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Oriol Vilanova, el artista que ha elevado las postales a obras de arte

Con más de 200.000 postales encontradas en tiendas y mercadillos, el creador catalán ha construido uno de los universos conceptuales más singulares en mucho tiempo. Ahora, representará a España en la Bienal de Venecia

El artista Oriol Vilanova en su estudio en Bruselas.Manuel Vázquez

A veces la vida carga el arte de nuevos significados. A Oriol Vilanova (Manresa, 46 años), artista conceptual, le pasó en París, en 2022. Una exposición colectiva del Museo Picasso incluía una obra suya, una chaqueta azul de trabajo con postales picassianas en los bolsillos. Un día, la pieza desapareció. Las cámaras de seguridad habían registrado a la persona que la sustrajo, una mujer de edad avanzada. Cuenta el artista: “Me dijeron que si volvía la reconocerían y detendrían. Vamos, que perdí la esperanza”. Sin embargo, se cumplió la máxima de que el criminal vuelve al lugar del crimen: la policía interceptó a la señora y encontró la obra en el ropero de su casa, solo que ligeramente modificada: había llevado la chaqueta a un sastre para adaptarla a su talla. El caso suscitó el interés de los medios. “En Francia, el diario Le Parisien escribió uno de los mejores artículos que se han hecho sobre mi trabajo, ¡y fue en la sección de Sucesos!”, recuerda Vilanova. “En España la principal reacción fue en un programa de televisión donde decían sobre mí: ‘¿Artista o sinvergüenza?’, tratando el arte contemporáneo como un fraude”.

El caso podría ilustrar muchos fenómenos sociales en los que Vilanova no pensaba cuando ideó su pieza. “Trabajo sin seguir agendas, pero muchas veces se cuelan elementos políticos”, explica, y saca de su estantería una veintena de postales de una playa con estrellas de mar. “Son imágenes idénticas, muy banales, pero si miramos las dedicatorias del reverso vemos que una se envió a Bélgica desde el Congo. Ahí surge, sin pretenderlo, la crítica anticolonial, por las preguntas que esa dedicatoria nos plantea. Así con todo, porque una postal no estará cargada políticamente, pero nuestra mirada sobre ella sí”. Son solo 20 de todas las postales que Vilanova ha ido recopilando con paciencia, bajo la rutina de ir al mercadillo al menos tres veces por semana —martes, jueves y sábados— en Bruselas, donde vive. “Mi trabajo es ese, insistir”.

Resulta asombroso que su gran obra, la que lleva más de dos décadas construyendo, quepa íntegramente en el salón de su casa, un “típico piso de Bruselas”, como lo define, compuesto de salón, dormitorio, baño y cocina, con paredes blancas y suelo de moqueta gris, y ni un mueble más de los estrictamente necesarios. La sala de estar parece un despacho y en ella destaca la estantería industrial de aluminio ocupada por cajas de cartón que fabrica manualmente Ingrid, su esposa y directora de su estudio. Contienen su colección de postales —más de 200.000—, clasificadas según una jerarquía temática en permanente cambio, que va actualizando en un sistema de hojas milimetradas escritas a lápiz: paisajes, edificios, obras de arte, joyas, playas, retratos… La colección crece indefinidamente, y la estantería con ella; cuando los estantes lleguen al techo y ya no quede espacio, Oriol e Ingrid se mudarán a otro apartamento más grande. La mudanza será extremadamente sencilla.

Una selección (una cuarta parte) acaba de salir rumbo a Venecia, donde bajo el título Restos ocupará el pabellón de España de la Bienal de Arte, cuya preinauguración será el 6 de mayo. “Mi colección es como una novela que siempre está escribiéndose, con una forma distinta cada vez que se expone”, indica Vilanova. Esta será la mayor y más ambiciosa desde que en 2017 colonizó la Fundación Tàpies de Barcelona, que entonces dirigía Carles Guerra, su comisario en Restos. “El material son los restos de los restos: viene de mercados de pulgas, que son como el fin de fiesta del objeto. Desde ahí lo revivo y reinterpreto”.

