El avance de la reacción no se resuelve con silencio
Es precisa una polarización democrática que haga frente a la transformación autoritaria de los Estados modernos
El avance reaccionario ya no es una amenaza futura: es un proyecto político en marcha. En España y a escala global se abre paso una ofensiva que busca desandar conquistas democráticas recientes y poner en cuestión derechos, consensos y límites que parecían firmes. ...
El avance reaccionario ya no es una amenaza futura: es un proyecto político en marcha. En España y a escala global se abre paso una ofensiva que busca desandar conquistas democráticas recientes y poner en cuestión derechos, consensos y límites que parecían firmes. El ataque de Trump a Venezuela y la desnudez de sus intenciones es el giro último, la transición necesaria de las narrativas de odio a su práctica política. Nada de lo ocurrido antes del 3 de enero de 2026 ha sido accesorio, sino que ha servido para preparar el terreno, desactivar resistencias y normalizar lo que hoy se presenta sin tapujos. Leer correctamente este desarrollo es, por lo tanto, clave para pensar posibles alternativas.
En este intento de leer el contexto político actual, algunos llevan tiempo proponiendo la idea de polarización, término que se ha colado hasta en el famoso anuncio navideño de Campofrío. Bajo esta lectura, alguien habría provocado a Trump lo suficiente como para llegar hasta aquí o, al menos, en la lógica de las culpas compartidas, nos habríamos encendido tanto en la batalla que perdimos el norte, así como nuestra capacidad de autocontención. A pesar de lo habitual de este diagnóstico, no puedo evitar leer con desazón el enésimo artículo sobre la polarización, al ver cómo esta narrativa nos arroja al vacío y a la parálisis más obvia.
Como todo artefacto discursivo proveniente de los laboratorios de las ciencias sociales y hecho mantra en política y en el discurso público, la polarización es un dispositivo político: sirve para intervenir, mejor dicho, para ordenar nuestra forma de intervenir en política. Pone delante unos problemas y deja atrás otros, es decir, jerarquiza nuestra práctica política. En el caso de la narrativa de la polarización, esta sirve generalmente para dejarnos aún peor, inermes y desorientados ante la necesidad urgente de una práctica colectiva aglutinadora y movilizadora. El diagnóstico de la polarización se apoya en una visión reduccionista de los partidos políticos y las organizaciones de masas y en una acrítica descripción de la esfera pública como un lugar yermo, de mercado, e intervenido por actores equivalentes.
Parece indiscutible que los ataques ad hominem en política y los furibundos odios de unos contra otros por pertenecer o no a un colectivo no son deseables, pero ¿es una buena receta refugiarse en una política pública aséptica y la individualización para resolver los problemas actuales? Ante la alarma de la polarización, se hace un llamamiento a la moderación generalizada de los partidos políticos y los ciudadanos, lo que no parece el mejor remedio. Bajo esta visión, los partidos deberían quedar reducidos, en su versión virtuosa, a un agregador de preferencias políticas con el objetivo de ofrecer a los ciudadanos un claro menú de políticas públicas. Desprenderse de identidades colectivas vacuas y afectos movilizadores y superponer la razón a la emoción en un análisis sensato de las posibilidades de reforma política. Por muy bien que pueda sonar esto, lo cierto es que olvida el importante rol de los partidos para representar y movilizar identidades e intereses que son excluidos, subestimados o invisibilizados y que irrumpen en política, a veces con estridencias. De hecho, los periodos de expansión democrática siempre han venido acompañados de un aumento de la polarización, al surgir en el tablero posiciones antes excluidas y que ensanchan la distancia entre el total de las posiciones legítimas.
Pero ¿son iguales todas las polarizaciones? La narrativa de la polarización tiende a igualar a los extremos y situar lo virtuoso en el punto medio. Si nos centramos en el contexto de la política española, todo suele empezar con Pablo Iglesias y su encendido discurso entre 2014 y 2016. Esta fogosidad excesiva encendió la llama, y desde entonces no hemos sabido como apagarla. Aún peor, todos nos hemos ido contagiando, incluso la derecha, que ha aprovechado el ambiente para desfogarse. Así llegó Vox, tras temerarias provocaciones por parte de la izquierda. Sin embargo, ¿es sensato hacer un totum revolutum con los agentes polarizadores sin evaluar las consecuencias de cada forma de polarización? ¿Es equivalente una polarización para restringir los derechos de ciudadanía de inmigrantes o mujeres (deshumanizándolos) con una para ampliar el demos y hacer visible a la gente desahuciada, como ocurrió con las movilizaciones posteriores a 2011? En la igualación de los extremos, la narrativa de la polarización pierde de vista el fenómeno central de nuestro tiempo: el auge reaccionario y la transformación autoritaria de los Estados modernos en Europa y en Estados Unidos.
Por último, la narrativa de la polarización no suele problematizar las asimetrías de poder en la esfera pública. La polarización se cura leyendo o haciendo cursos de alfabetización mediática, y como individuos hemos de responsabilizarnos de ello. De nuevo, esta visión nos aboca a perder de vista el problema central de la esfera pública actual: el control por las grandes tecnológicas de las plataformas de producción mediática. En una narrativa que iguala a Elon Musk con @Francisco69 y al Gobierno ruso con @Pepa25, resulta imposible entender que esa partida no se juega en un terreno equilibrado, sino que las esferas públicas están atravesadas por lógicas de apropiación política y explotación económica. En lugar de poner en el centro la despolarización, lo prioritario debería ser capacitar a la ciudadanía para neutralizar esas lógicas y crear “una esfera pública verdaderamente pública”, parafraseando a Cornelius Castoriadis. Aunque cueste aceptarlo, ante una polarización asimétrica tan marcada por el avance reaccionario, una moderación generalizada y una mayor desmovilización constituyen la fórmula que anticipa el desastre. Los afectos constructivos de rabia, indignación y esperanza han sido centrales en la historia de la democracia y en el proceso de formación de identidades colectivas emancipadoras. Hoy más que nunca, en la época de los trumpismos desbocados, la labor debería ser avivarlos y sacarnos de la perplejidad, abandonando de una vez ese tozudo apaciguamiento suicida.