El debate | ¿Debe Europa reanudar el diálogo directo con Vladímir Putin?
Cuando la guerra a gran escala en Ucrania entra en su quinto año, Francia e Italia abogan por retomar los contactos de primera mano con Rusia
El 24 de febrero de 2022, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, ordenó una invasión a gran escala del territorio de Ucrania en lo que denominó una “operación militar especial”, que se sumaba a la anexión de Crimea en 2014 y la subsiguiente ocupación informal de parte de las provincias de Donetsk y Lugansk. ...
El 24 de febrero de 2022, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, ordenó una invasión a gran escala del territorio de Ucrania en lo que denominó una “operación militar especial”, que se sumaba a la anexión de Crimea en 2014 y la subsiguiente ocupación informal de parte de las provincias de Donetsk y Lugansk. Cuatro años después, el Kremlin no ha logrado sus objetivos de derrocar al Gobierno de Volodímir Zelenski y garantizar el reconocimiento internacional de los territorios que ocupa en Ucrania. La guerra es una espada de Damocles colgada sobre el futuro de Europa y, ante los escasos avances tanto en el campo de batalla como en las conversaciones bilaterales entre Ucrania y Rusia, países como Francia o Italia han abogado por reatar los contactos directos con el Kremlin. ¿Es una buena idea? Los analistas Ignacio Molina, del Real Instituto Elcano, y Nicolás de Pedro, del Institute for Statecraft de Londres, debaten sobre la cuestión.
Hablar para no dejar a Ucrania sola
Ignacio Molina
Hace cuatro años, cuando Rusia lanzó su ataque a gran escala contra Ucrania, las capitales europeas —entonces en plena sintonía con la Casa Blanca— decidieron romper cualquier canal de contacto político con el Kremlin. Hasta la víspera se había intentado dialogar, como atestigua aquella imagen de una inmensa mesa a cuyos extremos se sentaban Vladímir Putin y Emmanuel Macron. Pero, una vez iniciada la guerra, parecía razonable subrayar que no se iba a normalizar la violencia ni el maximalismo del invasor con intentos diplomáticos, por otro lado condenados al fracaso. Y no se trataba solo de una sanción simbólica. El aislamiento servía en sí mismo como instrumento de presión y, además, evitaba que Moscú usara los encuentros para dividir a los aliados y extraer concesiones bilaterales.
La estrategia ha funcionado solo a medias. Rusia sufre hoy los costes acumulados durante mucho tiempo de ser un estado paria para Europa, pero buena parte del mundo sí que se relaciona con el agresor y, lo que es peor, la unidad occidental se ha ido erosionando. La deslealtad habitual de Hungría y, sobre todo, la imprevisibilidad de Estados Unidos desde hace un año reducen la eficacia de esa falta total de comunicación. Mientras tanto, rusos y ucranios sí se sientan a la mesa. A una mesa en la que no solo se discute de un posible alto el fuego, de intercambio de prisioneros, o de aceptar dolorosas pérdidas en el territorio nacional, sino donde también se rediseña la arquitectura de seguridad de todo el continente; en un momento, además, en que EE UU ha dejado de ser el gran disuasor confiable.
Por eso hay voces, lideradas por Francia a Italia, que exponen poderosas razones para tratar de sentarse también. No se trata de legitimar la invasión, sino de acompañar al agredido. Un acompañamiento para, por ejemplo, plantear la postura común sobre la reconstrucción (y el papel a interpretar tanto por el dinero europeo como por los activos rusos congelados en Bélgica), el camino de Ucrania hacia la UE (una vez descartada la OTAN), las cesiones territoriales de facto (que no pueden ser anexiones de iure) o las condiciones de garantía futura para evitar nuevos ataques (que seguramente implicarán el despliegue de nuestras tropas en suelo tan peligroso).
Si no se está, se pierde capacidad de condicionar, de verificar, de apuntar posibles levantamientos de sanciones. Y, en el peor de los casos, si el conflicto se mantiene e incluso se recrudece, el contacto con Rusia ayuda a gestionar el riesgo de escalada; máxime cuando, en los últimos días, se ha vuelto a agitar la amenaza nuclear. Incluso en el peor momento de la Guerra Fría hubo teléfono rojo para evitar incidentes o malentendidos.
Desde luego, hablar no significa ceder. Al contrario, es un modo de recordar de modo directo a Putin que la presión continuará y que Ucrania no está ni estará sola. Y, por lo que hace a la coherencia entre los Veintisiete, se trata de que la interlocución esté coordinada desde Bruselas; por ejemplo, a través de un enviado especial (que difícilmente podrá ser la actual Alta Representante). Así se evita que Moscú trate por separado con las capitales europeas: una tentación casi imposible de evitar con el enfoque actual, porque la competencia de política exterior sigue estando en manos de cada uno de los Estados miembros y hay al menos tres (Hungría, Eslovaquia y República Checa) que no creen en la unidad. Cada día que pase, el riesgo de que el frente común se deshaga en intentos diplomáticos nacionales dispersos es mayor.
