Superestimulados
Esta Semana Santa hemos enloquecido ante conciertos y procesiones. Ansiamos saturar nuestros sentidos con sonidos, olores y visiones espectaculares
Creí haber esquivado los ritos de la Semana Santa cuando, al doblar una esquina y a traición, me choqué con el Cristo Resucitado en Málaga. Mi alma castellana asocia los pasos a la espera, la nocturnidad y el frío, y no a un encuentro casual en una mañana de calor esplendoroso. Pasada la sorpresa me dejé llevar, junto al resto de personas, por la vista de la cat...
Creí haber esquivado los ritos de la Semana Santa cuando, al doblar una esquina y a traición, me choqué con el Cristo Resucitado en Málaga. Mi alma castellana asocia los pasos a la espera, la nocturnidad y el frío, y no a un encuentro casual en una mañana de calor esplendoroso. Pasada la sorpresa me dejé llevar, junto al resto de personas, por la vista de la catedral, el movimiento de una figura que parecía navegar entre olas de gente, el olor a incienso, las cosquillas del sol en la cara y un himno especialmente épico que la acompañaba. El hechizo se deshizo en cuanto me di cuenta de que estaba siendo víctima, cual campesina medieval, del magistral manejo de los estímulos supernormales de la Iglesia Católica.
La idea de estímulo supernormal, supranormal o superestímulo procede de la zoología. En los años cincuenta, Konrad Lorenz y Niko Tinbergen se dieron cuenta de que algunas aves, siguiendo sus instintos, preferían una imitación exagerada del estímulo que movía su conducta al fenómeno natural. Por el bien de la ciencia, los biólogos cambiaron los huevos pequeños y grisáceos de unos pobres pájaros por otros enormes, fabricados con yeso y pintados de azul fluorescente con lunares negros. Los bichos, confundidos, intentaron incubar inútilmente los monstruosos huevos artificiales. Fenómenos similares se repetían en otros animales, y pronto se trasladó el concepto a los humanos y su tendencia a llevar al límite los sentidos: la comida basura enloquece las papilas gustativas de formas que no consigue una manzana; unos pechos o unos labios artificialmente grandes despiertan más deseo que los convencionales; un móvil brilla más ante nuestros ojos que el simple horizonte.
Desde las rutas de la sal, las especias y los perfumes a la construcción de catedrales góticas pasando por la invención de la tele, la historia de la humanidad es un intento de perseguir la intensidad. Pero, ¿qué ocurre cuando ya la hemos alcanzado? ¿Cuando pasamos buena parte de nuestros días en entornos digitales que parecen inmóviles pero son demasiado estimulantes? Puede que, al normalizar el exceso virtual, exijamos más al mundo físico. Le pedimos más vida a la vida.
Esta Semana Santa enloquecimos colectivamente ante las procesiones y los conciertos de Rosalía y lo mostramos en Instagram. Más que una necesidad religiosa o de comunión espiritual creo que se ha debido a un impulso físico y sensorial. Ansiamos saturar nuestros sentidos, insensibilizados por la supernormalidad de las pantallas, con sonidos, olores y visiones analógicas más espectaculares que las digitales, y nos dejamos llevar por los trucos de la escenografía religiosa y artística para experimentar la inmersión total. “¡Es que parece una obra de teatro! ¡Una ópera!”, decía a este periódico una asistente al segundo concierto de Lux. Los puntos turísticos no dan abasto tras la pandemia y la demanda de música en vivo ha aumentado. Luego, compartimos los rituales en internet, ampliándolos. Los influyentes profesionales nos venden vídeos de éxtasis y resurrección donde antes solo veíamos fotos de vino y torrijas. No es fácil, porque nos pasan demasiadas cosas en el móvil: en un solo día, el martes pasado, Donald Trump amenazó con destruir una civilización, se publicaron fotos de la cara oculta de la luna y Anthropic dijo haber frenado la difusión de una tecnología por poner en riesgo la seguridad informática mundial. La realidad es un huevo azul fluorescente estampado con lunares que incubamos con esmero.