El proyecto fue seleccionado por un jurado del que formaban parte, entre otros, Tania Pardo y Manuel Segade, directores del CA2M y el Reina Sofía, y el comisario del pabellón del año pasado, Agustín Pérez Rubio. Se desplegará por el interior del edificio de los Giardini de Venecia, cuyas paredes quedarán cubiertas por las postales. Pero también proseguirá en el exterior con un performer que mostrará una postal, solo una cada vez, a los visitantes que se encuentren en las inmediaciones del pabellón. Esta parte se inspira en una escena de la película de Buñuel El fantasma de la libertad, en la que un maniaco sexual enseña unas postales a unas niñas, y cuando ellas llegan a casa las entregan a sus padres, que primero se escandalizan y después se excitan. Estas imágenes pornográficas son en realidad monumentos arquitectónicos. Vilanova: “Son imágenes banales, pero eso es lo que me interesa. Se trata de deconstruir el cliché, machacarlo hasta que se convierte en otra cosa. Cuando ves miles a la vez, como pasará dentro del pabellón, del conjunto emerge una voz interior. Pero si te muestran uno, y lo hace una persona que actúa como su soporte, tiene algo de chocante, por trivial que a priori parezca”.

La colección se inició hace dos décadas en Barcelona, cuando él aún era un estudiante de Arquitectura (carrera que nunca llegó a ejercer) asiduo al mercadillo de Sant Antoni. “Buscaba libros, pero encontré esas fotos anónimas que eran las postales, y empecé a ir cada domingo para comprarlas, aún sin definirme como coleccionista, ni como artista”, recuerda. “Durante mis estudios tenía el oído puesto en el arte contemporáneo, pero nunca pasé por una escuela de arte. No tuve formación más allá de la curiosidad, que fue mi escuela”.

Vilanova no colecciona con un sentido finalista, sino por el mero placer de hacerlo. “Si mañana me levanto y no tengo ganas de continuar, pararé. Es como una relación de amor sin contrato matrimonial, solo con la confianza mutua. Además, el mercadillo y los gestos que se hacen en él son una metáfora del propio mercado del arte. Los rastros son espacios de empatía donde todo importa, hasta cómo vas vestido. Esto tiene eco en cómo funcionan las ventas de obras de arte por parte de instituciones o coleccionistas privados, con la idea de los descuentos, o muchas otras normas que no están escritas, que se dan por hechas pero que son fundamentales”.

También ha escrito varias piezas de performance y teatro representadas en museos y ferias de arte. En Ellos no pueden morir, Salvador Dalí, Walt Disney y Lenin —que interpretaron las actrices Nora Navas, Sandra Monclús y Antonia Jaume— reflexionaban sobre la inmortalidad del artista. En otra, Waiting for the Moment, el protagonista era Donald Trump. En la performance Palabras prestadas, un coleccionista de arte real pronuncia una larga declaración de amor a su colección, en un discurso salpicado de tópicos románticos. Cuando la megacoleccionista italiana Patrizia Sandretto lo leyó en Mónaco en 2020, la pieza, supuestamente irónica, alcanzó un portentoso componente emocional.

Quizá radique ahí la originalidad del trabajo de Vilanova: crear a partir de los clichés un discurso que a la vez es artístico, político, histórico, filosófico, social y emocional. Algo que las reliquias kitsch que son las postales encarnan como pocos objetos de la cultura de masas. “La postal me interesa por su vigencia, no por su pasado”, aclara. “Su función original está en desuso, pero continúa en las redes sociales. Es como una herencia: la postal desaparecerá, pero queda en el lenguaje. Por ejemplo, cuando nieva en una ciudad y vemos la foto en las redes, decimos que es ‘una imagen de postal’. Si eres muy joven a lo mejor no conocerás el formato, pero sí el concepto”.

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