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El buen tirano y el demócrata corrupto

Un demócrata, por lo general, no asesina ni tortura ni persigue a sus opositores

Ortega, durante la celebración por el 39 aniversario de la victoria de los sandinistas.
Ortega, durante la celebración por el 39 aniversario de la victoria de los sandinistas. REUTERS

Hace unos días al concluir una conferencia relativa al origen y consecuencias de las dictaduras iberoamericanas, un joven estudiante de Filosofía y Letras me cuestionó durante la sesión abierta de preguntas y respuestas con el siguiente argumento: “Prefiero un buen tirano instalado en el poder que un demócrata podrido y corrompido. ¿Quién hace más daño a la sociedad?”. De inmediato pasé lista en mi mente sorprendida a los tiranos americanos y en ningún caso me encontré con un déspota ilustrado, salvo que Porfirio Díaz, Trujillo, Somoza, Carias Andino, Stroessner, Banzer, Rojas Pinilla, Castillo Armas, Castro, Duvalier, Pinochet, Videla, Chávez, Maduro y ahora Daniel Ortega, entre otros tantos, pudieran ser etiquetados como buenos tiranos. ¿Buenos para quién o para qué?

Los tiranos, por lo general, aduje al apuntar al entrecejo del letrado, disparan a mansalva en contra de los opositores en la plazas públicas; integran pandillas impunes que entienden el erario como un botín personal; suprimen la libertad de expresión y la de publicación; conducen sus respectivos países de acuerdo a sus estados de ánimo sin someterse a ley o Constitución alguna; saturan las cárceles con presos políticos; persiguen a quien a su juicio piensa peligrosamente; clausuran las Cámaras de representantes; disuelven los partidos políticos; ignoran los más elementales derechos humanos; torturan y desaparecen a sus enemigos; provocan desastrosas devaluaciones monetarias, como la venezolana; destruyen la libre empresa si son tiranos de izquierda, como Fidel Castro; acaban con el empleo y con las fuentes generadoras de riqueza; se alían con las fuerzas armadas para someter al pueblo a balazos y, por lo general, destruyen la economía, aun cuando en ciertos casos muy aislados, constituyen la excepción de la regla.

Un demócrata corrupto, por lo general no asesina ni tortura ni persigue a sus opositores (insisto, me refiero a un demócrata) y llegado el caso, como aconteció con Lula en Brasil, con Ollanta Humala en Perú, con Otto Pérez Molina en Guatemala, fueron encarcelados en términos de las leyes aplicables acusados de diversos crímenes que merecían una pena. El Estado de derecho, inexistente en una dictadura, se hizo valer para la buena fortuna de Brasil, Perú y Guatemala. Los defraudadores de los ahorros públicos fueron castigados por sus fechorías.

Cuando por toda respuesta el joven crítico alegó que “quien la hace la paga”, sentí que se había derrumbado el diálogo. Solo aduje que si bien algunos tiranos de la historia habían pagado con sus vidas el naufragio de sus pueblos provocado por ellos mismos, como Trujillo y Somoza, Hitler y Mussolini, otros como Franco, Castro, Mao, Stalin, entre otros más, habían muerto en la cama sin pagar absolutamente nada, de modo que su respuesta podría ser útil para efectos de una reconciliación ingrávida.

¿Ortega no condujo a su país a un pavorosa guerra entre hermanos con tal de imponer sus ideas sacadas del bote de la basura?

¿Daniel Ortega no se había opuesto en sus inicios al dictador Somoza hasta derrocarlo? ¿No había robado un banco supuestamente para financiar su movimiento sandinista y había pasado siete años en la cárcel? ¿No había sido un gran luchador social defensor de las libertades que había conquistado el poder a través de unas elecciones legítimas que ganó con un margen del 63%, para luego convertirse en un comunista enemigo de la prosperidad y de la libertad de mercado? ¿No condujo a su país a un pavorosa guerra entre hermanos con tal de imponer sus ideas sacadas del bote de la basura? ¿No había abusado sexualmente de su hijastra desde que esta tenía 12 años? ¿Acaso, hoy en día, no ha sometido a Nicaragua a un terrible baño de sangre con tal de mantenerse en el poder sin respetar las condenas de la OEA y de los países del hemisferio sur? ¿Buen dictador…?

Cuando los políticos cambian, por lo general cambian para mal. Ortega es un caso más. Entre un demócrata corrupto y un buen dictador, si tuviera que escoger sin alternativa alguna, me quedo con el demócrata corrupto, por lo menos algunos de ellos son destituidos y encarcelados en términos de un Estado de derecho inexistente en el mundo de los tiranos.

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