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Una bala en la cabeza, 16 cartuchos y 24 horas muerto: el final de El Chueco en Sinaloa

López Obrador confirma que el cadáver hallado en Choix es el de José Noriel Portillo Gil, presunto asesino de dos sacerdotes jesuitas, un guía turístico y otro hombre en la Sierra Tarahumara

Alejandro Santos Cid
Imagen de José Noriel Portillo Gil, alias 'El Chueco', difundida por la Sedena en 2022
Imagen de José Noriel Portillo Gil, alias 'El Chueco', difundida por la Sedena en 2022.SEDENA

El cuerpo tenía el agujero de un balazo en la cabeza y un rastro de 16 cartuchos de munición gastados a su alrededor. Cuando algún vecino dio por fin la voz de alarma a la policía, el cadáver llevaba ya 24 horas abandonado sobre el polvo de un camino entre las aldeas de El Chinal y Picachos, en lo alto de la sierra de Choix. Tenía indicios de llevar muerto ya un tiempo. El hallazgo podría no haber ido a más: otra víctima en Sinaloa, un Estado históricamente castigado por la violencia, tierra caliente para los carteles de la droga que se disputan el control de México. Pero sus rasgos recordaban a los de un hombre al que las autoridades tratan de dar caza, sobre cuya cabeza pesa una recompensa del Gobierno de cinco millones de pesos: José Noriel Portillo Gil, alias El Chueco. Y los rumores comenzaron a extenderse por todo el país. El presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, ha confirmado este jueves que los restos humanos son los del criminal.

El nombre de El Chueco se volvió familiar entre la población el pasado junio. El criminal, un jefe de plaza de Gente Nueva, considerado como el brazo armado del Cartel de Sinaloa en Chihuahua, desató 24 horas de plomo y terror en el corazón de la Sierra Tarahumara. El saldo final fue el asesinato a sangre fría de dos sacerdotes jesuitas, Javier Campos Morales (78 años) y Joaquín Mora (80); un guía turístico de la zona, Pedro Palma (60), y otro hombre, Paul Osvaldo.

Nadie oyó el disparo en las montañas de Choix. No hubo denuncias por tiroteos. No se sabe si el muerto fue asesinado allí o si el crimen sucedió en otro lugar y su cadáver fue luego abandonado en aquel camino. La Compañía de Jesús, la organización religiosa a la que pertenecían los dos sacerdotes, ha asegurado en un comunicado: “Su aparición sin vida de ninguna manera puede considerarse como un triunfo de la justicia ni como una solución al problema estructural de violencia en la sierra Tarahumara. Por el contrario, la ausencia de un proceso legal conforme a derecho con relación a los homicidios implicaría un fracaso del Estado mexicano frente a sus deberes básicos y confirmaría que en la región las autoridades no detentan el control territorial”.

Un partido de béisbol y 24 horas de terror

La búsqueda de El Chueco venía de antes. Todo comenzó con un partido de béisbol el 19 de junio de 2022 en Cerocahui, un idílico pueblo enclaustrado entre el inmenso verde de las montañas tarahumaras, pero bajo el férreo control del narco local. El equipo financiado por El Chueco perdió su partido aquel domingo. El criminal, un cacique de la zona que hacía y deshacía a su gusto, no pudo asumir la derrota. El día siguiente, irrumpió con sus hombres en casa de dos de los jugadores del equipo contrario, los hermanos Paul Osvaldo y Jesús Armando Berrelleza Rábago. Abrió fuego contra el primero, secuestró al segundo e incendió la casa. No aparecieron hasta 18 días después. Jesús Armando estaba vivo. De Paul Osvaldo ya solo pudieron recoger su cadáver, arrojado en un ejido de la comunidad.

Otra mujer y su hijo desaparecieron para ser encontrados con vida después. Para El Chueco no fue suficiente. Ese mismo día, Pedro Palma, que trabajaba como guía turístico de la región desde hacía más de 40 años, comía con un grupo de clientes en el lujoso hotel Misión Cerocahui. El Chueco apareció e “interactuó” con él, según testigos presenciales. Nunca se llegó a conocer el contenido de la conversación, pero después de esa charla, el criminal ordenó el secuestro de Palma.

El hombre, herido y golpeado, consiguió escapar y pidió refugio en la iglesia del pueblo a los sacerdotes, Campos y Mora. Los jesuitas corrieron a socorrerle. Los sicarios de El Chueco acribillaron a los tres allí mismo, en el interior del templo. Arrastraron los cuerpos hasta una camioneta y huyeron de allí. Los cadáveres aparecieron al día siguiente y despertaron la indignación de todo el país. La rabia alcanzó incluso a El Vaticano. “Expreso mi dolor y tristeza por el asesinato del otro día de dos religiosos, hermanos míos jesuitas, y un laico. ¡Cuántos asesinatos en México!”, lamentó el Papa Francisco. Campos llevaba casi 50 años viviendo en la Sierra Tarahumara. Mora, 23.

Cuatro muertos en 24 horas a las espaldas de El Chueco. Se convirtió en un asunto de Estado: intervino el Ejército; se estrechó el cerco sobre el criminal; las autoridades decomisaron droga, armamento y arrestaron a varios miembros de su familia. Según la filtración masiva de documentos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), los militares tenían conocimiento desde dos años atrás de los movimientos del capo: alianzas con el Cartel de Sinaloa, las rutas de tráfico de droga que utilizaba y el régimen de terror que impuso a la población civil de la zona. Formaba parte de una lista de objetivos prioritarios de su aparato de inteligencia, que, sin embargo, no intervino hasta el asesinato de los jesuitas, lo que encendió la indignación de la comunidad religiosa por la pasividad del Gobierno ante un crimen que podría haberse evitado.

El currículum criminal de El Chueco ya contaba con el asesinato del profesor estadounidense Patrick Braxton-Andrews, al que acribilló después de confundirlo con un agente de la DEA (Agencia Antidrogas de Estados Unidos) en octubre de 2018. Nunca fue detenido y a la lista se sumaron más, como el secuestro y homicidio del activista Cruz Soto Caraveo en 2019, del que también es sospechoso. Ahora, su final ha llegado de la misma manera que él mataba. Un cuerpo abatido a sangre fría y abandonado por los caminos perdidos de la sierra.

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Alejandro Santos Cid
Reportero en El País México desde 2021. Es licenciado en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Madrid y máster por la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS. Cubre la actualidad mexicana con especial interés por temas migratorios, derechos humanos, violencia política y cultura.

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