La llave geopolítica del orden venidero
A pesar del verbalismo agresivo y de las bravatas de ambos contendientes, hay una alternativa rápida a esta crisis
El mundo está pendiente de Ormuz. El doble bloqueo del tráfico marítimo declarado por Irán y Estados Unidos mantiene interrumpido un 30% de los suministros de energía y un 10% del comercio, daña directamente a los opulentos emiratos petroleros y lastra la economía mundial, pero también ...
El mundo está pendiente de Ormuz. El doble bloqueo del tráfico marítimo declarado por Irán y Estados Unidos mantiene interrumpido un 30% de los suministros de energía y un 10% del comercio, daña directamente a los opulentos emiratos petroleros y lastra la economía mundial, pero también somete a Irán a un asedio comercial que le priva de ingresos del petróleo y dificulta las importaciones de bienes de primera necesidad. Es, por tanto, un arma de doble filo, que pone a prueba la resistencia al dolor de quienes la usan y a la vez la sufren. Si no se llega pronto a un acuerdo aceptable para ambas partes, ganará quien tenga más capacidad de aguantar y, por tanto, más voluntad guerrera.
En Irán afecta a la población, sacrificada sin escrúpulos por la dictadura teocrática, mientras que en Estados Unidos es Donald Trump quien puede ver arruinada su presidencia por la inflamación de los precios del petróleo, la inflación y la amenaza de una recesión mundial, tanto mayor cuanto más se alargue el conflicto, tal como ha señalado el FMI. A pesar del verbalismo agresivo y de las bravatas de ambos contendientes, hay una alternativa rápida a esta crisis, aunque tiene el serio inconveniente de que comporta una ruptura del status quo y vulnera el derecho internacional del mar.
Los negociadores barajan la idea de imponer peajes o alguna forma de fiscalidad al paso por el estrecho bajo un sistema de gestión conjunta por Teherán y Washington o incluso Omán. Podría presentar tal solución como una victoria de su peculiar diplomacia de los negocios tras la aplicación de la fuerza militar y la liquidación de la cúpula del régimen, siguiendo el modelo venezolano. Nadie discute su viabilidad económica, pues sería muy débil su impacto sobre los precios y, en cualquier caso, mejor que la prolongación del conflicto y del bloqueo. Trump ya lo ha defendido en público, aunque su portavoz le ha desmentido.
Para el régimen iraní sería una buena salida política, incluso una victoria. Saldría consolidado con el final de la guerra, contaría con una fuente de ingresos reconocida internacionalmente y vería legitimado su control sobre el estrecho. Sería, en cambio, un revés para el orden internacional basado en reglas y un estímulo para otras potencias, grandes y pequeñas, que controlan puntos estratégicos o cuentan con palancas de extorsión en otros ámbitos geoeconómicos. El espacio marítimo, donde no hay fronteras ni capacidad coercitiva que permita aplicar el derecho como en tierra, es donde se dirime el futuro orden mundial según la visionaria teoría geopolítica de Carl Schmitt, el jurista de Hitler, tan perverso en su justificación de la depredación imperial como agudo en su descripción de los mecanismos profundos de aprehensión, reparto y explotación de territorios y mares.
El trumpismo sigue al pie de la letra las recomendaciones schmittianas, tanto sobre la dialéctica amigo/enemigo, con la que organiza la vida política, como sobre la denigración del orden multilateral, pero desconoce las consecuencias geopolíticas. En la visión del jurista alemán, el dominio del mar corresponde en exclusiva a la superpotencia marítima hegemónica, hasta ahora Estados Unidos, que es la que garantiza la libertad de navegación y el libre mercado a ella asociado. Con la nueva política exterior de Trump, hostil a cualquier ordenamiento internacional, incluido el marítimo, y también al libre comercio, se abre una brecha que otros aprovecharán para chantajear a sus adversarios y a China le valdrá para obstaculizar la presencia de Estados Unidos en los mares asiáticos circundantes.
Según la exministra de Exteriores española, Ana Palacio, se ha producido una mutación de la primera superpotencia. “Sigue siendo la primera potencia naval —ha escrito—, pero ha virado el sentido político de esa supremacía. Ya no la esgrime primordialmente en pro de la apertura, sino como medio selectivo de coerción”. Palacio advierte este cambio geopolítico a partir de una intervención parlamentaria de Vivian Balakrishnan, ministro de Exteriores de Singapur, respecto al estrecho de Malaca, otro paso marítimo estratégico como Ormuz, aunque siete veces más angosto, por donde pasa casi un tercio del comercio mundial, petróleo y gas licuado, y cerca del 35% del tráfico de contenedores.
Según Balakrishnan, ahora asistimos a un “ensayo general” para el caso de un enfrentamiento bélico entre Estados Unidos y China que tendría en el estrecho de Malaca su punto más caliente. El mar es la piedra de toque y el ámbito más difícil para un mundo gobernado según reglas compartidas, en su origen surgidas del espacio y de los conceptos terrestres, aunque luego vayan a proyectarse sobre el espacio exterior o en ámbitos inmateriales de creciente peso político como el ciberespacio. Desde la crisis del petróleo de 1973 sabemos del valor de Ormuz, pero ahora la forma geopolítica de nuestro mundo futuro depende también de cómo se dirima la pugna por el control del estrecho.