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Ormuz, la isla que da nombre al estrecho, ante el bloqueo: “Todo ha colapsado”

La población de la zona, dependiente del turismo y de la pesca, sufre el hundimiento de su economía y una parte huye a otras zonas de Irán

Barcos de carga iraníes en el estrecho de Ormuz, la semana pasada.Stringer (REUTERS)

La isla de Ormuz es uno de los pocos sitios de Irán donde se ve a mujeres vistiendo burka. Por la proximidad de esta isla con los países árabes de la otra orilla del golfo Pérsico, llevar esta prenda —que tapa toda la cara, y que es más común entre las creyentes del islam suní que entre las chiíes— es una costumbre muy arraigada. Aunque con la particularidad de que en lugar de una tela, ahí el burka está hecho de máscaras de colores y formas diversas, que añaden espectacularidad...

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La isla de Ormuz es uno de los pocos sitios de Irán donde se ve a mujeres vistiendo burka. Por la proximidad de esta isla con los países árabes de la otra orilla del golfo Pérsico, llevar esta prenda —que tapa toda la cara, y que es más común entre las creyentes del islam suní que entre las chiíes— es una costumbre muy arraigada. Aunque con la particularidad de que en lugar de una tela, ahí el burka está hecho de máscaras de colores y formas diversas, que añaden espectacularidad a esta pequeña isla volcánica y llena de sales y minerales que da nombre al estrecho. La peculiaridad de este lugarha hecho que sus habitantes puedan vivir del turismo, que añaden a su tradicional fuente de ingresos, la pesca. Pero el bloqueo del estrecho como consecuencia de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha puesto a la población (unos 10.000 habitantes) en la primera línea del frente, y la ha sumido en el desespero. Muchos han optado por huir de la zona ante el hundimiento de su economía y el peligro de los ataques.

Las conversaciones entre las partes durante el alto el fuego no han impedido que el estrecho siga cerrado, con un doble bloqueo iraní y estadounidense. La importancia geoestratégica de las islas del estrecho no es nueva, ni tiene que ver solo con el transporte actual de mercancías que llevan los buques que quieren salir del Golfo para ir a mar abierto en el océano Índico —por esa zona pasan alrededor de la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado, y entre el 20% y el 30% de los fertilizantes—. Lo atestiguan las ruinas de piedra rojiza del castillo que levantaron los portugueses en el siglo XVI, cuando quisieron arrebatar a los árabes el dominio del comercio entre Europa y Asia. Entonces los productos eran otros —especias, telas, seda, perlas— pero el objetivo era el mismo: controlar ese cuello de botella.

Hossein regenta un pequeño hotel cerca de las ruinas portuguesas. Pide ser citado con un nombre ficticio, tarda varios días en contestar por Instagram y borra los mensajes rápidamente: todo, por el temor a las consecuencias de hablar con la prensa internacional sobre la situación actual, junto con las dificultades para acceder a internet tras la desconexión impuesta por el régimen. “La vida en esta isla siempre ha sido difícil, con infraestructuras limitadas, costes elevados para traer productos, y falta de personal cualificado. Pero este año es diferente, siento que todo ha colapsado completamente”, explica en un intercambio de mensajes.

Ormuz, con una superficie de solo 42 kilómetros cuadrados (la mitad que Formentera), es una de las islas desde las que Irán vigila el estrecho, que en esa angosta lengua de mar tiene una distancia mínima de unos 39 kilómetros entre las dos orillas. Es la más turística junto con la mayor de esas islas, Queshm, mientras que Larak y otras pequeñas tienen más presencia de bases navales y militares. Por todo ese laberinto es por donde van los buques a los que Irán permite el paso, y es ahí donde supuestamente el país ha estado cobrando peajes para el tránsito de mercancías.

“El turismo en Ormuz y Queshm es relativamente nuevo. Muchos vinimos hace años porque nos gustaba la naturaleza y la cultura del lugar, y con los años hemos ido construyendo una pequeña infraestructura. Pero la situación siempre ha sido muy frágil”, explica Hossein sobre una actividad que tiene una temporada corta, puesto que a partir de la primavera las temperaturas se vuelven demasiado calurosas.

El colapso que ve ahora en la zona es mucho peor que durante la pandemia: “Todo el negocio ha caído a cero, no hay ninguna fuente de ingresos, y tampoco es posible vivir de la pesca”. Este hotelero explica que, al cabo de unos días de empezar el conflicto, se fue de la isla ante el riesgo que suponía quedarse.

Reza, de nuevo un nombre ficticio para este propietario de una cafetería de Ormuz, se atreve a lanzar más críticas y a señalar a los responsables de la situación actual. “Esto no empezó solo con la guerra de marzo. Ya desde que Estados Unidos mató al general [Qasem] Soleimani en 2020 en Irak, justo antes de la pandemia, perdimos todos los turistas extranjeros. La isla no se ha recuperado”, explica, y añade que nadie ha podido experimentar “una vida normal”, sobre todo desde la guerra de los 12 días de EE UU e Israel contra Irán en junio de 2025. “Durante esa guerra escuchábamos cada día, lejos y cerca, cinco ataques o más”, apunta.

El escenario que dibuja Reza es el de una zona vacía de población, con pocos recursos y testigo de una batalla naval intermitente. “La pesca, el turismo y el transporte de mercancías son industrias cerradas, y mucha gente no puede quedarse, por el miedo a los ataques y por los cortes de electricidad, muy importantes, ya que aquí el suministro de agua depende de la electricidad. Incluso con el alto el fuego, lo único que podemos hacer es sobrevivir”, relata. “Hace muchos años que intentamos recuperarnos una y otra vez, pero ahora temo que estemos perdiendo la esperanza”, lamenta.

Pese al miedo a las consecuencias, prefiere no callar: “Nuestro país ha perdido muchas infraestructuras, solo algunas personas tienen internet con VPN a un precio muy alto. Costará muchos años poder reconstruirlo todo. Llevamos muchos años pagando, sin saberlo, los programas balísticos del Gobierno”, explica, expresando el enfado de la población ante un empobrecimiento de las condiciones de vida, a expensas del sector militar iraní, que encendió la mecha de las últimas protestas contra el régimen. “Lo peor es que antes de la guerra protestábamos y teníamos poder en las calles. Esta guerra empezó supuestamente en nombre de la gente, pero ahora más que nunca el Gobierno ha tomado el control de las calles y nadie se atreve ni siquiera a criticarlo”.

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