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Esta guerra se empantana

Al prolongarse la guerra relámpago (remedo del ‘blitzkrieg’ pardo), lo único que queda veloz es la propaganda torpe

El presidente de EE UU, Donald Trump, junto al secretario de Estado Marco Rubio, responde a una pregunta de los medios de comunicación, en el Jardín Sur de la Casa Blanca, en Washington (EE UU), el pasado 20 de marzo. SHAWN THEW / POOL (EFE)

Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, ...

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Esta guerra se empantana. Debía ser un paseo militar. Cosa de cuatro días. Llevamos tres semanas. ¿El objetivo? Antes de la agresión, Donald Trump convocó a los iraníes a rebelarse contra los ayatolás. Sin éxito. Así que inutilizó a Jameneí I (y parte de su corte), un remedo del modelo venezolano.

Desvanecida la tiranía, la tiranía se reencarnó en el retoño Jameneí II. Como no aparece, se le declara fantasma desfigurado. La propaganda es básica en guerra. De hecho, es arma esencial, como procuró Joseph Goebbels con sus mentiras. Pero lo hizo de forma superior Thomas Mann en sus verdades radiofónicas contra el nazismo, desde el exilio en EE UU (“Oíd, alemanes”): condición de eficacia de ese género es que tenga alguna apoyatura real.

Al prolongarse la guerra relámpago (remedo del blitzkrieg pardo), lo único que queda veloz es la propaganda torpe. Y su auto-derribo por contraste con la realidad. La “amenaza nuclear inminente” de los curas islamistas ―esgrimida como coartada para la agresión― capotaba ante quienes recordasen que, tras los bombardeos de junio, Trump declaró destruido el potencial atómico iraní.

Las nuevas “armas de destrucción masiva” ―como se denominó a las inexistentes de Sadam Hussein en 2003― fueron negadas esta semana por uno de los más conocedores, el director de la Agencia Nacional Antiterrorista, Joe Kent, quien “por conciencia” dimitió por haberse engañado al pueblo: Kent no es trotskista, sino un ferviente de Trump, y del asalto al Congreso.

Y así con todo en el agit-prop de la Casa Blanca y del tertuliano del Pentágono. Hemos destruido su aviación, pero nos tumban la joya de la corona: ¡un F-35! La guerra nos hace ricos, pero pedimos al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para “matar a los malos”. Estamos ganando “de forma decisiva” o la guerra está casi “ganada”, y nos bombardean los depósitos de gas y petróleo de los jeques amigos o nos cierran el estrecho de Ormuz. Pedimos ayuda a nuestros ex aliados europeos para desbloquearlo, y al recibir calabazas, resulta que “no necesitamos a nadie”. Propaganda-bazofia, contraste ante el Thomas Mann de los añorados EE UU en la era Franklin Roosevelt.

Todo son cortinas de humo para ocultar esto: si Irán nunca ganará militarmente la guerra, por el abismo entre fuerzas, tampoco EE UU va ganando. Los bombardeos aéreos no bastan ante un enemigo con apoyo social suficiente, aunque sea minoritario. Y emprender una escalada en forma de invasión terrestre a gran escala sería suicida frente a bastantes de los 95 millones de iraníes; o de resultado nada definitivo si se busca un mero “efecto demostración”.

Ojo a las derrotas del invencible: Vietnam, Afganistán. O a su victoria de Irak, el peor fracaso político. ¿Para qué tanto “poder duro”? No es solo que esta no sea nuestra guerra. Es que es la más idiota de la historia.

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