Los premios Goya y los 10 minutos que merecía María Luisa Solá
Tal vez el encuentro de Susan Sarandon y su actriz de doblaje alargaría la gala, pero no creo que sea la única que piense que habría sido el momento más inolvidable de una noche con poco para recordar. Y además habría hecho justicia
Cuando Sigourney Weaver recibió el Goya Internacional contó que Bill Murray le había dicho que su interpretación era mejor doblada al español, así que consideraba que la actriz que la doblaba debería estar con ella en el escenario. “María, espero que...
Cuando Sigourney Weaver recibió el Goya Internacional contó que Bill Murray le había dicho que su interpretación era mejor doblada al español, así que consideraba que la actriz que la doblaba debería estar con ella en el escenario. “María, espero que me estés viendo esta noche, porque te lo agradezco desde el fondo de mi corazón”.
María es María Luisa Solá, la voz habitual de Weaver. También la de Diane Keaton, Helen Mirren y Glenn Close. Es la voz de la Lauren Bacall de El sueño eterno, la Sarah Connor de Terminator y la princesa Leia de Star Wars. Cuando gritamos el “soy más vieja y mi seguro lo cubre todo” de Tomates verdes fritos, más que a Kathy Bates estamos imitando a Solá.
Es una de las grandes del doblaje patrio donde comparte olimpo con leyendas como Matilde Conesa, Rosa Guiñón, Selica Torcal, Elsa Fábregas o Marta Martorell. Sus nombres tal vez les digan poco, quizás menos sus caras, pero sus voces son una de las causas de la cinefilia de muchos entre los que me encuentro. Sé que el cine debe verse en versión original, pero también que a ese lujo tenemos total acceso desde hace poquito y cuando ni la tecnología ni el Duolingo lo propiciaban, allí estaban los profesionales del doblaje.
Por eso la presencia de Solá el sábado en los Goya me resultó emocionantísima. Y lógica, teniendo en cuenta que es la voz de Susan Sarandon, la galardonada de este año. Es sí, porque a sus 87 sigue en activo. Pero a medida que transcurría la gala empecé a sospechar que no implicaba el homenaje que merecía. Apenas recibió unas palabras de Paula Ribó (Rigoberta Bandini), también actriz de doblaje. “No pueden ser tan cutres”, pensé, “algo va a pasar”, aunque que la cámara enfocase en ese momento a una sorprendida Susan Sarandon parecía anunciar que el que yo consideraba uno de los platos fuertes de la noche no estaba en la carta. La razón la desveló el director de la gala, Tinet Rubira, en La2CAT: “Habrían hecho falta 10 minutos que no teníamos”.
Dos minutos y medio dedicaron en los César un par de días antes al actor de doblaje de Jim Carrey, el premio honorífico de este año, fueron suficientes para emocionar y reivindicar un trabajo amenazado, como tantos, por la IA. Tal vez el encuentro de Solá y Sarandon alargaría la gala, pero no creo que sea la única que piense que habría sido el momento más inolvidable de una noche con poco para recordar. Y además habría hecho justicia.