Dejar de dar lecciones
Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad
Y de nuevo la bronca con los inmigrantes. Un resquemor que hunde sus raíces en un sentimiento primitivo (es el cavernícola que desconfía de los extraños) y que aumenta a velocidad exponencial ante el reto colosal que estamos viviendo. Nunca ha habido antes semejante volumen de desplazados o una presión migratoria tan tremenda. Millones de personas ...
Y de nuevo la bronca con los inmigrantes. Un resquemor que hunde sus raíces en un sentimiento primitivo (es el cavernícola que desconfía de los extraños) y que aumenta a velocidad exponencial ante el reto colosal que estamos viviendo. Nunca ha habido antes semejante volumen de desplazados o una presión migratoria tan tremenda. Millones de personas huyen de sus casas por el hambre, la violencia, la superpoblación, el cambio climático. Y esto no ha hecho nada más que empezar. Estamos al comienzo de un maremoto y por eso este tema está dividiendo a los individuos en dos facciones completamente opuestas. O estás a favor de abrirte de algún modo a los demás, o escoges cerrar a cal y canto tu rica sociedad, levantar empalizadas y dejar que los parias se agolpen a morir extramuros. Esta segunda opción no sólo resulta poco empática y nada ética, sino que, sobre todo, me parece suicida por lo estúpida. No hay castillo lo suficientemente alto para librarte del tsunami de desplazados que se aproxima. Tenemos que hacer algo, aunque desde luego la solución no es fácil.
En cualquier caso, el trato a los emigrantes es la bandera bajo la que ahora se decantan las ideologías. Ahí está Trump, que alardea de haberse librado de dos millones y medio de extranjeros sin papeles en 2025. Hace unos días le preguntaron a un economista en una televisión norteamericana: “Si han echado a los ilegales, ¿por qué no sólo no ha mejorado la situación económica sino que ha empeorado y hay más paro?”. El hombre dio tres razones; la primera, ya conocida, que el extranjero desempeña trabajos que el nacional no quiere; la segunda, que todos esos millones de irregulares mueven también millones de dólares, compran y consumen, y todo eso se pierde de golpe; y la tercera, que no trabajan solos. O sea que, si tienes un pequeño restaurante en el que el 25% de los empleados son esos irregulares y desaparecen, a lo mejor tienes que cerrar tu local. Sonaba bastante lógico.
Aplaudo con entusiasmo la reciente regularización de emigrantes y las críticas me parecen farisaicas, teniendo en cuenta que todo esto ya se ha hecho antes (Aznar regularizó a 524.621 personas y Zapatero a 576.506, por ejemplo). Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad. Según el INE de 2024, en el país viven 9,8 millones de personas nacidas en el extranjero (casi una de cada cinco). Sólo en los últimos tres años han llegado tres millones. Soy una firme partidaria de la multiculturalidad por lo que aporta de riqueza intelectual y vital, y creo que la inmensa mayoría de los que emigran son lo mejor de cada país: los más valientes, los más emprendedores. Pero todo esto también tiene una contrapartida oscura: profundos choques culturales; la falta de adaptación y de respeto ante nuestras leyes que muestran algunos extranjeros; la miseria en la que parte de ellos vive, lo cual fomenta la picaresca y la violencia… Si unes a esto la desconfianza cavernícola al extraño, que es un rasgo que llevamos genéticamente hincado en el cerebro, obtendremos un cóctel explosivo. Y no se puede desmontar esta bomba de relojería desde el voluntarismo optimista. No puedes limitarte a soltar alabanzas sobre los emigrantes y dejar que toda la gestión de los conflictos la asuma la extrema derecha.
Tengo esto claro desde hace mucho tiempo, pero resulta que la otra noche volvía a casa en taxi y no sé cómo empecé a hablar de la emigración con el conductor, un chaval como de 30 años que se expresaba muy bien. Y de pronto me encontré diciéndole al taxista lo que escribí antes, que los emigrantes son lo mejor de cada país y tal y cual, y él me decía que sí, que su novia era paquistaní, pero que yo tenía que vivir en su barrio para saber de qué hablaba. La carrera acabó y me fui avergonzada de mí misma. Porque siempre digo que la izquierda tiene que reconocer la realidad y los conflictos de la emigración para que no engorden los extremismos y, sin embargo, me había salido esa especie de maestro ciruela que tan fácil nos brota a los que venimos de la izquierda, que enseguida nos ponemos a dar lecciones de moral y a enseñar cómo son las cosas a diestro y siniestro, cuando me parece que, en todo caso, era más bien ese taxista quien podía enseñarme algo a mí, como, por ejemplo, cómo está la situación en donde vive, porque seguro que mi barrio es más rico y tiene menos extranjeros que el suyo. En fin. Así nos va.