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Concierto de Año Nuevo 2026: Yannick Nézet-Séguin disfruta y hace disfrutar con la música de los Strauss

El canadiense rescata toda la chispa y diversión de la cita vienesa con frescura y brillantez, pero sin la magia de otras ediciones. En 2027, el ruso Tugan Sókhiev debutará en esta popular gala

El origen de la invitación de la Filarmónica de Viena a Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 50 años) para dirigir su prestigioso Concierto de Año Nuevo mantiene una relación tan inesperada como reveladora con la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin. Los primeros encuentros del director canadiense con la orquesta, a partir de 2010, no terminaron de convencer a un conjunto tan exigente como difícil de seducir. Durante años, la relación avanzó sin entusiasmo.

Todo cambió, sin embargo, el 25 de febrero de 2022. Ese día, Nézet-Séguin sustituyó in extremis a Valeri Gergiev en el Carnegie Hall de Nueva York, después de que la orquesta rompiera relaciones con el director ruso por negarse a condenar públicamente la invasión de Ucrania. Hacía cinco años que el canadiense no se ponía al frente de la Filarmónica de Viena, pero aceptó hacerse cargo de los tres conciertos de la gira estadounidense sin modificar una sola obra del programa, y además mientras ensayaba Don Carlos de Verdi en la Metropolitan Opera de Nueva York.

El esfuerzo fue tan intenso como decisivo. “Esos conciertos cambiaron nuestra relación con él”, reconoció Daniel Froschauer, presidente de la orquesta, durante la presentación a la prensa del Concierto de Año Nuevo, el pasado 29 de diciembre en el Hotel Imperial de Viena. Nézet-Séguin cayó enfermo poco después de aquella hazaña musical y tuvo que renunciar a dirigir la ópera de Verdi en el Met, pero el vínculo con la orquesta no ha dejado de fortalecerse desde entonces.

Quedó bien claro en la mañana del 1 de enero, con uno de los mejores arranques del Concierto de Año Nuevo de los últimos años. Lejos de abrir con una marcha, Nézet-Séguin optó por la obertura de la primera opereta de Johann Strauss hijo, Indigo y los cuarenta ladrones, una elección arriesgada en la que ya se percibieron algunos de los rasgos distintivos de su lectura: el cuidado en la articulación y la sutileza en la conexión de las distintas secciones de este complejo popurrí.

La sintonía con la orquesta se afianzó aún más en la primera novedad de esta edición, el interesante vals Leyendas del Danubio, de Carl Michael Ziehrer, con una exquisita introducción concebida como un viaje musical por los territorios bañados por el gran río, donde se suceden sones húngaros, un breve Ländler austríaco y un kolo bosnio, expuestos con notable refinamiento.

La primera chispa de disfrute compartido entre Nézet-Séguin —que dirigió todo el programa de memoria— y la orquesta se hizo visible en la siguiente novedad del programa, Malapou-Galopp, de Joseph Lanner, con su griterío inicial y la inclusión de instrumentos populares de la India, como la flauta de caña, realzados por la brillante realización televisiva de Michael Beyer. Menos inspirada resultó la tercera novedad, la polca rápida Diablillo burbujeante, de Eduard Strauss, que pasó sin dejar una huella comparable.

La primera parte, sin embargo, transcurrió como un suspiro, marcada por la frescura y el encanto, y culminó con dos interpretaciones especialmente brillantes: la célebre cuadrilla con motivos de la opereta El murciélago, de Johann Strauss hijo —presente cada año en el tradicional Baile de la Filarmónica de Viena—, y el galope El Carnaval en París, de Johann Strauss padre, cerrando el bloque con una energía contagiosa.

Tras la película del intermedio —en la que varios cuadros del Albertina cobraron vida para celebrar su 250.º aniversario, con música coetánea que enlazó a Monet con Ravel y a Kandinsky con Poulenc, interpretada por integrantes de la Filarmónica de Viena—, la segunda parte se abrió con otra obertura: La hermosa Galatea, de Franz von Suppè. El canadiense la convirtió en una ocasión de lucimiento para los excelentes solistas de viento de la orquesta, entre ellos el trompista Josef Reif y el flautista Karl-Heinz Schuetz.

A continuación llegó la polca mazurca Cantos de sirenas, de Josefine Weinlich, segunda composición firmada por una mujer incluida en un Concierto de Año Nuevo. Mucho más interesante y llamativa resultó la novedad posterior, el Vals del arcoíris de la afroamericana Florence Price, escuchado en un arreglo de Wolfgang Dörner, con un swing estadounidense tan inusual como eficaz en este contexto.

Poco antes se había visto la primera escena de ballet pregrabada, con la Polca del diplomático de Johann Strauss hijo, filmada en el Hofburg. Fue un soplo de frescura gracias a la narratividad clásica del coreógrafo estadounidense John Neumeier y a la elegancia intelectual del diseñador suizo Albert Kriemler. Yannick Nézet-Séguin recuperó con naturalidad la diversión en piezas como el Galope del ferrocarril de vapor de Copenhague, de Hans Christian Lumbye, aunque sin alcanzar la excelencia musical que Mariss Jansons impuso en 2012. Algo parecido ocurrió con el famosísimo vals Rosas del Sur, de Strauss hijo, utilizado en la segunda escena de ballet, esta vez rodada en el Museo de Artes Aplicadas de Viena: el canadiense lo dirigió suprimiendo numerosas repeticiones y sin la poderosa visión global que Riccardo Muti fijó en 2018.

Está claro que el maestro canadiense necesita profundizar mucho más en algunas partituras fundamentales, como evidenció su lectura de la Marcha egipcia, de Strauss hijo, que sonó más convincente en 2014 con Daniel Barenboim. Con todo, lo mejor del Concierto de Año Nuevo volvió a ser, un año más, la música de Josef Strauss. Ya se había escuchado antes una versión bien fraseada y matizada del vals Dignidad de las mujeres, pero la auténtica cúspide musical de la matiné fue Palmas de la paz, donde el director exhibió un dominio exquisito de las transiciones entre sus cinco secciones de vals, pese a suprimir también alguna repetición.

Entre las propinas sorprendió el marcado aroma straussiano de la polca rápida Circo, de Philipp Fahrbach hijo, que debutaba igualmente en el Concierto de Año Nuevo. Antes del vals Junto al hermoso Danubio azul, Nézet-Séguin aprovechó la tradicional felicitación para enviar, en francés e inglés, un mensaje a favor de la paz y la bondad, invitando también a aceptar y celebrar nuestras diferencias a través de la música que nos une.

El famosísimo vals de Strauss hijo volvió a ser una muestra ideal de la frescura del canadiense. Faltaba la traca final con la Marcha Radetzky, donde desplegó su encanto natural dirigiendo por primera vez los aplausos desde el patio de butacas. En la sección conclusiva regresó al escenario y cerró desde el podio, no sin antes detenerse para dar un beso a su marido, el violista Pierre Tourville, incorporado de forma excepcional a la orquesta vienesa.

La Filarmónica de Viena parece dispuesta a ampliar la lista de directores invitados al Concierto de Año Nuevo, y en 2027 debutará en esta cita el director ruso Tugan Sókhiev, vinculado a la orquesta desde 2009. Ya queda menos para que sea una directora quien asuma el podio en esta importante liturgia musical.

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