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La divina Ayuso

Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia

La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tie...

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La divina Ayuso aparece en vídeo en una gala donde los presentes han pagado hasta 50.000 euros por entrada en la residencia privada de Donald Trump. Voilà! Con impunidad pizpireta, equipara al Gobierno mexicano con la dictadura cubana. Por supuesto, la presidenta no tiene competencias en política exterior y lo que hace en Mar-a-Lago no es diplomacia: Ayuso construye su perfil internacional en la cloaca de la nueva derecha global, donde la libertad se define por lo que condenas. Cuando todo lo que no es liberalismo de mercado es dictadura o narcoestado, esas dos palabras se vacían de significado. Es su función: permitir que quien dice defender la libertad se alíe con Trump, el mismo que dispara contra ciudadanos, amenaza con invadir territorios aliados, deporta masivamente y desmantela instituciones sin que importe. La libertad, en boca de Ayuso, no es un principio sino una marca que aplica selectivamente: libertad para Milei, dictadura para Sheinbaum. El criterio no es democrático sino de bando.

Mientras, por aquí, la Comunidad cercena la subvención del Círculo de Bellas Artes. No es una anécdota cultural sino un método de gobierno. Cuando desde la Consejería de Cultura se dice “hacéis cosas que no nos gustan” no están opinando: es un aviso. El cambio de modelo de financiación ―de subvención fija a dinero por proyecto aprobado por la Consejería― no es una mera reforma administrativa, sino la introducción de un principio de condicionalidad que transforma la relación cultura-poder. Solo se financia lo que “casa con el interés institucional”, es decir, del Gobierno. No hace falta prohibir, basta con que se aprenda que la independencia tiene un precio. Es censura sin censura, disciplinamiento sin huella formal. Y es un patrón. La misma lógica opera en la sanidad pública, degradada mientras se impulsa la privada; o en la universidad pública, asfixiada mientras crecen centros para ricos y la educación que apunta al “pin parental”, la santa moral de vuelta a la familia.

Lo que conecta Mar-a-Lago con la calle de Alcalá no es hipocresía, sino coherencia. Es un proyecto que tiene dos brazos: el simbólico, que construye una identidad internacional alineada con la nueva derecha global; y el material, que desmantela los espacios donde se produce un lenguaje alternativo. Los dos brazos trabajan juntos: el primero ofrece una narrativa mientras el segundo elimina los lugares donde podrían producirse narrativas distintas. Los ataques a la universidad, la sanidad o la cultura producen el mismo efecto: borrar los sitios donde las personas se encuentran como ciudadanas, no como consumidoras; donde adquieren un lenguaje para pensar colectivamente; donde la desigualdad se hace visible como problema político y no como fracaso individual. Cuando esos espacios desaparecen, lo que queda son individuos aislados, sin vocabulario democrático, cuyo malestar solo puede canalizarse a través del resentimiento, la identidad o la moral tradicional. Es el electorado perfecto para la derecha que Ayuso representa. Y aquí está el giro más oscuro: Ayuso no necesita que la gente sea de derechas. Necesita que no tenga las herramientas para ser otra cosa. No necesita convencer sino vaciar. No necesita ganar el argumento sino destruir el espacio donde los argumentos alternativos se producen. Wendy Brown lo llama “desdemocratización”. No es la supresión de la democracia formal; es la eliminación de las condiciones materiales y culturales que posibilitan la práctica democrática. En Mar-a-Lago se llama “mundo libre”; en Madrid “cambio de modelo”, y esconde algo más peligroso que una dictadura declarada porque no tiene nombre, ni huella, y cuando quieres denunciarlo te responden: ¡Es la libertad, carajo!

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