¿Regresará el uribismo al poder?
Quien crea que Uribe está de salida corre el riesgo de equivocarse. No en vano ha sido el principal actor político de lo que va de este siglo

Es innegable que el expresidente Álvaro Uribe está haciendo una campaña electoral inteligente. No sé quién sea su estratega —quizás sea él mismo—. Lo cierto es que viene ejecutando un ejercicio electoral con sagacidad y pragmatismo, guiado por un objetivo estratégico claramente definido: Iván Cepeda no puede ganar, y él no puede perder. Quien crea que Uribe está de salida corre el riesgo de equivocarse. No en vano ha sido el principal actor político de lo que va de este siglo.
Antes de entrar en el análisis, pongo de presente un hecho: de las últimas seis elecciones presidenciales, Uribe ha ganado cuatro —dos con su propio nombre, una con Juan Manuel Santos y otra con Iván Duque—; solo ha perdido con la reelección de Santos y la elección del presidente Gustavo Petro. Y, como si fuera poco, obtuvo una victoria trascendental que desconcertó al mundo: la del plebiscito por la paz en 2016. Es verdad que por un estrecho margen del 0,43 % y con una abstención del 62,59 %, y apelando a armas innobles como la mentira y la manipulación, pero ganó, cuando ni él mismo lo esperaba.
La campaña actual
Comenzó con una explosión de precandidatos que en algún momento superó el centenar. Esto produjo un efecto colateral negativo: impedir que emergieran opciones políticas serias y realmente nuevas. Este vacío fue aprovechado por Abelardo de la Espriella, quien desde el principio se situó en la frontera del país político y el país nacional, con habilidad para mantener canales subterráneos con el establishment. No hay que olvidar que comenzó proponiendo al propio Uribe como vicepresidente, en una figura similar a la ejecutada por Dmitri Medvédev en 2008, cuando fue elegido presidente de Rusia mientras Vladimir Putin —su jefe y mentor— asumía el cargo de primer ministro.
Guiado por el mantra de que Cepeda no puede ganar, Uribe propuso una amplia convergencia que fuese desde Abelardo hasta Fajardo. La iniciativa no prosperó por la negativa del propio Fajardo y por la descalificación a De la Espriella. Al expresidente, sin embargo, se le apareció la Virgen, encarnada en la llamada ‘Gran Coalición por Colombia’, que ni era grande, ni era coalición, ni era por Colombia. Aun así funcionó, gracias a haber logrado vender la idea de que era un experimento democrático. Se juntaron, así, el hambre con las ganas de comer. O para decirlo con las palabras del cantautor Joaquín Sabina: “Yo quería dormir contigo, y tú no querías dormir sola”.
Uribe supo leer el asunto con agudeza y se tomó la coalición, con el ingreso de Paloma Valencia, Vicky Dávila, Juan Carlos Pinzón y Enrique Peñalosa, más la ayuda de Íngrid Betancourt y su partidito de bolsillo, que expidió avales a los dos últimos. De esta manera, la idea original de Mauricio Cárdenas, David Luna y Juan Manuel Galán —de integrar un frente contra Sergio Fajardo para obligarlo a negociar— se convirtió en una marca ‘nueva’, con la presencia de Juan Daniel Oviedo, quien propuso un ‘diálogo entre diferentes’. Las diferencias son, en realidad, solo cosméticas: todos pertenecen al establishment, son neoliberales, inmovilistas y antipetristas. Pese a ello, la ‘coalición’ resultó un éxito mediático indiscutible.
