2008-2016: Y la burbuja explotó
Esta era arranca con el ‘crash’ de Lehman Brothers, que desató un drama en tres actos: exuberancia, desplome e ira. La cobertura de EL PAíS dejó constancia de los parches para salvar el descalabro de un sistema económico codicioso y desregulado que alimentaron el rencor sociopolítico de los populismos actuales
Las grandes crisis son como las familias infelices de Tolstói, cada una golpea a su manera. A veces llegan con estrépito; a veces, a cámara superlenta. En ocasiones —casi siempre— la debacle se ve venir y aun así puede llevarse por delante una civilización entera; a veces esos episodios son cisnes negros, imprevisibles y con un poder de destrucción terrible. Casi siempre esa danza macabra llega tras una era de exuberancia, como aquel Nerón tañendo su lira mien...
Las grandes crisis son como las familias infelices de Tolstói, cada una golpea a su manera. A veces llegan con estrépito; a veces, a cámara superlenta. En ocasiones —casi siempre— la debacle se ve venir y aun así puede llevarse por delante una civilización entera; a veces esos episodios son cisnes negros, imprevisibles y con un poder de destrucción terrible. Casi siempre esa danza macabra llega tras una era de exuberancia, como aquel Nerón tañendo su lira mientras ardía Roma.
Viajemos a 2007, a las puertas de la Gran Recesión. El presidente ejecutivo del todopoderoso banco de inversión Goldman Sachs, Lloyd C. Blankfein, cobra un cuantioso bonus de 68 millones de dólares, el mayor de la historia. Nuestro Nerón posmoderno, nacido a mediados de los años cincuenta del siglo pasado en una familia de clase media-baja en el Bronx, hijo de cartero y recepcionista, es el autor de la frase: “Los banqueros hacen el trabajo de Dios”. Justo después de cobrar esa cifra grotesca y de soltar esa frase pecaminosa pincha definitivamente una superburbuja de crédito cebada durante medio siglo a base de codicia y un empacho de ideología canalizada a través de la desregulación de los mercados financieros.
A mediados de septiembre de 2008 cae Lehman Brothers y Estados Unidos, por no decir el mundo entero, se mete en un trimestre del diablo en el que parece que todo, absolutamente todo, se vaya a ir por el desagüe, con empresas y entidades financieras cayendo como fichas de un dominó siniestro. Goldman, también llamado el calamar vampiro, es obligado a metamorfosearse: pasa de ser un banco de inversión (especulativo) a un banco normal (más seguro, al menos sobre el papel) para poder recibir ayudas públicas y salvar el cuello. El Estado salvando a Dios. Cortesías de la crisis.
Por aquel entonces, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero negó la crisis más veces que san Pedro. “Lehman no es nuestro problema”, dice a su vez el zoquete de Peer Steinbrück, ministro de Finanzas alemán. Apenas unos meses después, el primer ejecutivo de BBVA, José Ignacio Goirigolzarri, deja el gran banco español con una suculenta indemnización que suma la cifra mágica de 68 millones de euros, idéntica al bonus de Blankfein, dólar más, euro menos. Equivale a 4.000 años cobrando el salario mínimo interprofesional en España: no es un error de imprenta, son 4.000 años de SMI, tan denostado por los muy liberales banqueros de toda Europa. Justo después la crisis financiera barre la economía española —y la de media Europa: a punto está de llevarse por delante el euro— y el Gobierno de Rajoy solicita un rescate de 100.000 millones de euros a la UE (y colocando a Goirigolzarri en una de las entidades rescatadas). El ministro Luis de Guindos lo llamará “crédito en condiciones ventajosas”: a cambio de tantas ventajas, España se ve obligada a aplicar un programa de recortes y reformas draconiano. La etimología de ese adjetivo procede de Draco, salvaje legislador ateniense.
