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Ansiedad financiera: el efecto secundario de cinco años de inflación acumulada

La preocupación por el coste de la vida se mantiene en máximos en un contexto de sucesivos picos que impiden percibir el alivio cuando los datos mejoran

En la imagen, un hombre repuesta diesel en su coche, de fondo cartel con los precios de los carburantes en la gasolinera bonArea de la carretera del Mig.Albert Garcia

Cinco años después de la gran sacudida inflacionaria, los precios han dejado de escalar con la misma intensidad, pero la inquietud social no se ha movido en la misma dirección. El Índice de Precios de Consumo ...

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Cinco años después de la gran sacudida inflacionaria, los precios han dejado de escalar con la misma intensidad, pero la inquietud social no se ha movido en la misma dirección. El Índice de Precios de Consumo (IPC) se situó en el 3,2% en abril de este año, según el indicador adelantado conocido este miércoles. Y a pesar del golpe energético que está provocando la guerra en Irán, la inflación lleva más de un año en tasas relativamente moderadas. Sin embargo, los datos más recientes del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) muestran que la preocupación por el coste de la vida se mantiene en niveles comparables a los de la fase más aguda de la crisis, consolidando una ansiedad financiera que se explica menos por la inflación actual que por la acumulada.

Esa es la clave para entender por qué la percepción social no acompaña los datos macroeconómicos. En 2022, la economía española encadenó tasas excepcionalmente altas —con varios meses por encima del 8% y un máximo cercano al 11%— que han redefinido el nivel de precios de forma duradera. Desde entonces, la moderación ha sido gradual pero insuficiente para generar entre la población una sensación tangible de alivio, porque lo cierto es que los precios siguen subiendo.

Más aún, la sucesión de crisis que se han encadenado desde la pandemia—energética, geopolítica y de oferta— ha minado las expectativas de normalización. En ese contexto, la inflación ha pasado de ser un factor secundario a convertirse en el eje central del malestar económico percibido por la población. De acuerdo con los analistas, no se trata de una desconexión entre indicadores y realidad, sino de una consecuencia lógica de la pérdida de poder adquisitivo acumulada. Por eso la narrativa (a veces triunfalista) de los gobiernos suena lejana para el ciudadano medio. Años de encarecimiento sostenido han dejado una huella que no se borra con el dato mensual. A ello se suman las redes sociales, que normalizan estándares de vida inalcanzables, mientras las expectativas de progreso se erosionan.

La evolución de esta preocupación social dibuja una meseta difícil de revertir. En noviembre de 2020, apenas un 13,5% de los españoles que valoraban negativamente su economía doméstica señalaba a la inflación como principal causa. La concatenación de shocks —los cuellos de botella tras la reapertura global y, después, la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania— disparó esa percepción hasta un máximo del 79,7% en el verano de 2022, según los datos del CIS. Lo relevante no es tanto ese pico, que a ojos de todos los analistas es lógico, sino su persistencia, pues en lo que va de este año la cifra ronda el 60%. Este estancamiento confirma, según los expertos, que los hogares no juzgan su situación por la tasa actual de inflación, sino por el nivel de precios acumulado desde el inicio de la década.

Esa brecha entre las estadística y experiencia cotidiana se amplía al observar la composición del gasto. Como apunta Miguel Cardoso, economista jefe de BBVA Research, “el IPC es una media que oculta dinámicas mucho más intensas en los bienes esenciales”. Desde marzo de 2020, el índice general ha aumentado un 26%, pero los alimentos sin elaboración lo han hecho un 43% y la energía un 44%. Para los hogares de renta media y baja —con mayor exposición a estos componentes—, la pérdida de poder adquisitivo es más severa que la que sugiere la media. En la misma línea, María Jesús Fernández, economista sénior de Funcas, subraya que los alimentos acumulan desde 2022 un encarecimiento cercano al 27%, frente al 12% del IPC total. El resultado es que los productos de compra más comunes, como pueden ser la leche, el pan o la carne, no solo no se abaratan, sino que suben de forma constante en los recibos de la compra.

La vivienda añade una presión que amplifica el malestar. El profesor de Esade Omar Rachedi precisa que entre 2021 y 2025, su valor ha crecido a un ritmo que duplica el del IPC general, con un mayor impacto entre los hogares que alquilan. “Se trata de un gasto ineludible cuyo peso en el presupuesto familiar neutraliza, en muchos casos, cualquier mejora salarial”. Y aunque el Gobierno ha tratado de acompasar los sueldos a la inflación, el hecho es que la evolución ha sido desigual y como resultado, las rentas medias han sufrido una erosión real por el retraso en los ajustes.

A esto se suma una percepción de injusticia basada en el mérito; Rachedi señala: “Uno suele pensar que el crecimiento del salario es resultado de su esfuerzo en el trabajo y nos solemos sentir víctimas de los precios”. Así, el ciudadano no siente que la mejora de los sueldos sea una compensación por el coste de la vida, sino una recompensa por su esfuerzo que la inflación le está “robando” para simplemente mantener su estatus previo.

La geopolítica ha contribuido a mantener este estado de alerta. Para muestra las tensiones en Oriente Próximo, que han reactivado las subidas en los precios de los carburantes. El coste de la gasolina ―un producto de uso cotidiano— actúa como un termómetro emocional para los hogares. Cada repunte reaviva la inquietud sobre las finanzas personales. En este contexto, no sorprende que los indicadores de confianza se sitúen en niveles bajos, incluso por debajo de los registrados en episodios anteriores de crisis.

El malestar no es solo un problema español. Rachedi pone de ejemplo a Estados Unidos, donde se repite el patrón con cifras llamativas. Ahí, la confianza del consumidor se desplomó en abril hasta los 47,6 puntos, el nivel más bajo en más de siete décadas de la serie de la Universidad de Michigan, ante la preocupación por la inflación. El doctor de Esade pone énfasis en que esta ansiedad financiera está muy influenciada por un sesgo político que también aplica en España. “Cuando Biden asumió el poder, los votantes republicanos percibieron un colapso instantáneo en su economía, y viceversa con la llegada de Trump a la Casa Blanca”, recuerda. Esta lógica la traslada al contexto nacional, sugiriendo que la actual crispación política también lleva a la población a interpretar la economía de forma partidista.

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