Algo frívolo y profundo sobre Raúl del Pozo
No subió nunca al palco para hacer valer su posición, sino que hasta el final estuvo en la arena, con jóvenes y viejos, despachando la actualidad al ritmo infernal de artículo diario hasta que empezó a morirse
Era guapo. Quizá sea lo más profundo y lo más frívolo que puedo decir de él, y también sé que lo aprobaría, si bien lo aprobaría sólo ahora que está muerto [Raúl del Pozo falleció este martes a los 89 años]. Gustaba a la gente a primera vista, tenía “buen cerca” parafraseando a Sabina, que para despachar a los amigos que no le parecen muy guapos les ...
Era guapo. Quizá sea lo más profundo y lo más frívolo que puedo decir de él, y también sé que lo aprobaría, si bien lo aprobaría sólo ahora que está muerto [Raúl del Pozo falleció este martes a los 89 años]. Gustaba a la gente a primera vista, tenía “buen cerca” parafraseando a Sabina, que para despachar a los amigos que no le parecen muy guapos les dice que tiene “buen lejos”. Y algo aún mejor: Raúl del Pozo actuaba como tal, es decir, sin creérselo y tirando balones fuera, que son los guapos más retorcidos, los modestos.
Andaba elegante y fachero, pendiente no de la belleza, que es una vulgaridad como todo lo que se tiene o no se tiene, sino de las formas, de las maneras, del saber estar y el saber tratar, que es lo único que importa. Sobre esto último, un día me quiso pegar. Fue en medio de la pandemia, y él estaba en el jardín de su casa de Chamartín cuando me presenté, después de tanto tiempo, queriendo dar abrazos y besos a todo el mundo: fui repelido a patadas por Reverte y a bofetadas por Del Pozo. “¡Pero a vosotros qué más os da que os pille!”, gritaba mientras Edu Galán me tapaba la boca y me echaba de casa.
Raúl del Pozo fue siempre el primer asunto de los que queríamos este oficio, y fuimos conscientes rápido de lo que suponía una anomalía así, tan veterana y lúcida en este tiempo. Había sobrevivido a su tiempo, visto morir a sus amigos y a su mujer, y empeñó su esfuerzo y su talento en seguir remando. Ayudaron muchos, desde José María García hasta Arturo Pérez-Reverte, que un día dijo que, si bien Raúl salía de casa, había que sacarlo más, y rodearlo más, y montó un precioso premio de periodismo sin dinero para el ganador que sirvió, y sirve, para ligar el nombre de una época en extinción a los nombres contemporáneos de la época vigente, los ganadores de su premio.
Tuvo una carrera inabarcable y algo aún mejor: tuvo una manera ejemplar de clausurarla, muy humana. Leía los comentarios a sus artículos, atendía y se enfadaba con las quejas de las redes sociales, bromeaba sobre ellas pero no disimulaba que le herían mientras le decíamos, asombrados, que a cuento de qué un hombre que lo había escrito ya todo, y conocido todo, y leído todo, tenía que estar pendiente de seudónimos y anónimos.
Le daba igual: entendía que su sitio no estaba en el torreón que había construido durante décadas sino entre los demás, los que empezaban y los que no, aquellos sujetos a la crítica despiadada e injusta, a la crítica argumentada y también al halago. No subió nunca al palco para hacer valer su posición, sino que hasta el final estuvo en la arena, con jóvenes y viejos, despachando la actualidad al ritmo infernal de artículo diario hasta que empezó a morirse. Eso es grandeza.
Sus columnas eran siempre una mina de información porque hasta el final priorizó mojarse con la actualidad, tirar de teléfono y de mantel, recurrir a las fuentes originales y no conformarse con el “dicen que dicen” tan habitual y tramposo de la profesión perezosa. A una de nuestras últimas cenas llegó tarde porque, dijo, no sabía si finalmente podría acudir. Se le había caído un diente a sus 89 años. Fue en La Posada de la Villa de Madrid y estábamos los de casi siempre, Lamet, De la Iglesia, Reverte, Galán, Lucas. No sé si alguna vez lo supo, pero estábamos y seguiremos estando allí por él, como seguimos estando por David Gistau.
Me fijé mucho en Raúl porque llevaba tiempo sin verlo y supuse que empezaba a derrapar. No rió al principio por culpa del diente, rió después tapándose con coquetería la boca. Acabó la cena riendo a todo trapo, y esa es la imagen que me llevo de él: la de un amigo que distinguía, si íbamos con todo, lo importante, y que lo importante siempre es lo mismo: el amor y el respeto de los demás por lo que eres y por lo que haces. Era guapo, sí, pero no es lo más profundo aunque sí lo más frívolo que puedo decir de él: realmente era el mejor.