La Gran Recesión era, es y será la crisis de nuestras vidas; puede conjugarse en presente y en futuro porque no ha terminado. No nos enfrentamos a una repetición —aunque acabará llegando otro lío de grandes dimensiones porque casi nada ha cambiado (ni siquiera los bonus de los banqueros)—, sino a una metástasis: se ha convertido en una crisis política mundial. Toda grave crisis económica mal resuelta termina metamorfoseándose en una crisis sociopolítica. Y la Gran Recesión se resolvió con una mezcla de políticas que han desatado una edad de la ira. Los Gobiernos de todo el mundo rescataron a los bancos (y a los banqueros) con montones de dinero público. Los grandes bancos centrales activaron las impresoras de billetes como si al dinero le faltara poco para pasar de moda. Y Europa aplicó políticas de austeridad a degüello.
Todo ese mejunje trajo una vieja enfermedad económica, la inflación, y las pérdidas de poder adquisitivo sumadas a la brutal desigualdad de un capitalismo al que nadie termina de ponerle bridas han provocado un cabreo morrocotudo entre los perdedores de la globalización y de la revolución tecnológica. El Brexit es el primer síntoma mórbido de ese cóctel de políticas que permitieron parchear el sistema después de la crisis, pero que no cambiaron su naturaleza (a diferencia de lo que sí pasó tras la Gran Depresión de hace un siglo). Aprovechando el caos llegaron también el primer Trump y un puñado de conflictos bélicos, que dejan el tablero geopolítico en una especie de guerra civil global, antesala de la III Guerra Mundial según los apocalípticos. Los populistas se imponen, las democracias se retiran: los ultras pescan en esas aguas revueltas de cinismo, descontento y caos, en una atmósfera densa y venenosa caracterizada por la sensación de que el mundo gira sin control hacia la próxima crisis. Y sin embargo no será la próxima crisis: será la misma, vestida con otros ropajes. No es seguro cuándo ni por dónde llegará, pero llegará: abróchense los cinturones cuando eso ocurra.
Pero será en el futuro, en una galaxia muy lejana. El 15 de septiembre de 2008 este periodista estrenaba una libreta roja en Manhattan para tratar de contar la dichosa crisis a los pies de la sede de Lehman, no muy lejos de Central Park. “Rascacielos como catedrales góticas, y entre ellos un revoltijo de limusinas, unidades móviles y guardas de seguridad giran alrededor de decenas de ejecutivos recién despedidos: en Nueva York el tránsito de la belleza a la desolación se sucede a la velocidad de la luz”, se lee en ese cuaderno. No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman: de ahí la potencia visual de esa cola de jóvenes financieros cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón, con la crisis impregnándolo todo. El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, salió por televisión: “Tal vez el lunes no tengamos economía”. “Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno”, le secundaba un cariacontecido George W. Bush, apóstol del libre mercado. El Congreso estadounidense aprobó una bazuca de 750.000 millones para salvar los bancos esa misma tarde.
Justo entonces, un fotógrafo me dijo que había que irse a Harry’s, un popular bar de Wall Street. Para mi sorpresa, Harry’s estaba a rebosar, con los operadores y corredores de Bolsa descorchando botellas en un ambiente de carnaval. En mitad de “la peor crisis financiera de la historia, incluida la Gran Depresión”, en palabras de Bernanke, corrían el champán y el whisky: Nerón y su lira, en pleno incendio de Roma. Así era y es Wall Street. En Main Street empezaba a gestarse un resentimiento oscuro, un rencor existencial exacerbado por una combinación de populismo de ultraderecha y tecnomagnates que han explotado ese inmenso cabreo para tomar las riendas. Ahí nace el Brexit. De ahí sale Trump y toda la marea ultra, líderes fuertes echando espumarajos por la boca en Oriente y en Occidente, en EE UU y en España, incluso en la Alemania del “nunca más” posnazi. La Gran Recesión y las recetas con las que se parcheó aquel descalabro del sistema sembraron esta especie de pánico ubicuo de la nueva era geopolítica actual. La Gran Crisis sigue ahí, vivita y coleando.