Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

200 años de una nación inventada

Las pinturas de la época presentaron la entrada del ejército trigarante a Ciudad de México como glorioso pero la realidad era algo diferente

Desfile militar del 16 de septiembre en Ciudad de México.
Desfile militar del 16 de septiembre en Ciudad de México.José Méndez (EFE)

Se cumplen doscientos años de la entrada de Agustín de Iturbide en la Ciudad de México, un acontecimiento conocido como “la consumación de la independencia”. Por supuesto, este nombre es producto de una interpretación, según la cual lo ocurrido en septiembre de 1821 es el cumplimiento de lo proyectado por Miguel Hidalgo once años antes.

Las pinturas de la época presentaron ese hecho como glorioso, con bizarros oficiales siendo aclamados por personas elegantes al cruzar un arco de triunfo que les daba entrada a la hermosa Ciudad de México. Con ello, el país quedaba liberado. La realidad era algo diferente.

Desde julio ya no había presencia de autoridades españolas en el territorio, salvo dos puertos, una ciudad y uno que otro paraje. Las fuerzas al mando del brigadier madrileño Francisco Novella salieron de la Ciudad de México a mediados de septiembre, mientras que Veracruz continuó en manos de tropas españolas por varias semanas más.

En la capital, la mayoría de quienes vieron al ejército desfilar era gente pobre y desarrapada que había soportado la carestía y las epidemias durante más de diez años de guerra civil. La ciudad era imponente, pero llena de canales malolientes y todavía con las fracturas ocasionadas por el terremoto de Santa Mónica de 1820 y el más reciente sismo de julio de 1821. Para colmo, las tropas del ejército imperial mexicano entraron en la capital desde el 24 de septiembre y no iban tan elegantes. Una cancioncilla las describía así: “Soy soldado de Iturbide / visto las tres garantías / hago las guardias descalzo / y ayuno todos los días”.

Nombrar los sucesos del pasado es dotarlos de un significado que muy probablemente no tuvieron en su momento. Los “hechos históricos” suelen ser acontecimientos a los que otorgamos un sentido al ubicarlos en un gran relato, una interpretación, y muchas veces ni siquiera somos conscientes de cómo se fue construyendo.

Así, suponemos que hace dos siglos México “consumó” su independencia. No nos percatamos de que lo que en realidad sucedió fue la caída de la monarquía española en una enorme región en el norte del continente americano. El establecimiento de un nuevo y frágil Estado ocurrió cuando, el 28 de septiembre de 1821, un grupo de señores nacidos en Cuenca, Alicante, Santander, el País Vasco, Caracas, Buenos Aires y, la mayoría, en las provincias de Nueva España, asumieron que ellos eran los representantes del “imperio mexicano” y declararon su independencia.

Esos nuevos mexicanos afirmaron que representaban a la “nación mexicana”, aunque nadie los eligió ni quedaba claro cuál era su territorio. Afirmaron también que dicha nación había estado dominada por otra (la española, sin importar que todos ellos fueron bautizados como “españoles”) durante justo trescientos años, si bien la mayor parte del territorio de Nueva España fue sometido al gobierno metropolitano en años posteriores a 1521 y algunos (como el oriente de Yucatán) nunca lo fueron.

Lo que estaban haciendo aquellos hombres era ajustar los acontecimientos a un gran relato, un relato inventado antes por otros españoles. Para empezar, asumieron que la “Conquista de México” ocurrió el 21 de agosto de 1521, cuando en realidad ese día solo fue derrotado un altépetl, ciertamente importante, pero no más que otras organizaciones políticas mesoamericanas, como la purépecha.

Quien procuró mostrar ese acontecimiento como la caída de un “imperio” fue Hernán Cortés, un aventurero extremeño perseguido por las autoridades españolas de Cuba. Su objetivo era escapar de la justicia y, por supuesto, obtener privilegios, recursos naturales y mano de obra para explotarlos.

En 1770, el arzobispo de México publicó las cartas que escribió Hernán Cortés y lo presentó como un héroe, al servicio de la religión, la patria y el rey, conquistador del “imperio mexicano” (“imperio mexica” se diría ahora) y fundador de Nueva España. Fue así como la interpretación de que el virreinato nació en 1521 (aunque el primer virrey gobernó a partir de 1535) se consolidó.

Cuando los señores que decidieron dejar de ser españoles en septiembre de 1821 fundaron un nuevo Estado, asumieron como verdadera la narrativa española: afirmaron que el imperio mexicano era una nación conquistada justo trescientos años antes y finalmente liberada por “un genio superior a toda admiración y elogio”.

Poco después, ese genio, Agustín de Iturbide, fue derrocado y fusilado, pero quienes a partir de ese momento dieron forma republicana al Estado mexicano recurrieron a la misma retórica que imaginaba a la nación como algo que existía desde antes de la llegada de los españoles. México, como afirmaba el título del relato más importante del liberalismo, pasaba a través de los siglos.

Todos estos relatos han sido recuperados y resignificados, independientemente de lo que ocurrió en los momentos del pasado que se busca resaltar y conmemorar.

El 27 de septiembre de 1821 no fue un día singular en Culiacán, ni en Mérida ni en Durango, ni en la mayor parte del territorio del nuevo país. Con certeza, las personas que vivían allí coincidían con el regiomontano Servando Teresa de Mier, quien, como diputado en el Congreso nacional, afirmó ante el pleno: “no soy mexicano”.

En realidad, el 28 de septiembre de 1821 surgió un Estado y el Estado se ha encargado de celebrar su fundación, como si fuera parte de la secular historia de una nación que, en ese momento, no existía en realidad, y apenas empezaba a construirse. Por eso ha recuperado y resignificado relatos sobre el pasado, que impone a través de monumentos, libros de texto, planes de estudio, discursos y festividades.

Quienes nos dedicamos a la investigación histórica sabemos que todos los relatos sobre el pasado son también construcciones históricas, invenciones. Sabemos que suelen simplificar la realidad, reducirla a la competencia entre dos opciones, la buena y la mala. Nuestro deber es mostrarlo y ofrecer al público una mirada más compleja de los procesos históricos. Confiamos en que, si podemos dar cuenta de que sus muchas contradicciones, sinsentido y divergencias, tal vez contribuyamos a construir una ciudadanía más crítica, capaz de analizar el presente también de una manera compleja, lejos del maniqueísmo y de la simplificación.

Alfredo Ávila es historiador e investigador en la UNAM.

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