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Cinco dimensiones de la geopolítica de guerra en Irán

A la sacudida geoeconómica se suma el riesgo de inestabilidad en Teherán y una potencial escalada regional. La duración del conflicto es la variable clave

Columna de humo sobre Teherán tras un ataque, este lunes. Majid Saeedi (Getty Images)

El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán es puro Trump, con ese rasgo casi psicópata que consiste en su voluntad de sembrar el caos allá por donde pasa. Sin el plácet del Congreso y de la ONU y con total desprecio al derecho internacional. Con el objetivo declarado de provocar un cambio de régimen, pero ninguna seguridad de q...

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El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán es puro Trump, con ese rasgo casi psicópata que consiste en su voluntad de sembrar el caos allá por donde pasa. Sin el plácet del Congreso y de la ONU y con total desprecio al derecho internacional. Con el objetivo declarado de provocar un cambio de régimen, pero ninguna seguridad de que eso ocurra. Con graves desórdenes o quizá una guerra civil en ciernes en Irán, y una preocupante escalada bélica en toda la región, incluso más allá del Golfo si se activan las células terroristas. Provocando incluso la división en el movimiento MAGA, en un intento desesperado por cambiar las expectativas de las elecciones de medio mandato. Y con una sacudida en los mercados energéticos sencillamente espectacular. La clave principal en el tablero geopolítico y geoeconómico es la dimensión temporal del conflicto: en junio del año pasado la guerra duró 12 días, y eso encapsuló los efectos de esa operación, pero esta vez el rango temporal es de lo más incierto. EE UU tiene incentivos políticos y económicos para tratar de acortar la guerra, pero Irán perseguirá todo lo contrario. Si la guerra dura más de tres semanas, los arsenales de EE UU e Israel se verán mermados, así como los sistemas de defensa aérea contra los misiles iraníes, apuntan fuentes diplomáticas.

Especular acerca de cuán largo y devastador va a ser ese conflicto es como lanzar una moneda al aire, pero las principales dimensiones de esa guerra ya empiezan a esbozarse. Con una conclusión por encima de todas: más allá de las profecías que apuntan a que habrá una tiranía menos en el mundo o del catastrofismo que ve signos de un potencial conflicto regional o quién sabe si global, Trump y Netanyahu demuestran una vez más que se arrogan la facultad de decidir quién puede mandar en el mundo, sin respeto al orden internacional.

Seguridad económica. La primera reacción de los mercados ha sido un rápido encarecimiento de la energía. Si la guerra se prolonga, el barril de crudo puede irse por encima de los 100 dólares; en ese listón afectaría notablemente a la inflación y al crecimiento global. Trump llegó a la Casa Blanca, en buena medida, por la erosión del poder adquisitivo de los estadounidenses: con las elecciones de medio mandato a la vuelta de la esquina y las encuestas en contra, tiene claros incentivos para perseguir una guerra rápida y embridar los precios, además de la factura de la intervención. Hay capacidad ociosa de sobra en el mercado petrolero, pero el bloqueo del estrecho de Ormuz provocaría una disrupción en el suministro de crudo y gas. Hay un par de alternativas, los oleoductos de Arabia Saudí y Emiratos Árabes. Irak puede bombear en sus pozos del norte y dar salida a ese petróleo por Turquía. La OPEP ha anunciado un aumento de la producción. El mercado está bien abastecido. Y aun así, cerrar Ormuz, por donde circula el 20% del gas y el petróleo del mundo, son palabras mayores.

A la corta, uno de los perjudicados es China, que obtenía crudo venezolano e iraní a precios bajos: eso se acabó. A la larga, Europa tendría problemas por ese encarecimiento y la posible carestía de energía si el conflicto se alarga. La Rusia de Putin se frota las manos: la revalorización del petróleo y del gas es un balón de oxígeno para su economía, en serias dificultades por las sanciones. En febrero de 2022, con la invasión de Ucrania, el petróleo se fue hasta los míticos 100 dólares por barril. En el peor de los escenarios, los analistas hablan esta vez de 140. Eso implica pérdidas de poder adquisitivo y de varias décimas de crecimiento del PIB. Cada décima de PIB, en Europa, son 20.000 millones de euros que se volatilizan.