A esto contribuyeron tres actores: De la Espriella, Fajardo y el propio Petro, junto con el Consejo Nacional Electoral (CNE), que impidió con argucias leguleyas la participación de Cepeda. También fue determinante el papel de los medios de comunicación: potenciaron la exposición de la coalición mientras matoneaban a Fajardo, quien solo aparecía para dar explicaciones por su ausencia. Los periodistas convencionales le increpaban un día sí y otro también, lo que nunca hicieron con De la Espriella, quien aportó, no dividiendo el electorado uribista. Así, el triunfo de Paloma era inatajable: en la práctica no tenía rival. Petro, Cepeda y el Pacto Histórico dieron la orden de votar solo para Senado y Cámara y abstenerse en las consultas, la Gran Consulta acaparó toda la atención. Las de Roy Barreras y Daniel Quintero, y la de Claudia López, perdieron toda capacidad de despertar atención. El resultado es conocido: Paloma, candidata presidencial; Oviedo, candidato a la vicepresidencia. Una dupla con gran tirón mediático: una mujer joven con liderazgo, y un gay inteligente capaz de articular un discurso novedoso.
Dos candidatos, una sola partitura
Uribe juega ahora con dos candidatos: uno para sus ‘barras bravas’ y otra dulcificada para que entre gente no uribista. De la Espriella buscará aglutinar los sectores ultraconservadores y antipolíticos; será la mano firme. Paloma, abrirá espacio a los neo-uribistas, tratará de encarnar el ‘corazón grande’. Es una división creativa para ampliar la masa electoral. Los relinchos destemplados del jefe de Salvación Nacional contra Uribe son para distraer a la galería; después de primera vuelta, los dos candidatos estarán unidos, pues comparten el mismo cordón umbilical. Piensan y dicen lo mismo, si bien con lenguajes y acentos distintos. Propugnan por un Estado pequeño, mano dura frente a la inseguridad, más cárceles, más soldados, más policías y alineamiento con Washington.
Lo que viene
Lo que sigue es más simple. La campaña se ha reducido a tres figuras: Cepeda, De la Espriella y Paloma. El ‘voto útil’ se consolida en primera vuelta, impulsado por las encuestas y los principales aparatos mediáticos. Hasta la fecha, Cepeda sigue punteando, sí. No obstante, me temo que en mayo vendrá una ofensiva para satanizarlo al extremo, conforme a las directrices de Uribe. Y no me sorprendería que para esa fecha las encuestas mostraran un crecimiento de El ‘Tigre’, quien rugirá más fuerte, y de Paloma, que volará más alto. Los partidarios de uno y otra se emplearán a fondo. Estratégicamente, Uribe podría optar por el silencio.
No sé qué tanta conciencia de la situación haya en el Pacto Histórico y las fuerzas progresistas. Le atribuyen a Bernard Shaw una frase que viene a la ocasión. Que un optimista es un pesimista mal informado. Creer que Cepeda puede ganar en primera vuelta es una ilusión. Tengo la percepción de que hay exceso de confianza en la capacidad de Petro para mover el electorado y poner la agenda. De hecho, podría suceder que, entre más asoma él la cabeza, más eclipsa a su candidato; al mote de ‘guerrillero comunista’, los adversarios sumarán el de impreparado que lee hasta la más elemental declaración y rehúye el debate. No soy quien para darle consejos a nadie; aun así, me atrevo a decir que Cepeda ha “chupado más rueda” de la que debería, y que debería demostrar que está preparado para asumir la presidencia de la República.
La promesa de continuar el proyecto de Petro no es suficiente para movilizar a las mayorías nacionales. El presidente pareciera haber decidido cerrar su mandato con una discusión ideológica de alto nivel y con el relato de que no lo dejaron hacer el cambio. Decisiones como retirar al ministro de Hacienda de la Junta Directiva del Banco de la República, o sacar a Colombia de los tribunales de arbitramento internacional, son medidas importantes y audaces, aunque de compleja digestión para el común de los ciudadanos.
En suma: la posibilidad de que Uribe regrese al poder es grande, avivar ese temor puede no ser suficiente para ganar la presidencia. Es preciso un relato que ilusione y movilice a las mayorías nacionales no ideologizadas, al país nacional. Si las cosas siguen como van, la campaña electoral será el duelo de un miedo contra otro miedo, sin espacio para la esperanza. El país seguirá igual.







