En el fondo, como reconocen todos a regañadientes, no se discute sobre la conveniencia de hablar sino sobre cuándo hacerlo. Los que quieren que sea ya priorizan no quedar fuera de lo que se está hablando entre Moscú, Kiev y Washington. Los que sostienen que es mejor retrasar el momento inevitable del diálogo creen que hay que mantener la credibilidad de las sanciones y, desde luego, evitar que Putin no tome en serio la firmeza europea. Porque ese puede ser, al fin y al cabo, el problema real. Que sea Rusia la que no tiene ningún interés ni incentivo en hablar con nosotros.
Los hechos son más elocuentes que los gestos
Nicolás de Pedro
Defender que Europa no dialogue directamente con Vladímir Putin sobre un conflicto que va a condicionar radicalmente nuestro futuro puede resultar indigesto para muchos lectores —¡cómo no vamos a participar los europeos en un diálogo sobre Europa!—. Sin embargo, poner el foco en ese hipotético diálogo es un error que, aunque resulte contraintuitivo, ni facilitará la paz, ni que los europeos puedan moldear decisivamente un nuevo orden de seguridad continental.
Para empezar, no hay ninguna negociación real en marcha y nada sugiere que Moscú tenga voluntad de alcanzar ningún acuerdo. En estos cuatro años de guerra, no se ha movido ni un milímetro: sigue exigiendo la capitulación de Ucrania y le niega su derecho a existir, tanto como Estado soberano e independiente como en la forma de una identidad nacional ucrania desgajada de la identidad imperial rusa. Así que Rusia no está negociando, sino que está tratando de derrotar política y diplomáticamente a Kiev (y sus aliados europeos), lejos del frente bélico, donde no consigue imponerse. La variable clave en este juego es la atención y el favor de Donald Trump y parte de su entorno. De ahí la simulación a la que asistimos y la importancia de que los europeos no confundan la forma con el fondo.
Además, aunque hablemos de Europa, cuando se trata de la paz y la guerra, lo que existe son los estados miembros, no la Unión Europea. La UE es mucho más que una suma de países, pero aún bastante menos que un Estado y está lejos de poder actuar como un actor estratégico. No es solo que los estados miembros tengan culturas estratégicas e intereses nacionales distintos (y no siempre compatibles), sino que la defensa europea —azuzada por Washington y atemorizada por Moscú— vive un acelerado proceso de regionalización y ya veremos si de fragmentación.
Y esa es una debilidad que Rusia ha explotado eficazmente en el pasado, con resultados nefastos para la UE. Y será de nuevo fácil para el Kremlin cuando la conversación gira en torno al quién: ¿Emmanuel Macron en lugar de la ninguneada Kaja Kallas o el desaparecido António Costa? ¿Un triunvirato de Macron, con Friedrich Merz y Keir Starmer? ¿Y por qué no Giorgia Meloni y Alexander Stubb? Una conversación, en cualquier caso, estéril —ninguno de ellos influirá en Putin— pero que consumirá las energías europeas.
Centrados en los focos y en la visibilidad de las cumbres, es fácil perder de vista lo sustancial: qué se quiere conseguir y a qué precio; y lo cierto es que Europa no dispone aún de una hoja de ruta sólida y convincente. Y eso conduce a la frustración y a ignorar los términos reales de la conversación. Así, por ejemplo, se debate de nuevo la posibilidad de que Ucrania acepte de facto (pero no de iure) una pérdida territorial a cambio de un rápido acercamiento a la UE, moldeado a imagen de la Alemania dividida de posguerra o la actual Chipre. Suena bien y razonable, pero no está sobre la mesa. Entre otras razones, porque Europa no ha mostrado ni la voluntad ni la fuerza para imponerlo.
Europa debe, por ello, “dialogar” por medio de acciones concretas que desbaraten el cálculo de costes e incentivos del Kremlin y le obliguen, finalmente, a aceptar un diálogo y negociación real. Y se puede empezar por cosas relativamente sencillas como impedir que empresas europeas sigan contribuyendo al esfuerzo bélico ruso sorteando el régimen de sanciones vía Hong Kong; o convencer a Washington de que Ucrania participe en la cumbre de la OTAN en julio. Porque, guste o no, el vínculo transatlántico —con su paraguas nuclear— sigue siendo la clave de bóveda de la disuasión frente a Rusia. Así que, aunque sea un trago amargo, Europa debe navegar las turbulencias noratlánticas con cintura, pragmatismo y sentido estratégico para disponer de tiempo para rearmarse de forma robusta y creíble. Solo así alejará el fantasma de un ataque ruso directo contra un (otro) país europeo y será capaz de sostener por sí misma la paz y la estabilidad en el continente.