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La persistente exigencia del 8-M

El feminismo reivindica la igualdad como motor para el avance de la democracia en un contexto de regresión y guerra

Manifestación por el Día Internacional de las Mujeres en Sevilla, este domingo. PACO PUENTES

Las mujeres salieron ayer a las calles para celebrar el 8-M, una jornada que cada año justifica su necesidad para reflexionar sobre el lugar de las mujeres en nuestra sociedad: felicitarse por lo alcanzado, denunciar y reivindicar lo que falta. Miles de personas se manifestaron en las ciudades de España, en una reivindicación que no fue ajena al momento político nacional y mundial. El movimiento sacó a la calle el antifascismo, ante el ascenso de la extrema derecha que amenaza con revertir los avances en igualdad, y el pacifismo, ante el contexto de escalada bélica. A pesar de las divisiones, las manifestaciones masivas fueron una nueva demostración de vigor en un país donde hace apenas medio siglo las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria sin permiso de sus maridos y ha sido su empeño el que ha sacado adelante leyes que han convertido el país en un referente internacional. En España, el feminismo ha demostrado ser una fuerza esencial de progreso.

Pero como se gritó en las calles ayer, la igualdad legal no ha eliminado la brecha real: los hombres ganan de media un 20% más que las mujeres; el 75% de los contratos a tiempo parcial son de trabajadoras, y dos millones de mujeres no trabajan porque asumen el cuidado de familiares. En 2025 se denunciaron cada día 53 agresiones sexuales; 2,7 millones de españolas han vivido violencia física o sexual de su pareja o expareja; han muerto 1.351 mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003; solo en lo que va de año, 10 mujeres y 2 niños. El 65% de las personas atendidas por Cáritas son mujeres. Nunca ha habido una mujer al frente de alguno de los dos grandes partidos. Solo el 17,5% de las empresas creadas en 2025 fueron fundadas por mujeres (menos que el año anterior) y la presencia femenina en puestos directivos ha bajado al 24,3%. Aunque las juezas son más de la mitad de la carrera judicial, no ocupan ni la cuarta parte de los cargos de designación discrecional.

La igualdad avanza muy despacio. Pero lo más preocupante hoy no es la lentitud, sino el riesgo de retroceso. El antifeminismo está cada vez más presente en el discurso público y la idealización de un pasado oscuro para las mujeres se extiende por las redes sociales, a través de las cuales cala sobre todo entre los más jóvenes.

Tampoco han estado este año a la altura de las mujeres las instituciones encargadas de revertir estas realidades: altos cargos policiales aterrorizando a subordinadas; diputados tratando a mujeres como mercancía; partidos acallando las denuncias por acoso contra destacados dirigentes; fallos de pulseras telemáticas para la protección de las víctimas de maltrato que fueron ignorados por el Ministerio de Igualdad; ocultación de resultados de cáncer de mama en Andalucía para “no preocupar” a las pacientes… Son fallas en el sistema inaceptables, como lo es que seis mujeres asesinadas este año sí habían denunciado a sus agresores. Las mujeres que alzan la voz quedan expuestas a todo tipo de violencias, ya sea en los casos públicos como en la escala laboral o familiar. No basta con las leyes, hacen falta voluntad y recursos para cumplirlas, canales de denuncia seguros y mucha pedagogía.

La sociedad debe reflexionar sobre las maneras de conquistar la igualdad real. Las posturas reaccionarias han adquirido un protagonismo inédito en lo que va de siglo y el feminismo tiene la oportunidad de reivindicarse como fuerza de transformación para hombres y mujeres. Como el cambio poderoso que simboliza el rostro descubierto de Gisèle Pelicot y sus inspiradoras palabras para las víctimas del machismo: “No tengáis vergüenza. No tengáis miedo”.

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