Permiso para recordar a Bryce
Leer a Bryce es, entre muchas otras cosas, un remedio contra la soledad. Por eso, creo yo, ha causado tanta desolación su muerte, a pesar de que no tiene nada de imprevisible la muerte de un hombre nacido en 1939


En septiembre de 1997, Alfredo Bryce Echenique estaba presentando en París la traducción francesa de No me esperen en abril, acaso la más picaresca de sus novelas, y en medio de la conversación pública se puso a hablar de las largas descripciones de Balzac. “Cuando Balzac se pone a describir los salones de esas casas parisinas”, decía Bryce, “yo prefiero agarrar por el corredor”. Yo acababa de leer Un mundo para Julius, que había comprado en la Librería Española, y comenzaba a entender dos cosas. Primero, que en Bryce no había literatura sin humor, ese humor amable que todo lo desacraliza, que disuelve la solemnidad y es una de las formas de la inteligencia, y que a Bryce le servía además como un antídoto contra la timidez (le gustaban las palabras de Augusto Monterroso: “El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo”). Y segundo, que uno no lee las novelas de Bryce: uno se instala en ellas, igual que se instala en la casa de un buen amigo, y ni siquiera para leerlas, sino para oírlas.
Pues así es: la magia particular de las novelas de Bryce, la razón por la que sus lectores desarrollan con ellas algo que sólo puedo llamar cariño, es esa oralidad casi mágica que nos produce la impresión engañosa de la compañía. Leer a Bryce es, entre muchas otras cosas, un remedio contra la soledad. Por eso, creo yo, ha causado tanta desolación su muerte, a pesar de que no tiene nada de imprevisible la muerte de un hombre nacido en 1939. Me dio la noticia el periodista Juan Cruz, justamente la persona que me presentó a Bryce, y hubo en esa simetría algo de satisfacción extraña: Bryce fue siempre un aglutinador, un hombre que servía de puente entre los otros, y tal vez por eso nos sentíamos sus amigos incluso los que no lo conocimos bien. “Qué pena tan grande”, me decía Juan Cruz en su mensaje. Y luego: “Se nos van muriendo”. Se refería, por supuesto, a esos novelistas que transformaron la literatura latinoamericana a partir de los años 60, de los cuales fue editor a menudo y ha sido cronista y testigo después. Y es verdad, sí: los que empezamos a leer ficción leyéndolos a ellos nos vamos quedando fatalmente huérfanos.
Nunca me ha dejado de sorprender que sólo tres años lo separaran de Mario Vargas Llosa, pues a veces parece que vinieran, estos dos peruanos de la misma generación, de universos distintos. Las novelas de Bryce son una suerte de contracara o de complemento o de negativo perfecto de las de Vargas Llosa: no sólo no quieren provocar la ilusión de autonomía que Vargas Llosa, heredero de Flaubert, persiguió como si se tratara del Santo grial; es que se preocuparon siempre por destrozar esa autonomía, por recordarnos a los lectores la presencia constante de un narrador caprichoso, digresivo, amigo de las exageraciones y en general poco confiable, pero siempre inteligente, conmovedor y profundamente divertido. Donde Vargas Llosa buscaba que la literatura diera orden y forma a la realidad, imponiéndole una arquitectura que permitiera comprenderla mejor, Bryce quiso no sólo respetar el desorden de la realidad, sino hacerle un homenaje. Sus mejores novelas dan la apariencia de lo caótico, lo incontenible, lo múltiple. Manongo Sterne, se llama el personaje de No me esperen en abril, y no tengo que decir a quién alude ese apellido improbable.
Para Bryce, la amistad era inseparable de la literatura. Y eso acaba teniendo un efecto: vamos a sus novelas –a La vida exagerada de Martín Romaña, por ejemplo, o a El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz– para volver a estar con un amigo. Era mucho más verdadera en su caso la frase que le gustaba tanto repetir a García Márquez: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Yo he vuelto en estos días a sus libros para recuperar esa voz amigable, ese humor que todo lo transforma, esa extraña forma de la ternura que atraviesa, por ejemplo, la maravilla que es Un mundo para Julius. Alguna vez le oí decir a Bryce que éste era el libro suyo que menos quería, y en esa declaración había una curiosa mezcla de gratitud y resentimiento: entendí que el éxito de esa novela temprana se había convertido muy pronto en una losa o un veneno, y muchas veces me pareció que Bryce seguía escribiendo para desmentir a la enorme industria de la envidia literaria latinoamericana, que lo acusaba con frecuencia de ser autor de un solo libro.
No lo fue, claro. No fue autor de un solo libro; ni siquiera fue autor de un solo género. Vayan ustedes a las novelas que he mencionado y añadan, por ejemplo, la conmovedora Reo de nocturnidad (y díganme si hay un mejor título en el mundo para una novela sobre el insomnio), y luego vayan a los cuentos de La felicidad, ja, ja, y luego vayan a las memorias. O las Antimemorias, como las tituló Bryce jugando con Malraux. En Permiso para vivir, el primero de los tres volúmenes memoriosos, Bryce recuerda y cita los versos que le dedicó el decimero peruano Nicomedes Santa Cruz. “Mi biografía en una décima”, escribe Bryce. Pues bien: terminada esa vida y cerrada esa biografía, tal vez sus lectores podamos volver a los versos de Santa Cruz para recordar (o comenzar a recordar) al peruano que se hizo querer de todos.
Limeño mazamorrero,
Blanco con alma de zambo,
Cunda en Larco y en Malambo
Espíritu aventurero.
Pintarte de cuerpo entero
Hace que tu ancestro explique:
De ingleses sin un penique
Y vascos sin una pela
Nació para la novela
Alfredo Bryce Echenique.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































