Tribuna
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La prueba del doctor Gatell

Si no queremos convertirnos en un obsceno moridero a ojos del mundo, ha llegado la hora de que nuestro epidemiólogo estrella tenga la humildad de reconocer sus errores

Hugo López-Gatell, junto al presidente Andrés Manuel López Obrador, comparece ante los medios, en mayo.
Hugo López-Gatell, junto al presidente Andrés Manuel López Obrador, comparece ante los medios, en mayo.José Méndez (EFE)

Brillante, amable, profesoral. Demagógico, verboso, condescendiente. Sagaz, elegante, sensible. Tramposo, sibilino, terco. Agudo, chispeante, docto. Soberbio, insensible, sumiso. Al doctor Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, responsable de la respuesta mexicana a la pandemia de la covid-19 y vocero del Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre el tema, le fascinan los sinónimos. En cada una de las decenas de conferencias de prensa en que ha participado desde que inició la emergencia, ha enhebrado un sinfín de adjetivos que buscan matizar sus respuestas, otorgarles una pátina literaria frente a las preguntas —y el acoso sistemático— de los reporteros.

A su vez, a López-Gatell la prensa y las redes sociales le han endilgado todos los calificativos que se enlistan al inicio de este artículo, y muchos otros: para la mitad del país, sobre todo los seguidores de la cuarta transformación, no solo es un experto infalible, sino un sabio, casi una figura de culto —como lo han dibujado los memes que lo comparan con Jesucristo—, en tanto para la otra mitad, en especial los enemigos de la 4T, es un fantoche ambicioso, plegado al poder, que no merece credibilidad alguna. Si el SARS-CoV-2 ha significado el ascenso del biopoder, confiriéndoles a los epidemiólogos en jefe de cada país estaturas públicas inéditas, el mexicano se ha convertido sin duda en el más visible de sus colegas.

Desde que, replicando el modelo que implantó en la Ciudad de México y recuperó como presidente de la República, López Obrador le dio la instrucción el 28 de febrero de organizar una conferencia de prensa diaria —incluidos sábados y domingos—, López-Gatell no tardó en convertirse en un ídolo de masas para poco a poco ir concitando un alud de críticas y dudas en torno a su estrategia de salud —y de comunicación— y, al cabo, el encono reconcentrado de sus detractores. Aunque el presidente le ha ordenado lo mismo a otros funcionarios, ninguno se ha convertido como él en una figura pop —y carne de revistas people—, retratado de mil maneras, elogiado y ridiculizado y, a últimas fechas, transformado incluso en piñata, honor reservado a muy pocos.

La explicación de su fama es sencilla: pocos funcionarios públicos poseen la avezada retórica y los suaves modales del doctor López-Gatell. Incluso quienes lo detestan reconocen su temple y su paciencia, su afabilidad y su innegable dominio del tema —y de la escena—, que supera a la mayor parte de los periodistas que lo acompañan día con día en el gélido salón Tesorería de Palacio Nacional. La idea de exponerlo así, sin descanso, parecía una gran táctica comunicativa: una muestra de transparencia y sensibilidad al otorgarle un horario prime time al coronavirus.

Durante las primeras semanas, el éxito fue absoluto, con ratings que opacaban no solo los de su jefe, sino los de varios programas de entretenimiento. El desgaste —paralelo al de la población— ha sido, sin embargo, irremediable. Primero, por los datos y declaraciones contradictorios que ha acumulado; luego, por las dudas en torno a las cifras reportadas de contagios y muertes —que ningún país ha logrado establecer con certeza— y, en fin, por su incapacidad para reconocer sus yerros y cambiar de tácticas cuando ha sido necesario.

Igual que otros epidemiólogos en el planeta, López-Gatell ha tenido que convivir con un líder que durante largas semanas desestimó la severidad de la pandemia; que afirma, engañosamente, que hoy se encuentra controlada; y que una y otra vez se ha apresurado a romper las medidas de distancia social, pero que no ha querido —como Anthony Fauci con Donald Trump— optar por la ciencia frente a su dependencia ideológica del presidente. Desde que afirmó que la fuerza moral de López Obrador lo protegía de los contagios, se volvió claro que sería incapaz de oponérsele.

Durante semanas resultó tranquilizador escuchar a un funcionario sereno e informado contestar una y otra vez las mismas preguntas, así fueran absurdas o reiterativas, hacer guiños a la igualdad de género o agradecer el trabajo de médicos, enfermeras e incluso de la traductora al lenguaje de señas, así como escuchar las luminosas conferencias que empezó a impartir sobre un sinfín de asuntos aprovechando su espacio estelar de siete a ocho de la tarde, pero, conforme fue avanzando la pandemia y la realidad empezó a contradecir sus expectativas, su estilo se ha vuelto más acartonado e impositivo, cada vez más a la defensiva. Es evidente que el doctor López-Gatell está cansado, igual que nosotros.

Durante los peores años de la guerra contra el narco, en el oscuro sexenio de Felipe Calderón, una de nuestras más dolorosas experiencias consistía en atestiguar el diario recuento de los muertos: un reloj macabro que marcaba el fracaso de su estrategia contra el crimen organizado. Al cabo de 14 años, esa cifra se eleva a 250.000 muertes. No deja de resultar paradójico que hoy otra vez los mexicanos nos enfrentemos a un espectáculo tan aciago como aquel: la suma de las muertes derivadas de la pandemia. Y es que, después de tantas y tantas jornadas admirando la elocuencia del doctor López-Gatell, al final esas cifras serán lo único que nos quede.

La única forma objetiva de evaluar la eficacia de la estrategia mexicana frente a la covid-19 radica en evaluar ese número, producto de las decisiones tomadas tanto por López Obrador como por López-Gatell. En las próximas semanas, ese número rebasará los de España y Francia, y acaso también el de Italia, colocándonos como el cuarto país del mundo con más muertes reportadas a causa de la pandemia —y eso sin contar los subregistros—. Países más poblados, más pobres o más ricos no han llegado a ese nivel. Esta es la medida de nuestro fracaso: ocupar un sitio solo después de Estados Unidos, Brasil y Gran Bretaña. Quizás no sea coincidencia que nos alineemos con ellos: los gobernantes de todos estos países, igual que el nuestro, fueron quienes más tardaron en aceptar la magnitud de la tragedia y quienes han tomado medidas más contradictorias para afrontarla.

Es evidente que algo ha fallado. Poco se puede hacer ya para cambiar la historia, pero queda margen para rectificar. Algunas lecciones globales de estos infaustos meses de pandemia son claras: imponer el uso de cubrebocas o caretas en lugares públicos, aumentar drásticamente el número de pruebas y el rastreo de contactos. Justo tres cosas que, siempre alegando criterios técnicos —la palabra favorita de los tecnócratas que López Obrador tanto detesta—, López-Gatell ha desestimado una y otra vez. Si no queremos superar también a Gran Bretaña y convertirnos en un obsceno moridero a ojos del mundo, ha llegado la hora de que nuestro epidemiólogo estrella tenga la humildad de reconocer, como su colega sueco, sus errores. Esta será su mayor prueba.

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