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Arquitecturas blandas

A medida que el pollero avanzaba en el deshuesado, me sentía yo como la España invertebrada de Ortega

Pedí en el mercado que me deshuesaran un pollo y me quedé a ver cómo lo hacían. El deshuesador combinaba fuerza y delicadeza. Se adentraba en las entrañas del cadáver como si desnudara a un bebé. “Antes fumaba mientras hacía esto”, dijo. “Antes fumábamos haciendo cualquier cosa”, dije yo, “a veces h...

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Pedí en el mercado que me deshuesaran un pollo y me quedé a ver cómo lo hacían. El deshuesador combinaba fuerza y delicadeza. Se adentraba en las entrañas del cadáver como si desnudara a un bebé. “Antes fumaba mientras hacía esto”, dijo. “Antes fumábamos haciendo cualquier cosa”, dije yo, “a veces hacíamos cualquier cosa para fumar”. Las manos del hombre tenían una lógica propia, una memoria acumulada, una filosofía cárnica. Separaban, giraban, encontraban junturas invisibles, como si el animal hubiera sido diseñado para desarmarse. Quizá por aquello de que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta ser el muerto en la autopsia, me identifiqué con el pollo y me vi de súbito sobre el mostrador, siendo desposeído de mi osamenta por aquellos dedos expertísimos. A medida que el pollero avanzaba en el deshuesado, me sentía yo como la España invertebrada a la que Ortega dedicó un volumen fundamental. “De qué lo va a rellenar”, me preguntó. “De ideas”, respondí en broma. “No está mal”, añadió él, “pero yo le añadiría algo de pan rallado, carne picada y ciruelas”.

De vuelta a casa pensé en usted y en mí, lector, lectora, como mamíferos invertebrados rellenos de discursos. En cada telediario nos quitaban un hueso que sustituían con un discurso. Dejé el pollo sobre la encimera. Parecía un delirio daliniano. Lo toqué y cedía como una idea sin armazón. Abrí un armario, cerré otro. Encendí la radio y la apagué enseguida: demasiadas voces disputándose el relleno. Completé el pollo sin fe y sin método. Pan, carne, fruta... Todo mezclado como se mezclan los días. Al coserlo, sentí una piedad extraña: no por el animal, sino por mí, por nosotros, por esta obstinación en conservar las formas democráticas vaciadas del esqueleto de la justicia social. El horno empezó a trabajar. Afuera pasaba la vida. Pensé que estábamos a punto de que nos metieran en el horno: tal vez estuviéramos dentro ya, dorándonos para el gran capital.

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