Política interna iraní. Sin tropas sobre el terreno y solo con ataques aéreos, una caída rápida del régimen no puede darse por segura. Eso generaría una enorme inestabilidad interna. Está por ver cómo responde la cúpula iraní al vacío de poder tras el asesinato de buena parte de la élite del país, pero Irán no es Venezuela; Washington no va a encontrar un equivalente a Delcy Rodríguez. Hay un riesgo cierto de guerra civil, con una carrera por la sucesión de Ali Jameneí en la que habrá una fuerte presión militar. La salida diplomática es incierta; Qatar y Omán pueden ejercer como mediadores pero con el régimen acorralado, y después de que Estados Unidos decidiera no agotar la vía diplomática, la probabilidad de que el conflicto desemboque en un baño de sangre es elevada. La oposición no está organizada. Las referencias de Irak y Afganistán están ahí: los cambios de régimen, sin tropas sobre el terreno, nunca son sencillos. Hasta en Venezuela la situación está lejos de asentarse. Hamás sigue controlando el 40% del territorio de Gaza tras más de dos años de guerra.

Geopolítica, ganadores y perdedores. Irán ya ha activado a Hezbolá y lo que quede de Al Qaeda no tardará en aparecer. Sus represalias pueden reabrir conflictos en la región, que es un avispero. La desestabilización puede ir más allá del Golfo si se activan células terroristas. Rusia y China, aliados de Irán, han mostrado contención en las primeras horas, pero Pekín se juega mucho con el cierre del estrecho de Ormuz. Europa, con la sonora excepción de España, sigue en el vasallaje feliz a EE UU, pero tiene mucho que perder si la guerra se prolonga por la escalada de precios: está más expuesta que la economía norteamericana. El país más beneficiado es el Israel de Netanyahu, que busca un realineamiento en Oriente Próximo por las represalias iraníes y ha acallado completamente las críticas de la oposición.

La clave religiosa. El líder supremo era la máxima autoridad en Irán, con poderes en el ejecutivo, el legislativo y el judicial, incluso en el mando en las fuerzas armadas. Pero Jameiní era también un líder religioso más allá de Irán. Se calcula que más del 90% de los iraníes son chiíes; esa rama del islam es mayoritaria en Irak, en Baréin, en Líbano y en Azerbaiyán, y tiene un peso relevante en países como Yemen, Pakistán, Turquía, Kuwait, Arabia Saudí o Siria. El caos es la marca distintiva del trumpismo, pero esa dimensión abre una caja de Pandora que va más allá del redibujo del mapa regional.

España. El Gobierno español sigue siendo el más explícito de la UE en su condena a los ataques de Estados Unidos e Israel por su desprecio al derecho internacional, como ya ocurrió en Venezuela y en Gaza. Su oposición a que Washington use Rota y Morón ha obligado a desviar los aviones cisterna norteamericanos. Las declaraciones de Sánchez, que condena también las represalias iraníes, contrastan con las de la jefa de la Comisión, Ursula von der Leyen, y sobre todo con el papel del Reino Unido, Alemania y Francia, que se han declarado dispuestos a atacar a Irán para defender sus intereses. Como en Gaza y Venezuela, esa dura oposición le abre a España puertas en el Sur Global, pero esta vez el riesgo es sobresaliente, por la imponente presencia de los fondos soberanos de los países del Golfo en el Ibex 35. España sigue buscando una política exterior con identidad propia, como ha demostrado con China, con Israel, con Venezuela, con la migración o con las duras críticas a las plataformas tecnológicas de EE UU, el brazo armado empresarial del trumpismo. Pero Sánchez está en franca minoría en Europa y asume grandes riesgos por razones —al menos en parte— de política interna. Probablemente está en el lado bueno de la historia, si esa frase sigue teniendo valor con la geopolítica de la ley de la selva que impone el trumpismo.

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