.

Estoy convencido de que así como hay avances indiscutibles en la 4T, también hay déficits y limitaciones que la llaman obligadamente a tener un cauce de mejora y perfeccionamiento.

Ese cauce es Claudia Sheinbaum. Estoy convencido de ello, por eso acepté su invitación para integrarme al equipo de trabajo que elaborará su plan de Gobierno. Concretamente, para el diseño de un modelo de política pública que garantice un gobierno honesto, que combata la corrupción y la impunidad, como eje esencial del fortalecimiento democrático y la gobernabilidad.

Acepté, consciente de lo que la decisión implica, porque las grandes causas nos unen, y estoy convencido de que con ella se abre una nueva etapa en la que habrá la posibilidad de mejorar los métodos, concretar los grandes objetivos que no se han logrado e iniciar una nueva dinámica de entendimiento político e inclusión, que restablezca el diálogo en la pluralidad y, con ella, afrontar los enormes retos.

Además, considero que la particular invitación a integrar una propuesta en materia anticorrupción toca una de las asignaturas que más trabajo y voluntad política requieren para lograr erradicar el cáncer de la corrupción. Porque no basta con que el presidente de la República sea una persona honesta, ha resultado claro que el ejemplo de una conducta personal no es suficiente; necesitamos diseñar y construir un gran pacto social, político y económico que establezca, de una vez por todas, un compromiso de la Nación con el Estado de Derecho y combate efectivos a la corrupción y a la impunidad. Desde una perspectiva de derechos se trata de garantizar a los ciudadanos una buena administración pública y un ambiente libre de corrupción.

Además, su planteamiento me honra, porque en el fondo se trata de un reconocimiento al esfuerzo y a la lucha colectiva que llevamos a cabo desde el Gobierno del Estado de Chihuahua y aún antes, junto con la sociedad civil, en contra de la corrupción y la impunidad, marcados por el latrocinio en la gestión de César Duarte y sus cómplices en el PRI, en el PAN y en el Gobierno de Enrique Peña Nieto.

La invitación de Claudia Sheinbaum la entiendo como una señal inequívoca de su compromiso para atender una realidad que es transversal a partidos, poderes y niveles de Gobierno, que se extiende a amplios ámbitos de la vida social y económica del país, pero también como el signo de una apertura para construir libremente un proyecto de gobierno plural, pensado desde ahora en un gobierno para todas y todos los mexicanos, incluso para quienes no militamos en Morena.

En esta decisión tan importante para mí tiene un gran peso el conocimiento que ambos tenemos de nuestras trayectorias personales y los valores que nos comprometen en una relación solidaria, amistosa y dentro de un diálogo franco, clarificador y en muchos sentidos esperanzador. Nuestra comunicación se intensificó los dos últimos años en los que he podido conocerla de manera más cercana. Si algo ha influido decisivamente es la reafirmación de que se trata de una mujer honesta, inteligente, austera, congruente y sensata. En las democracias se toman decisiones con base en los principios que defendemos, en las luchas que damos y con la información que disponemos.

Creo en su proyecto y creo que es el único, de los que hoy se presentan, que tiene posibilidades de conducir a este país por la vía de la democracia, la justicia social, la honestidad y el buen gobierno, sobre todo si, como he comprobado, la dra. Claudia Sheinbaum escucha y se abre a la colaboración y el aporte de diversas fuerzas sociales y opiniones discrepantes.

Su trayectoria personal, su perfil eminentemente universitario, técnico y una impresionante preparación intelectual, científica y académica, me generan la certidumbre de que no solo estará abierta al tiempo y al cambio, sino que con sensibilidad social y racionalidad política podrá construir una nueva etapa dentro de la transformación que hoy vive México. Una nueva etapa de diálogo, fortalecimiento democrático y soluciones profundas para atender las carencias y desigualdades sociales.

Ella ha postulado la idea de construir un segundo piso de la 4T. Estoy cierto que manteniendo las bases del primero, sabrá darle su impronta a la etapa siguiente. Se equivocan quienes la interpretan o buscan proyectarla como extensión del presidente López Obrador, reduciéndola a una simple correa de transmisión del poder. Por supuesto que será la mejor continuadora de la obra de cimentación, pero será con cambios; corriéndose más al centro y entendiendo que lo que sigue requerirá de concordia y negociación. Esa es mi apuesta y mi esperanza, el tiempo lo dirá.

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