Oro parece
Mucho arte contemporáneo se mueve en el cruce entre la omnipotencia del dinero y el recetario ideológico
No todo van a ser buenas noticias en las altas esferas del mercado del arte. En la más alta de todas, la sede en Nueva York de la casa de subastas Sotheby’s, instalada ahora en el edificio de Marcel Breuer que fue muchos años sede del museo Whitney, ha cundido estos días pasados un cierto desengaño, al quedar una de las obras más llamativas ofrecidas a la puja muy por debajo del precio final que se esperaba. La obra, ...
No todo van a ser buenas noticias en las altas esferas del mercado del arte. En la más alta de todas, la sede en Nueva York de la casa de subastas Sotheby’s, instalada ahora en el edificio de Marcel Breuer que fue muchos años sede del museo Whitney, ha cundido estos días pasados un cierto desengaño, al quedar una de las obras más llamativas ofrecidas a la puja muy por debajo del precio final que se esperaba. La obra, ha contado aquí Iker Seisdedos, no sin un atisbo de sarcasmo, es el ya célebre retrete de oro macizo “creado” por el artista Maurizio Cattelan, continuando sin duda la fascinación por los aparatos sanitarios que inició Marcel Duchamp con su urinario de porcelana, que lleva ya más de un siglo recibiendo una veneración no inferior a la ampolla de la sangre de san Gennaro. El escepticismo hacia las propiedades milagrosas de esta sangre se puede manifestar con menos peligro de anatema que cualquier indicio de irreverencia hacia el urinario sacrosanto. Aparte de la diferencia de valor entre el oro y la porcelana, el retrete de Cattelan tiene la ventaja de que en él se pueden hacer lo que antiguamente se llamaba “aguas mayores”, ya que el artista, combinando la pura creatividad con la fontanería, tuvo la previsión de hacerlo practicable, de modo que al goce estético de la contemplación se puede agregar el no siempre compatible del desahogo orgánico, en un ejemplo de experiencia interactiva. El pintor José Guerrero, en los primeros años ochenta, en Granada, nos contaba a un grupo de admiradores jóvenes que había estado una vez en casa de un millonario de Chicago en el que las alfombras eran altas y espesas “como trigales” y había un miró en el cuarto de baño. El retrete de oro de Cattelan estuvo instalado en los lavabos del Guggenheim de Nueva York, pero en la crónica de Iker Seisdedos no queda claro si a los espectadores se les permitía usarlo “en toda la extensión de la palabra”, como habría dicho la inmortal doña Lupe la de los Pavos, en Fortunata y Jacinta.
El caso es que los expertos de Sotheby’s habían establecido el precio de salida en la subasta del retrete en 10 millones de dólares, literalmente su peso en oro, el de los 102,8 kilos del puro metal en el que está hecho. Había grandes esperanzas. Hace justo un año, y en la misma casa de subastas, otra de las grandes obras Cattelan, titulada Comedian —es decir, el ya célebre plátano pegado a una pared con cinta adhesiva— había alcanzado en la puja un precio de 6.200.000 dólares, fenómeno que Íñigo Domínguez calificó memorablemente como “la bananalidad del mal”. Solo unos años antes el objeto, por llamarlo de alguna manera, se había vendido por poco más de 100.000 dólares. Un refrán inglés dice que no puedes al mismo tiempo tener la tarta y comértela. El afortunado comprador de Comedian, un multimillonario chino de las criptomonedas, declaró que la obra era “una de las ideas más brillantes de la historia del arte conceptual”, y aseguró que iba a comerse personalmente el plátano, supongo que después de desprenderlo de la pared con el mismo cuidado con que descolgaría un vermeer. Dice Humbert Humbert en Lolita que de un asesino confeso se puede esperar “un estilo de prosa sofisticado”. El estilo de los entendidos en arte también tiene sus peculiaridades: “La obra de Cattelan es una subversiva indagación conceptual sobre la definición del arte y el valor que le asignamos”, dijo otra eminencia de Sotheby’s. Pero el inodoro de oro acabó recaudando poco más de 12 tristes millones de dólares.
