Felicidades al parafascismo
El nuevo ‘president’ valenciano resulta excelente para normalizar la deriva ultra del PP
Felicidades al parafascismo. Vox ha demostrado en Valencia que el PP no es indispensable para mandar; para ello bastan sus propias ideas ultras: importa menos quién las aplique. Enhorabuena al conservadurismo español por l...
Felicidades al parafascismo. Vox ha demostrado en Valencia que el PP no es indispensable para mandar; para ello bastan sus propias ideas ultras: importa menos quién las aplique. Enhorabuena al conservadurismo español por la inversa, pues ha evidenciado que, para gobernar, el partido ultra es un lastre de momento prescindible, si absorbe su ideología totalitaria.
Eso sí, en tono menor, en voz baja, apelando a la discreción y el moderantismo, empuñando la lógica de la disciplina y de un difuso sentido común para cumplir la tarea. En modo suave. Así nos lo enseñó Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén: la “banalidad del mal”. Que el extremismo es más peligroso cuanto más desapercibido pasa. Cuanto más se le blanquea: “¡Pero si soy un hombre de la calle, un uomo qualunque, nada ideológico!” Como aquellos que proponían en 1944 un frente técnico y aséptico, criticado por el genial democratacristiano Alcide de Gasperi por filofascista.
El nuevo president valenciano, Juan Francisco Pérez Llorca, es excelente para este desempeño de normalizar la deriva ultra. No insulta a las víctimas ni mete el dedo en ojo ajeno como el desdichado Carlos Mazón, su íntimo y jefe, al que, derrotado, ya ignora: traiciona. No mueve un músculo facial, no le tiembla un cabello al desgranar, qué digo desgranar, al susurrar los lemas ultraderechistas como jaculatorias.
Y además, hombre cualquiera de sobria apariencia circular, tan de administrativo o lechero, se atreve a hacerlo en su lengua natal, la que compartimos valencianos, catalanes y baleares. Para defender, única discrepancia de fondo con los capos, la existencia de la Acadèmia Valenciana de la Llengua. Pero eso sí, sometida a una “reordenación” que la esterilice en su noble función de promover el idioma propio.
El eje de su programa oral pero no escrito (esa moda de condenar sin sentencia previa) es simple. Lleva las dos grandes propuestas del ultraderechismo continental: no a la inmigración, no a la “impostura ecologista”. Para saber de qué va, traduzcamos. En vez de decir que “si hace falta” practicará pruebas (¿clínicas?) a los menores extranjeros no documentados, pongamos “jóvenes judíos”, y queda más claro. En vez de amenazar con retirar ayudas a las ONG que alivian sus males, pongamos Cáritas Diocesana, y todo será evidente. En vez de aludir al Pacto Verde Europeo como “la mayor amenaza a nuestros labradores”, propugne la abrogación de las renovables y el retorno al carbón: con silicosis se respira mejor.
El canciller conservador alemán Friedrich Merz ha sabido hacer lo que le resulta ontológicamente ingrato al PP español: sortear el abrazo del oso parafascista (AfD). No porque sea más listo, que también. Sabe lo que ocurrió con el escarceo pronazi de su antecesor Franz von Papen (Partido del Centro Católico) desde 1932: acabó pavimentando la llegada del innombrable.