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Cuba, país borrado

Tras 67 años, el régimen castrista solo ha traído una devastación que tardará años reconstruir

Un bicitaxi en una calle de La Habana.Ernesto Mastrascusa (EFE)

Se ha dicho hasta la saciedad que la culpa es de los yanquis. Que todo habría sido distinto sin el embargo. Se omite, claro, que el embargo nunca ha sido tal, que Cuba ha comerciado con muchísimos países. En el mismo sentido, se ha llevado a alturas mitológicas el argumento de los logros que el régimen castrista alcanzó a tener en salud y educación. Menudos logros subsidiados por el totalitarismo soviético. Valiente educación que ordenaba a los lectores qué leer y qué no leer. La verdad es otra.

Todo comenzó cuando el barbado redentor bajó de la Sierra Maestra con la actitud que recoger...

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Se ha dicho hasta la saciedad que la culpa es de los yanquis. Que todo habría sido distinto sin el embargo. Se omite, claro, que el embargo nunca ha sido tal, que Cuba ha comerciado con muchísimos países. En el mismo sentido, se ha llevado a alturas mitológicas el argumento de los logros que el régimen castrista alcanzó a tener en salud y educación. Menudos logros subsidiados por el totalitarismo soviético. Valiente educación que ordenaba a los lectores qué leer y qué no leer. La verdad es otra.

Todo comenzó cuando el barbado redentor bajó de la Sierra Maestra con la actitud que recogería una canción que se volvió popular: “Y aquí pensaban seguir / jugando a la democracia / y el pueblo que en su desgracia / se acabara de morir /(...)/ Y se acabó la diversión / Llegó el Comandante / y mandó a parar”.

Detengámonos en cada línea. Bajo el régimen de Fulgencio Batista, Cuba no “jugaba a la democracia”: era una dictadura brutal que había interrumpido la continuidad republicana. Al llegar el Comandante no la “mandó a parar”. Más bien instauró la primera dictadura del continente que no se avergonzaba de su nombre: concentración absoluta del poder en su persona, supresión de todo vestigio de un Estado de derecho; abolición de todas las libertades, partido único, dogma marxista, campos de reeducación y trabajo, persecución de homosexuales, presos políticos, espionaje y control institucionalizados a cargo de los CDR, Comités de Defensa de la Revolución, que Fidel llamó “un millón de tapabocas”. Un estalinismo con palmeras subsidiado por la patria de Stalin.

En vísperas de la Revolución, “el pueblo no estaba por morir”. Cuba tenía el tercer producto bruto per capita más alto de la zona (superado por Venezuela y Uruguay), la mayor ingesta de proteínas (detrás de Argentina y Uruguay), producía el 80% de sus alimentos y era uno de los países líderes en servicios médicos y educativos. En 1958, para una población de poco más de seis millones de habitantes, había 6.325.000 reses, es decir, una por persona. El consumo anual per capita de carne de res había subido a 50 kilos.

Y sin embargo, “llegó el Comandante y mandó a parar”... para siempre. Primero las grandes empresas, luego las empresas medianas y finalmente las pequeñas empresas, germen maligno del capitalismo que era preciso erradicar. Increíblemente, en unos cuantos días de 1968 los CDR expropiaron 58.000 pequeños negocios (incluyendo puestos ambulantes de comida, reparación de calzado, academias de música, salones de belleza, talleres de costura, lavanderías, peluquerías, bares). Paradójicamente, buena parte de esos negocios habían sido creados después de la Revolución. Muchos de aquellos empresarios “pequeñoburgueses” fueron obligados a realizar trabajos de labor intensiva en agricultura o construcción. Y ese año se eliminaron también las pequeñas parcelas campesinas dentro de las granjas estatales (antes las cooperativas se habían convertido en granjas estatales). Fidel fue más allá de abolir el capitalismo: abolió el mercado. La única empresa que el Comandante no “mandó a parar” fue la suya propia: Fidel aspiró a ser el único empresario, el empresario total, en una isla sin empresarios. Pero, eso sí, en su mesa nunca faltó la langosta.

Cuando a fines de los ochenta cesó el subsidio soviético (65.000 millones de dólares entre 1960 y 1990) Fidel tuvo la oportunidad de emular a China y abrir la economía (aún conservando el poder total). Por supuesto, la desdeñó. Hugo Chávez reinstauró un subsidio superior al ruso (13.000 millones de dólares, solo en 2010). Frente a la improductividad crónica de las empresas estatales manejadas por la nomenklatura política y militar, Raúl declaró: “Cuba es el único país donde la gente puede vivir sin trabajar”. Y sin embargo se rehusó a introducir una genuina reforma económica, no se diga a considerar por un minuto la apertura política.

Tras 67 años de revolución, Cuba se encuentra en la situación inversa a la de 1958. En 2023 la producción azucarera era un 5% que la de 1958, mientras que el ganado porcino cayó a un tercio entre 1958 y 2024. Hace mucho tiempo que Cuba importa más del 80% de los alimentos que consume. En los primeros cinco meses de 2025 las importaciones desde Estados Unidos (pollo, leche en polvo, carne de cerdo) superaron los 200 millones de dólares, un 16,6% más que el año anterior. Entre 1985 y 2023 las exportaciones cubanas disminuyeron en 78%. Hay 2,9 millones de reses para poco más de 9 millones de habitantes, pero matar vacas está severamente penado. El consumo anual per capita de carne de res es de 438 gramos: el 0,8% que en 1958.

¿Es esta toda la verdad? No. La verdad es mucho peor. Me escribe Miriam Cabrera Infante: Cuba es un país borrado, sus bellísimos edificios son escombros donde la gente se sienta para morirse. Dicen que el mal olor es inaguantable. Cuba, que olía tan bien, es lo que más recuerdo y añoro: ¡cómo se pasaba del jazmín a la gardenia, al galán de noche, a la madreselva, al platanito maduro frito, miles de olores maravillosos que el trópico acentúa! Por desgracia ahora solo acentúa la peste, hasta las plantas se ven mustias, y la gente es otra…

De las cenizas de varias generaciones Cuba tendrá que reconstruirse. Y la gente volverá a leer con libertad. A leer a Guillermo Cabrera Infante.

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