La sequía que abrasa México, una tragedia predecible y devastadora

La falta de lluvias, la transformación del suelo y la mala gestión del agua condenan al país a repetir la agonía de temporadas extremadamente secas cada década con sus consecuencias sociales y económicas

La sequía que abrasa México,
una tragedia predecible y devastadora

Ciudad de México / Veracruz / Michoacán - 24 abr 2021 - 23:03 UTC

La sequía que azota México es un fenómeno recurrente que con cada visita deja una estela de emergencias y daños. El 84% del territorio sufre sequía en diferentes intensidades, agravada por la falta de lluvias de los últimos meses, según se desprende del Monitor, el organismo de Conagua que la vigila. Pese a que estaba previsto y la evolución histórica del clima en el país lo contemplaba, la sequía sorprendió a Ermenegildo Martínez, un pescador de Veracruz que ha visto como en los últimos ocho meses la laguna donde pescaba se ha secado. “Medía 13 metros de profundidad y ahora apenas le quedan 10 centímetros, en menos de una semana la habremos perdido del todo”, describe. A 1.300 kilómetros de allí, en Sinaloa, el agricultor Gumaro López se contagia del pesar del pescador. Al igual que Martínez tendrá pérdidas en su producción y alerta de que subirán los precios. Ya pasó en 2011 y 1996, los otros dos episodios de sequía extrema que golpearon a México y de los que, ha quedado claro, no se ha aprendido lo suficiente.

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La localización y su clima hacen a México especialmente vulnerable de tener épocas de escasez de lluvias y épocas húmedas. Sobrevivir a la temporada seca depende de la cantidad de agua que consiga acumular los meses que llueve. Durante 2020, las precipitaciones no consiguieron abastecer del todo al conjunto de presas del sistema y ahora, en consecuencia, de las 210 presas más importantes de México, más de la mitad están por debajo del 50% de su capacidad. Además, 61 de ellas están en estado crítico con menos de un 25% de agua, especialmente en el norte y centro del país.

Pese a que la históricamente seca región mexicana está acostumbrada a sufrir las sequías extremas —el 60% del territorio— en Veracruz este año el fenómeno también ha dejado escenarios terroríficos. Ermenegildo Martínez lleva más de 20 años siendo pescador y solía trabajar en la laguna del Farallón, una reserva de agua dulce que alimentaba a 200 familias que vivían de la pesca. Hace ocho meses comenzaron a notar que el descenso del nivel del agua era cada vez más acentuado hasta que ni siquiera quedó lo suficiente como para cubrir las rodillas de los pescadores. “La sequía está muy fuerte, y se le suma que a la laguna le saqueaban el agua para el uso de los ganaderos y el riego de los ranchos de la zona”, lamenta Martínez, quien antaño conseguía sacar cinco kilos de mojarra que le dejaba 250 pesos al día.

Martínez había visto descender el nivel de la laguna en otras ocasiones, especialmente en las “temporadas de secas” que ocurren de septiembre a mayo. La última gran sequía del 2011 provocó una hambruna y una emergencia humanitaria en el Estado de Chihuahua. Entonces, el 95% del país estaba afectado por el fenómeno y casi un cuarto del territorio padecía el más alto nivel: sequía excepcional. Los números más recientes se acercan peligrosamente con un 83,9% de México en sequía.

En el municipio de Ecatepec, Estado de Mexico, Flavio Roblero acude dos veces a la semana con sus garrafones vacíos hasta un cruce de calles con una toma abierta, lo llena y regresa a su casa.Foto | Video: Teresa de Miguel

Benjamín Martínez López, investigador del Centro de la Atmósfera de la UNAM, explica que lo mucho que llueve o deja de llover así como la duración de las sequías, depende de un complejo sistema atmosférico y la relación entre el fenómeno del Niño y la Niña. Cuando el agua que superficial del Pacífico oriental —la que envuelve las costas de México— se enfría no hay lluvias en el continente, como ocurre ahora mismo. Este fenómeno se conoce como Niña. Tendremos que esperar a que las masas de agua caliente de Indonesia se desplacen hasta llegar al otro lado del océano, calienten la superficie de las costas y con el agua evaporada se formen las lluvias y los huracanes. “Ahora mismo la Niña está remitiendo y en las próximas semanas la superficie del agua se calentará y empezará a llover”, detalla.

Este fenómeno cíclico condiciona en el calendario cuándo llegarán las temporadas húmedas y secas y cuánto durarán. López añade que dentro de estas variaciones hay tendencias de épocas menos lluviosas o más secas que pueden durar hasta 15 años, y que, pese a las sequías que sufre México, ahora las lluvias de media van al alza en comparación a hace 20 años. En 1996, la peor de las sequías registradas provocó incalculables pérdidas en los cultivos, hasta el punto que se paralizaron las exportaciones y los ganaderos malvendieron su ganado para que no falleciera de hambre. Desde entonces, la cantidad de agua que ha llovido ha ido en aumento. “El cambio climático está propiciando que se generen más Niñas, lo que se traduce en más huracanes y más lluvias en la región”, puntualiza. Por lo tanto, el agua que llueve sobre México debería ser suficiente, el problema está en otros factores.

