En minúsculas
Lejos de cualquier mayúscula rimbombante, este periódico se embarcó hace 50 años en contar lo que ocurría con rigor en un contexto de incertidumbres
A mediados de enero de 1976 llegaron a estar en huelga en Madrid más de 300.000 trabajadores. El 1 de febrero salieron en Barcelona a la calle unas 100.000 personas para reclamar libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía; una semana después, el día 8, se realizó otra manifestación, y ahí llovieron palos ...
A mediados de enero de 1976 llegaron a estar en huelga en Madrid más de 300.000 trabajadores. El 1 de febrero salieron en Barcelona a la calle unas 100.000 personas para reclamar libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía; una semana después, el día 8, se realizó otra manifestación, y ahí llovieron palos y hubo centenares de heridos, decenas de detenidos, coches destrozados. El 24 de ese mismo mes, murió un trabajador alcanzado por un tiro de la Policía en otra movilización, en Elda. El 3 de marzo se convocó una asamblea en la parroquia de San Francisco de Asís en Vitoria donde llegaron a juntarse unas 4.000 personas. Las fuerzas del orden público lanzaron gases lacrimógenos para que salieran del recinto y, cuando lo hicieron, los dispersaron con disparos de armas de fuego y de pelotas de goma. Aquello acabó en tres muertos y dos heridos graves, que fallecerían poco después, amén de 47 hospitalizados. Partidos, sindicatos, asociaciones de vecinos, estudiantes y, en fin, gente del más variado pelaje reclamaba cambios en la España de esos días, poco después de que Franco muriera el 20 de noviembre del año anterior. No estaba nada claro cómo se desarrollarían las cosas y, del mismo modo que existían ganas de que llegara la democracia y entusiasmo por impulsar los cambios más urgentes, también había miedo. En ese contexto, el 4 de mayo llegaba a los quioscos un nuevo periódico, EL PAÍS.
El 1 de julio dimitió el último presidente nombrado por la dictadura, Carlos Arias Navarro, y el rey Juan Carlos se decantó entre los tres nombres que le propuso el Consejo del Reino por el de Adolfo Suárez para que liderara las transformaciones que la sociedad española exigía en esos momentos. De todo hace ya 50 años. Un editorial del recién aparecido diario se pronuncia sobre el nuevo presidente y afirma que “la tarea que le aguarda es mucho mayor que las ilusiones que suscita”. No, nada estaba claro, la oposición se mostraba escéptica sobre el alcance que pudieran tener los cambios que Suárez pudiera poner en marcha —si se producían—, los nostálgicos del franquismo le tenían tirria.
Poco a poco, EL PAÍS se fue convirtiendo durante aquellos años en un medio de referencia. O casi mejor, en una compañía que buscaban cada vez más lectores. Había algo en sus páginas que conectaba con sus intereses y proyectos, una manera de hacer las cosas que se alejaba radicalmente de las retóricas rancias de la prensa heredada del régimen anterior y que procuraba acercarse a las cosas con más rigor y con una escritura más sobria, más ágil, más clara —en esa misma dirección remaban otras publicaciones—. Conectaba, además, con la aspiración de la mayoría: convertir España en una democracia.
Lo que en aquellos inicios fue todavía en este periódico algo embrionario terminó con el tiempo cristalizando en una serie de instituciones: el Libro de Estilo, el Estatuto de la Redacción, el Defensor/a del Lector, el Comité de Redacción. Habría que tratar de ellas en minúsculas, por lo que tienen tantas veces las mayúsculas de solemne; no son piezas de museo, siguen vivas, mantienen entrenados los músculos de sus periodistas, sirven de anclaje en tiempos de crisis. Y es que el peligro de un medio que tuvo tanto éxito —y que lo sigue teniendo en momentos muy adversos— es que vaya a todas partes en mayúsculas, dándose un boato del que habría que huir como de la peste y desempeñando las tareas del oficio con prepotencia, como queriendo dar lecciones todo el rato o, incluso, arrogándose la tarea de salvar al mundo.
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