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En manos de la extrema derecha

La impotencia de Europa ante el avance de las fuerzas reaccionarias, alentado por Trump, resulta alarmante

1. El auge de las extremas derechas europeas coincide con una regresión de las izquierdas, cada vez más descoloridas en un momento en que la palabra socialdemocracia es casi un tabú. Las cosas no ocurren por casualidad, y la ruptura con la tradición democrática que representa Donald Trump, y que viene arrastrando a amplios sectores con la furia con la que el presidente estadounidense pretende romper las normas estable...

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1. El auge de las extremas derechas europeas coincide con una regresión de las izquierdas, cada vez más descoloridas en un momento en que la palabra socialdemocracia es casi un tabú. Las cosas no ocurren por casualidad, y la ruptura con la tradición democrática que representa Donald Trump, y que viene arrastrando a amplios sectores con la furia con la que el presidente estadounidense pretende romper las normas establecidas situándose más allá de la legalidad, pone en evidencia los fracasos y las ligerezas no sólo de Estados Unidos sino también de las democracias europeas, que están pasando de la naturalidad de las alternancias al ruido populista. Y España va camino de ser un ejemplo canónico de esta evolución, que en el fondo no es más que el resultado de una transición en los poderes económicos que impone cambios políticos reactivos, en detrimento de las instituciones democráticas. El tabú ha caído al primer envite: el PP ya asume que va de la mano con Vox para alcanzar el poder.

Los populismos acechan, con una novedad interesante ensayada por Trump: las fronteras geográficas y políticas se desdibujan a la hora de imponer la lógica del más fuerte. El caso de Venezuela es ahora mismo referencial, y sus próximas secuencias pueden ser indiciarias de una estrategia que pone los resultados por delante de las afinidades. La pregunta es si estamos en el principio de una era en la que los populismos adquieren una nueva dimensión o al final de un intento —el proyecto de Trump— que puede explosionar en cualquier momento. En buena parte, dependerá del rendimiento que hayan obtenido quienes le auparon.

De momento, las fronteras, tanto las geográficas como las políticas, ya no son lo que eran. El más fuerte se otorga licencia para cruzar. Trump da un golpe militar espectáculo que se interpreta como el intento de tumbar al chavismo. En la lógica del golpismo capitalista, la derecha venezolana daba por hecho que se abría su turno. Y resulta que Trump tenía atado al chavismo, en una operación que cada vez da más síntomas de apaño pactado. Para celebrarlo, es decir, para dar por sellada la apuesta, Delcy Rodríguez proclama una amnistía, y la derecha venezolana entra en estado de perplejidad. No nos adelantemos. Estos cambios de relato pueden dar todavía muchos giros. Pero lo cierto es que Trump ha dejado claro que lo que le importa es el resultado —la industria venezolana del petróleo al servicio de los inversores americanos— y que no tiene ningún empacho en dar nueva vida a los enemigos si se aprestan a compartir el trabajo sucio y se pliegan a sus exigencias, garantizando el control del país. Continuará. Lo que de momento está claro es que Trump ha descolocado al personal. ¿Le seguirán los poderes americanos que le entronizaron? Al final, acabar con los debates ideológicos e imponer la ley al que se adapta, independientemente de su pasado, puede ser una forma ventajosa de explotación.

2. Conforme al modelo puesto en marcha, el presidente estadounidense, quizás con excesivo desparpajo, pero esa es su manera de estar en el mundo, anticipó la próxima conquista: Groenlandia. La reacción de Europa no ha dejado de transmitir señales de inseguridad y miedo. Sin embargo, la amenaza se ha enfriado. ¿Hasta cuándo? En buena parte, la clave de esta historia está en si hay trumpistas después de Trump. O si muerto el jefe se acabó la rabia. Pero el lado visible del espectáculo no debería provocar una cierta negación de la realidad. Y esta, como se ve diariamente, evidencia que el autoritarismo está capitalizando la impotencia de la socialdemocracia, incapaz de defender el marco de libertades y bienestar que parecía consolidado en Europa.

Desconcertadas por las incertezas que las abruman, empezando por el derecho a la vivienda y al trabajo, las clases medias y populares buscan alternativas, y ahí están las extremas derechas atrayendo al personal con el ruido aportado por la histeria nacionalista y señalando a la inmigración —por otra parte, sin problema para explotarla cuando la necesitan— como la amenaza que se come el bienestar de los ciudadanos. Es la criminalización de los extranjeros que vienen a apoderarse de nuestras tierras, convertidos en responsables de cualquier desgracia que nos aceche.

3. En Europa, las derechas aceleran en esta dirección: claudican a diario ante Trump y renuncian a la más elemental autonomía, sin que las izquierdas capitalicen la situación. Hemos llegado a un punto en que, ahora mismo, el Gobierno de Pedro Sánchez pasa por ser uno de los raros reductos de la socialdemocracia. Mientras, Vox se las promete felices robándole espacio al PP y ganando reconocimiento entre jóvenes y mayores, con Feijóo a remolque, incapaz de plantar cara a Abascal. Transmite la sensación de que le compra parte del discurso, olvidando que el votante por lo general prefiere el original a la copia.

La impotencia de Europa es alarmante, atenazada entre Estados Unidos y Rusia, que lidian su duelo pasando por encima de una Unión Europea cada vez más convertida en patética y resignada espectadora de lo que se le viene encima. Lo vemos en España: la derecha se enfrasca en la descalificación permanente del adversario, Sánchez en este caso, con el PP cada vez más entregado al seguidismo de la extrema derecha, que es la enfermedad que se ha ido contagiando en Europa, ante la desfiguración acelerada de las derechas tradicionales (conservadores, liberales y democratacristianos), que, junto con la socialdemocracia, eran los pilares de la Unión. ¿Hasta dónde alcanzará esta deriva? Una reacción contra Trump de la sociedad estadounidense en las próximas elecciones legislativas podría ser un indicio de que aún no está todo perdido.

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