José Antonio Benjamín Ordoñez-Díaz, profesor del Instituto Tecnológico de Monterrey, señala que las sequías siempre han estado ahí, pero la acción del hombre ha agravado sus consecuencias y empeorado la disponibilidad del agua. La deforestación, la extensión de las superficies urbanizadas y la transformación de terrenos como bosques o humedales en campos, han dificultado la capacidad de retención de agua. “Cuando cortas un árbol, te estás llevando la mitad de su peso en agua que tenía ese ecosistema”, señala para explicar que sin vegetación, el agua no se infiltra en los suelos y se evapora más rápido. Con el aumento de las temperaturas de los últimos años (en 1985 la temperatura media anual era de 20,4 grados, en 2019 fue de 22,4), el fenómeno se acelera. En consecuencia, los suelos se secan más rápido y se desatan los incendios que arrasan con la vegetación y la biodiversidad.

El uso que se hace del agua en México —donde el 76,6% se destina a al riego agrícola, el 14% a consumo doméstico y el resto a industria y electricidad— tampoco favorece que se sostenga en el tiempo el acceso a este recurso. Judith Domínguez, investigadora del Colegio de México y coordinadora del Observatorio de Seguridad Hídrica apunta a la gestión pública del recurso como otro importante factor. “Estamos mejor preparados con información, pero al final todo está sujeto a decisiones políticas y espontáneas cuando tendrían que ser decisiones preventivas con criterios técnicos”, señala. “Si sabemos que cíclicamente tenemos una sequía, deberíamos cambiar cultivos. Por ejemplo, en Estados muy secos del norte se cultiva alfalfa que requiere muchísima agua”, denuncia la investigadora. En adición, propone que si se prevé con varios meses de anticipación una sequía, se podría cambiar el uso del agua doméstico y agrícola para reducir su consumo. “Al final, se confirma lo que dicen los informes internacionales sobre la crisis del agua: es una crisis de gestión y gobernanza”, finaliza.

La laguna del Farallón, con su suelo agrietado y color marrón que ha florecido como en otras lagunas del país, es un gráfico ejemplo de ello. En la década de los cuarenta, había escasez de agua como ahora, pero al menos conseguía alimentarse del agua de los arroyos que bajaban por los cerros. Sin embargo, el Huracán Hilda de 1955 la volvió a llenar hasta sus topes y gracias a eso se pudo mantener en buenos niveles con los años. Sin embargo, la sobreexplotación agrícola de la caña de azúcar sustituyó a la agricultura de temporada, la tala de la vegetación de los cerros secó los arroyos y el cemento de la urbanización invadió el terreno. En consecuencia, la laguna fue perdiendo sus fuentes de abastecimiento y ahora es un espejo de apenas diez centímetros de profundidad. Martínez asegura que esa agua se evaporará en siete días y que no se podrá recuperar. “Qué vamos a hacer es en lo que nos ponemos a pensar ahora que no tenemos dónde pescar”, expresa el pescador.

Vista de la isla en la parte central de la laguna de Cuitzeo, Michoacán

En el norte de México, la tragedia se repite. Gumaro López Cuadras cultiva maíz y frijol desde hace 40 años en el valle del Évora, en el centro del Estado de Sinaloa. Cuando se notificó que los niveles de las presas habían bajado drásticamente, llegando de media al 18,23% de su capacidad el pasado 15 de abril, implantó un sistema de riego que reduce el flujo de agua que le lleva a su campo a la mitad para al menos rescatar su cosecha de legumbres, un producto que crece bien sin humedad. “Ojalá que llueva porque la estamos batallando”, expresa. “Los cultivos de baja demanda de agua no son rentables para el agricultor, pero solo para no dejar las parcelas sin siembra las plantamos”, añade López.

Los ganaderos también son víctimas directas de la sequía. Joaquín Arizpe, presidente de la Unión Ganadera Regional de Coahuila, narra que ya se han notificado muertes de vacas por hambruna, como ocurrió en 1996 y 2011. Cuando no llueve, los ganaderos no pueden plantar follaje para alimentar a sus vacas y deben sustituir su dieta con un suplemento de proteínas. También deben hacerlas caminar más kilómetros para llegar a los arroyos o directamente subirlas a camiones para llevarlas a beber. Con las presas casi vacías, los costos aumentan, y en los peores casos las reces acaban muriendo por inanición.

El pescador Mariano Tribuna observa el deterioro en la laguna Farallón en Veracruz.
El pescador Mariano Tribuna observa el deterioro en la laguna Farallón en Veracruz.Hector Guerrero

La falta de investigación para poder desarrollar tecnología y planes de prevención que eviten la falta de agua en las presas es una de las principales razones por las que México vive condenada a repetir su historia, según el investigador Martínez López. “Es fundamental entender cómo funciona nuestro sistema de agua para simular escenarios y prepáranos en caso de una época seca”, subraya. Para López, el agua que llueve en México debería ser suficiente si se almacenara bien para evitar pérdidas en las deterioradas infraestructuras. También si se distinguiera entre aguas grises y negras, para depurar las primeras y reintroducirlas en el ciclo para uso agrícola. “La ciencia es una inversión, pero acaba pagando y lo devuelve a la sociedad”, sentencia.

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