Sergio Massa, el peronista que sabía esperar

Al frente de la tercera fuerza de la coalición del Gobierno, el nuevo ministro de Economía de Argentina salta a la primera línea del poder tras observar desde el Congreso la pelea fratricida entre el presidente y su vice

Sergio Massa, este mes en Buenos Aires.
Sergio Massa, este mes en Buenos Aires.Tomas Cuesta (Getty Images)

Sergio Massa (San Martín, 50 años) carga sus últimas balas. Figura del peronismo desde hace casi dos décadas, el hasta este jueves presidente de la Cámara de Diputados en Argentina acaba de asumir como superministro de una nueva cartera que unificará Economía, Producción y Agricultura. Exjefe de ministros de Cristina Kirchner, luego su opositor furioso, Massa sabe sobre todo esperar el momento justo. La última vez que lo hizo, en 2019, bajó su candidatura presidencial a última hora para apoyar la papeleta de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. La “tercera vía” que quiso liderar entre el kirchnerismo y el liberalismo de Mauricio Macri terminó siendo tercera pata de la actual coalición gobernante. Tras casi tres años en un cuidado segundo plano, Massa salta ahora a la primera línea como quien agarra un hierro caliente. Para un político profesional que nunca escondió su deseo de ser presidente, la de este jueves ha sido una jugada de altísimo riesgo. Tal vez la última de todas.

El nuevo encargado de la economía más volátil de América no es economista. Abogado de formación, Massa es, en realidad, un político de carrera. Militante juvenil de la tecnocracia liberal que nació en los ochenta mientras caía la dictadura, entró al peronismo a mediados de los noventa, cuando el partido conservador Unión del Centro Democrático (UCeDé) cerró filas con el neoliberalismo peronista del presidente Carlos Menem. Líder de la militancia juvenil liberal en la periferia bonaerense, terminó bajo el manto de la pareja de líderes sindicales Luis Barrionuevo y Graciela Camaño en su ciudad natal. Mientras sus padrinos políticos sumaban cargos en los albores del 2000, su ascenso en el funcionariato peronista fue imparable.

En 1999, a los 27 años, Massa fue elegido diputado provincial en Buenos Aires. Dos años más tarde, y tras la crisis que vio desfilar a cinco presidentes en 11 días en diciembre de 2001, el interino Eduardo Duhalde lo designó al frente de la administración de la Seguridad Social (ANSES), cargo en el que Néstor Kirchner lo revalidó tras ganar las elecciones de 2003 y que ejerció hasta 2007. Como encargado de los subsidios y las asignaciones durante la etapa de bonanza del kirchnerismo, Massa impulsó la jubilación anticipada para desocupados y consiguió aumentos en las pensiones cuando más se las necesitaba: tras el estallido de 2001, la desocupación en Argentina llegó a superar el 20%.

Fiel a Néstor Kirchner, Massa había renunciado a asumir como diputado nacional tras las elecciones de 2005 para quedarse frente a la ANSES. Solo se animó a dejar el cargo en 2007, cuando ganó las elecciones como intendente de Tigre, un municipio de la periferia norte de Buenos Aires levantado sobre los humedales que conectan el Río de La Plata con el Paraná. Victorioso contra la inseguridad y la desigualdad que en esta zona del país es la frontera entre el barrio cerrado y la barriada sin cloacas ni electricidad, dejó el cargo tras un año en el poder. Respondía al llamado de Cristina Fernández de Kirchner.

Presidenta desde que sucedió a su marido en 2007, Fernández de Kirchner lo buscó para reemplazar a Alberto Fernández como jefe de Ministros. En 2008, tras más de 100 días de huelgas en el sector agropecuario por las retenciones en las importaciones que desgastaron al gobierno, Massa volvió a la política nacional en una decisión celebrada por el peronismo nacional. Su nombre era garantía de mesura y consenso, pero el romance duró apenas un año.

La presidenta argentina Cristina Fernandez de Kirchner escucha a Sergio Massa durante la jura de su cargo en 2008.
La presidenta argentina Cristina Fernandez de Kirchner escucha a Sergio Massa durante la jura de su cargo en 2008. JUAN MABROMATA (AFP)

Como peronista disidente, Massa se convirtió en el mayor enemigo de Cristina Kirchner. En 2013, venció al oficialismo en las elecciones para renovar el Congreso y frenó una reforma constitucional auspiciada por la presidenta. Para entonces, la militancia juvenil kirchnerista se acordaba de su nombre en cada concentración callejera al grito de “traidor”. Con la popularidad por los aires, Massa formó una alianza de líderes regionales del peronismo, el Frente Renovador, que durante unos pocos meses de 2015 sonó como favorita para las presidenciales. Massa, que tenía entonces 43 años, terminó tercero detrás de Daniel Scioli, el candidato elegido para suceder a Kirchner, y el liberal Mauricio Macri, que terminó ganando la presidencia por tres puntos en segunda vuelta.

“Yo no quiero que gane Daniel Scioli”, llegó a decir Massa durante el desempate, bien enterado de que sus más de cinco millones de votos (el 21,4% del electorado) lo convertían en árbitro de la elección que puso fin a 12 años de kirchnerismo. Massa jamás apoyó directamente a Macri, pero el flirteo fue otra oportunidad. En enero de 2016, apenas iniciado el Gobierno macrista, Massa acompañó al nuevo presidente al foro económico de Davos, cónclave de la élite política y empresarial al que un mandatario argentino no asistía desde los inicios del kirchnerismo. Macri lo postuló como el nuevo líder de la oposición en un mensaje indirecto a Kirchner y Massa jugó su carta de constructor de consensos. “Fui para decirle al mundo que empezaba una nueva etapa”, contó a este periódico años después. “En el viaje de vuelta, le planteé al presidente que era el momento de construir un acuerdo económico y social. Me dijo: ‘Gané yo, gobierno yo’. Esa soberbia, esa mezquindad, lo único que ha hecho es encerrar a la Argentina en esto que nos pasa hoy”, contó Massa en esa entrevista de 2019, casi un mes antes de volver a pactar con Cristina Kirchner para enterrar la presidencia de Macri.

El intervalo macrista, con una oposición aún liderada por Cristina Kirchner, dejó a Massa con el anhelo de que su “tercera vía” todavía tendría un futuro en la Casa Rosada. Pero la estrategia sucumbió en 2019, víctima de la polarización. La mitad del país no soportaba la idea de que Macri tuviese un segundo mandato; la otra mitad temía el regreso de Cristina. Massa vio entonces otra oportunidad: abanderarse detrás de la ira contra el Gobierno liberal y volver con sus diputados al Congreso bajo el paraguas del Frente de Todos, la coalición peronista que llevaba a Alberto Fernández como candidato a presidente y a Kirchner a la vicepresidencia.

Tras casi tres años en el segundo plano de la coalición, Massa salta ahora a la trinchera del Frente de Todos mientras la olla de presión de la crisis argentina chasquea en el fuego. La inflación anual amenaza en el umbral del 90% para 2022 y el peso se ha desplomado por encima del 40% frente al dólar informal que impone los precios en la calle. El político con fama de gestor eficaz se pone frente al ministerio más convulso. Si sobrevive al cargo, tendrá una nueva oportunidad en las presidenciales de 2023. Si fracasa, será también una derrota de todo el Gobierno.

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