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Se ofrece empleo sumergido

La pandemia y las limitaciones al tráfico en la Plaza Elíptica amenazan el futuro del mayor mercado aboral en negro de la capital, donde decenas de personas compiten a la intemperie por un trabajo sin contrato

Cuando una furgoneta aparca en Plaza Elíptica, varias personas se amontona en torno al conductor en busca de un trabajo por el día.DAVID EXPOSITO (EL PAÍS)

La mayor subasta de empleo sin contrato en Madrid se llama como la capital indonesia. Quienes se congregan aquí la bautizaron de ese modo porque está junto al bar Yakarta, a un costado de la Plaza Elíptica. El letrero luminoso del establecimiento da la bienvenida a la legión de braceros que llegan a la zona antes del amanecer. Sus miradas no se desvían en toda la mañana de la carretera por donde aparecerán los contratistas. Las furgonetas de los autónomos o pequeños empresarios que pagan por horas y en negro se detienen aquí tan solo unos instantes. Suficiente como para que una decena de personas se abalancen para vender barato su fuerza de trabajo. Elegida la cuadrilla, el coche arranca y la economía sumergida comienza a rodar.

Este martes de madrugada el viento azota las aceras con la furia de un látigo. En la Plaza Elíptica se cuenta hasta un centenar de trabajadores, entre pintores, oficiales de primera y ayudantes de albañilería o transportistas que esperan embozados su próxima oportunidad. La mayoría son inmigrantes sin papeles. En la región viven hasta 48.000 de ellos, según un estudio de la Comunidad de Madrid. Están condenados a cobrar en negro y acaban aquí por el boca a boca en busca de una oportunidad. Jhojan Alexis, colombiano de 23 años, llegó a la ciudad en enero del año pasado y conoció esta oficina de empleo a la intemperie gracias a su compañero de piso. “Con el coronavirus hay más trabajadores que trabajo, mi rey”, lamenta.

Jhojan es un trabajador esencial que carece de papeles. Durante el estado de alarma trabajó en la obra, enyesó paredes y alicató baños. “Ahora no sale casi trabajo por culpa de la pandemia”, asegura. Alguien como él, joven y sin demasiada experiencia, cobra la jornada de 12 horas a unos 60 euros. Y a veces ni siquiera eso. “El mes pasado un capataz me dijo que había pavimentado mal unos suelos y no quiso pagarme. Reconozco que me enfadé mucho, grité. Entonces uno de sus operarios me golpeó en la cara y el abdomen”, relata. Pese a que temía la deportación, Jhojan denunció lo sucedido ante la policía. “No quiero que le pase algo así a más gente”, agrega.

— ¡Otra furgooo! —grita alguien, generando una avalancha.

Solo un hombre consigue subir al vehículo y se despide de sus compañeros con una sonrisa desde el asiento del copiloto. La publicidad que resalta en las furgonetas de los contratistas permite intuir que son alquiladas. Quienes las conducen ofrecen servicios subcontratados a los jefes de obra. Hay latinos, españoles y ciudadanos del Este. Ni siquiera llegan a bajarse del coche; el acuerdo con los peones se cierra a través de la ventanilla. Después de la jornada es imposible reclamar impagos o denunciar abusos, como lamenta Mohamed, de 32 años, que hasta la invasión del coronavirus tenía su puesto en una cocina. “Los autónomos cambian de móvil sin decirte nada”, se queja. A su vez, prosigue, estos autónomos “obedecen las órdenes de los empresarios que de verdad tienen el dinero”.

Es la lucha del penúltimo contra el último. Mohamed carga un macuto con ropa para cambiarse. En el Rif aprendió los secretos del oficio de albañil, “entre otros, que un trabajador se tiene que presentar limpio, aunque luego vaya a mancharse”. A las ocho en punto le compra un bocata de papa rellena a la única mujer de toda la plaza. Yudith los vende por un euro a quienes han salido de casa sin desayunar. “El despertador suena tan temprano que tienen el estómago cerrado y vienen en ayunas”, relata esta peruana de 42 años. Los hay que llegan desde Leganés, Parla, incluso Toledo o Guadalajara. Viajes que duran horas y comportan caminatas en plena noche, dilatados trayectos de autobús o en tren de cercanías.

Los distintos grupos de trabajadores se dispersan cuando el miércoles un coche de la Policía Municipal llega a la glorieta. Algunos se refugian en el bar Yakarta, como Jorge y Jean Carlo, dos peruanos de 26 y 21 años. Ninguno se altera, han vivido esta escena muchas veces. Desde la cristalera del local contemplan a los guardias inspeccionando la zona. Jean Carlo ahorró gracias a un empleo como teleoperador en una empresa de móviles en Lima. Voló a Madrid el día 12 de marzo, tras meses planeando el viaje con información de internet. Varios youtubers especializados en migración ofrecen sus consejos a los más jóvenes a través de la Red. “Si ya es difícil estar sin papeles, es aún más difícil estar sin papeles en mitad de una pandemia”.

La policía se marcha rápido. El mercado negro de Plaza Elíptica también fue el primer sitio donde Jorge —casado y padre de tres niños— buscó un empleo tras llegar a la capital el año pasado. Consiguió trabajo en una obra en Talavera de la Reina (Toledo) en la que dormía junto a otros albañiles irregulares, entre cascotes y polvo de cemento. “Eso fue antes de la pandemia, luego nunca me ha salido tarea para tantos días”, cuenta con un auricular puesto en el oído. Le gusta escuchar a Willie Colón y Héctor Lavoe. Los mismos dos héroes de la salsa a los que un mural homenajea en la entrada de El Callao, “el barrio más bravo de Lima”, el barrio de Jorge.

“Allá te ponen una pistola en la cabeza, disparan y después miran a ver qué llevas encima”, describe el joven. Él quería otra vida para sus hijos, el primero de los cuales nació en Perú cuando su esposa tenía solo 15 años. El segundo y el tercero han venido al mundo en la clínica de Nuestra Señora del Rosario de Madrid. “La costumbre latina es tener hijos cuando eres joven, para disfrutar la vida de mayor. En España disfrutan antes y después son padres”, apunta Jorge, que reflexiona sobre cómo la paternidad y el viaje han invertido la jerarquía de sus prioridades. Quiere trabajar para que su pareja estudie y salir de la miseria. La crisis sanitaria ha boicoteado todos sus planes.

El domingo Jorge libra y acude a la iglesia evangélica con toda la familia. También va María, la tía de Luana, que los acoge en su piso desde que aterrizaron en la ciudad. La matriarca lleva casi dos décadas viviendo en Madrid y está empleada en una cadena de restauración. “Somos unos privilegiados porque ella nos ayuda. Hay otros que emigran casi desnudos”, anota el joven a la salida del templo. Solo tres días después, el Ayuntamiento de la capital anunciará la instauración de una zona de bajas emisiones en la Plaza Elíptica. A partir de enero se prohibirá circular y aparcar a los vehículos sin etiqueta ambiental. Las restricciones de movilidad y la pandemia amenazan la permanencia del mercado negro. Jorge intuye que en unos meses Yakarta será solo un bar en Madrid y una ciudad en Indonesia.

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