ESTAR SIN ESTAR
Columna
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La mano de Dios

Paolo Sorrentino ha cuajado en la película ‘Fue la mano de Dios’ un hermoso mural de personajes de un Cuévano italiano, ibargüengoitescos y surrealistas en una hermosa escenografía de los propios recuerdos del cineasta

Ilustración de Jorge F. Hernández.
Ilustración de Jorge F. Hernández.

Fue un engaño, un trampantojo… un golazo en la era sin VAR. El Diego engañó al árbitro y a una mitad del mundo, la que no usa la eñe porque entre latinos, ítalos y no pocos pibes el gol con la mano fue una venganza, una rara forma de humillar al otrora imperio de la razón con la sinrazón de una trampa y luego, lo enmendó con el gol del siglo: esa zancada con la que dribló a todos los ingleses, cuatro compañeros argentinos, tres árbitros, cien vendedores de cerveza y ciento veinte mil aficionados en las tribunas. Y eso es el arte, o por lo menos el cine.

El cine es un trampantojo que ha perfeccionado un bambino llamado Paolo Sorrentino. Celebro todas sus letras, sus locas ideas, sus largometrajes inolvidables y cada cuadro de su cinematografía que parecen pintados al óleo. Sorrentino dribla las emociones y esquiva los fallos, sincroniza la música del alma con un attimo de pasión en cada silencio y luego de embelesar al mundo con una ciudad que creíamos conocer de memoria o hundirnos en una pileta con el agua a la cintura, codo con codo con Michael Caine y Harvey Keitel, Sorrentino inunda la vista con la belleza desnuda. Así de simple.

Es muy difícil elogiar la más reciente película de Sorrentino sin revelar —ni por equivocación— las muchas sorpresas que depara. Me concentro en los detalles que se mezclan en la saliva y que empiezan por afirmar que quien no conoce Nápoles tienen toda la vida para intentarlo y quien no entiende la intensa epifanía de cuándo descendió Maradona de los cielos para encarnarse en un balón italiano, pues también tiene toda la vida para intentarlo (incluso sin lastimar la corona O Rei Pelé).

Paolo Sorrentino ha cuajado en Fue la mano de Dios un hermoso mural de personajes de un Cuévano italiano, ibargüengoitescos y surrealistas gordos y curiosos comelones, gordas de lonjas en las ingles y malhablados espectros en una hermosa escenografía de los propios recuerdos del cineasta. No exenta de la tragedia que no revelaré, la película es un homenaje al amor y a los afectos, a las tiernas y terribles mentiras que se esconden tras los telones de las formas tradicionales, la familia como estatuas, el queso a mordidas. Es un canto a la vespa donde llevas a tus padres en andas y a las lanchas rápidas del contrabando que susurran sobre las olas cuando van a 200 km/hora; es la sensualidad de una musa en un psiquiátrico y las infidelidades consentidas de un padre entrañable y de una madre bromista, las tribulaciones y pendencias de un joven a punto de volverse hombre con ganas de conquistar las siete colinas y el mundo entero.

Sorrentino ha cuajado un gol con la mano diestra, con cada una de las yemas de sus dedos con los que ha interpretado una sonata dolorosamente feliz, como atardecer mediterráneo o el amanecer en un estadio vacío. Paolo es grosso y una vez lograda la trampa entrañable de este biombo autobiográfico no me queda la menor duda de que habrá de seguir driblando sobre la pantalla grande, gambeteando al mundo entero —a Hollywood de paso, y a Netflix como alternativa—con la gracia despeinada de su memoria y la imaginación desatada entre esas gambas con las que corre sobre el césped de la irrealidad… cosido el balón de su arte a la bota del lente, que a veces cede su lugar a la mirada o a la mirilla por donde ya todos vemos al mundo.

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