El plátano y el retrete de Maurizio Cattelan, con su mezcla entre la deglución y la expulsión, y entre la ortodoxia de la provocación y su rentabilidad económica, nos recuerdan la facultad del rey Midas de convertir en oro todo lo que tocaba, y en fechas más cercanas la obra de otro artista conceptual e italiano, Enzo Manzoni, cuya perdurable celebridad se basa en otra ocurrencia de orden escatológico que puso en práctica en 1961. Todo un pionero, Manzoni llenó 90 latas de un formato muy parecido a las del entrañable fuagrás de nuestros bocadillos escolares con un material igual de maleable, el fruto de su vientre, por así decirlo, y una vez llenas, y a lo largo, imaginamos, de un cierto período de tiempo, las fue sellando como pequeñas latas de conservas, firmando cada una, para certificar su autoría intelectual e intestinal, y dándoles el título genérico, y apropiado, de Merda d’artista, en idiomas distintos, como el honrado conservero que busca una difusión internacional para sus productos. Cada lata pesaba 30 gramos y se vendía a 30 dólares. Hoy se cotizan cada una a 300.000, lo cual es sin duda una inversión mucho más rentable que las criptomonedas del multimillonario chino. Bien es verdad que abrir la lata de Manzoni quizás sea menos tentador o nutritivo que pelar el plátano de su compatriota Cattelan.
El filósofo del arte Fernando Castro Flórez argumenta que la Merda d’artista de Enzo Manzoni, lejos de ser una tontería, contiene significados que la vinculan a la alquimia, a las ideas medievales sobre las postrimerías, al cuestionamiento del visioncentrismo occidental, que privilegia lo visual sobre lo olfativo. A mí lo que me parece misterioso es que los expertos en arte contemporáneo sigan creyendo tan devotamente en la capacidad de provocar de los ocurrentes y los provocadores oficiales, que tienen siempre a su disposición instituciones públicas que les financian y amparan sus provocaciones, y con suerte a coleccionistas que se permiten gastar una calderilla de millones para concederse el lujo de un esnobismo de apariencia heterodoxa.
La parte más visible del arte contemporáneo se mueve en el cruce imposible entre la omnipotencia del dinero y los recetarios ideológicos copiados de la beatería universitaria americana, en los que la obra de un artista importa menos que las etiquetas identitarias a la moda que puedan adornar su figura. Lo que no se mueva y quien no se mueva entre esos dos ámbitos tiene grandes posibilidades de quedar invisible. Hay unas cuantas razones que explican la irrelevancia y la esterilidad de una parte del arte contemporáneo: su indiferencia al mundo natural; su desprecio por los saberes materiales del oficio; su ignorancia arrogante de las tradiciones, incluidas las populares; su incapacidad de hacerse inteligible para quienes no pertenezcan al círculo estrecho de los iniciados y dominen su jerga. Ahora mismo, en España, hay pintores y pintoras extraordinarios de varias generaciones, pero tienen muchas dificultades para mostrar en público sus obras, y no digamos ya para que encuentren atención informativa y crítica en los medios. Las salas más interesantes de algunos museos están ahora en los sótanos. Los legisladores de la moda decidieron hace algún tiempo que el dibujo es irrelevante en la formación de un artista, y que la pintura ha muerto, igual que otros tan envanecidos como ellos decretan de vez en cuando que la novela ha muerto, o que el teatro o el libro impreso han muerto. La pintura lleva existiendo al menos 40.000 años, así que no es muy probable que vaya a desaparecer de un día para otro, igual que no desaparecen los poemas y las historias que la gente se cuenta, o las músicas que comparte. El oro del arte y de la literatura no es un privilegio de especuladores y gurús: está hecho del fervor del espíritu y del oficio entregado de quienes lo crean, y del instinto democrático por la verdad y la belleza que late en cada uno de nosotros.