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Partidos políticos
Opinión

Los nuevos partidos chicos

El PRI y el PAN son ahora partidos chicos. No importa en qué estén ni qué digan, su presencia es testimonial y ni siquiera lo hacen con estilo propio

Militantes del Partido Revolucionario Institucional en Coahuila, México, en mayo del 2023.Mónica González Islas

En la entrega pasada comenté sobre los cambios en los desayunos de quienes fuimos niños en los setenta y ochenta y lo que sucede ahora. Somos una generación alimentada de manera engañosa y deficiente. Eso puede explicar algunas cosas, aunque no todas. La figura del alimento matutino venía al caso por la novedad de que ahora la oposición la conforman principalmente MC, el Verde y el PT y ya no los llamados “partidos grandes”, como lo eran el PRI y el PAN.

La ropa que usábamos cuando éramos pequeños, antes del Tratado de Libre Comercio, era de mala calidad y de fabricación nacional. Acceder a otra mercancía implicaba acudir a la “fayuca” o contrabando. Las madres se enfrentaban a problemas como que la ropa se rompía, se manchaba, los colores se desteñían y las tallas eran un lío porque “encogía a la lavada”. Si se compraba la talla 12 para el niño de esa edad, a la segunda o tercera puesta ya le quedaba al de diez años, por lo que había que comprar una talla mayor. Lo mismo sucedía con los tenis, que había que adquirir medio número más grande porque también “encogían a la lavada”. En ese sentido, el PRI y el PAN eran los partidos grandes, pero “encogieron a la lavada”. Apenas entraron juntos en las aguas opositoras, se redujeron notablemente.

El PRI cumplió hace unos días 97 años. No son poca cosa. Sin embargo, ha llegado en su peor momento: decadente, sin rumbo ni perspectiva, el antes “partidote” recibe ahora los comentarios que antes estaban destinados a los llamados partidos “satélite”, como aquel de que caben en un elevador. El PRI va en esa dirección. Es un partido con unos negativos altísimos. A pesar de esfuerzos como el de la senadora Carolina Viggiano que da una batalla opositora enjundiosa, son ejercicios de mera responsabilidad individual sin efecto en el electorado. El presidente del PRI, el señor Alito, es la representación misma de su partido: con altísimos negativos, no es confiable para nadie y solo ha destacado por el zafarrancho que protagonizó con el senador Noroña. El éxodo del priismo ha sido irrefrenable desde hace algunos años con dirección a Morena y los que quedaban, Alito se ha encargado de correrlos, como es el caso de algunos expresidentes del tricolor. Lo cierto es que no hay esperanza para el PRI. Todo indica que seguirá siendo una mala palabra.

El caso del PAN es distinto, con matices. No es su actual presidente el causante de los problemas. Jorge Romero es el heredero del desastre, pero también fue activo participante del desbarajuste. Romero ha tratado de cohesionar al panismo que andaba desbalagado. Estableció comunicación con los expresidentes Fox y Calderón y llevan la fiesta en paz. Sin embargo, la presencia pública de Acción Nacional es cuando menos confusa. “Relanzan” al partido un día y unos meses después dicen que harán un cambio histórico. Le dieron tan poco contenido a ambos eventos que resultaron un par de fiascos. Sus anuncios se diluyen en la confusión de sus votaciones legislativas y el entreguismo ramplón e hipócrita de su coordinador en el Senado. En épocas de derecha, el PAN sigue sintiéndose de centro, que hoy en día no dignifica nada. Creen que abstenerse y no definirse son opciones válidas y que la salvación está en una app de toque juvenil.

En un movimiento sorpresivo, los dirigentes del PAN se presentaron en la convención inaugural de Somos México, un nuevo partido auspiciado por Claudio X González, y lanzaron mensajes a su favor. Fue como ir a saludar a quienes te quieren sacar de tu casa. A los panistas les pareció divertido y democrático desearles suerte, pero si ese partido obtiene autorización para participar en las elecciones, lo primero que hará será buscar los votos del panismo que tan alegre los abraza.

El PRI y el PAN son ahora partidos chicos. No importa en qué estén ni qué digan, su presencia es testimonial y ni siquiera lo hacen con estilo propio. Las recientes discusiones que terminaron en el fracaso gubernamental, los llamados planes A y B, fueron rechazados sin necesidad de ellos. El Gobierno fue humillado y nadie necesitó de estos partidos. Son un recuerdo, un fantasma y, para algunos, un costal al que golpear. No es que ya no sean grandes por voluntad o historia, es que se encogieron con la lavada.

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